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| 10/17/1988 12:00:00 AM

La última búsqueda de Polanski

En "Busqueda frenética", el director polaco invita otra vez al espectador a visitar su mundo de misterios.

Durante toda su vida, el director Roman Polanski ha estado esperando que ocurra algo, que cualquier acontecimiento cambie su vida personal y artística, que el mundo estalle en pedazos o, como en el caso del médico que protagoniza su nueva película, "Búsqueda frenética", que una mujer aparezca esta noche o mañana, porque se marchó sin explicación alguna mientras el marido estaba en el baño. Con esa desaparición, que sólo se aclara más allá de la hora de proyección y cuando el espectador no quiere soltar la mano del director que lo arrastra por numerosos sitios de París, arranca una aventura que mezcla con el humor negro y cínico de este director, elementos como el suspenso, las sorpresas, la intriga política, la tensión policiaca, la ingenuidad, la inocencia y por supuesto, las profundas ganas de divertirse que, en cierta forma, han marcado las más recientes películas de quien, todavía, sigue siendo un prófugo para la justicia norteamericana, acusado de la presunta violación de una menor, en la piscina de la casa de Jack Nicholson y Anjélica Huston.
Polanski ha esperado toda su vida. Sus películas, desde la primera, "Cuchillo en el agua", hasta esta última --protagonizada por Harrison Ford y Emmanuelle Seigner--, reflejan esa angustia durante la espera. El, que nació en París y conoce esa ciudad y la ama con la misma pasión de otros artistas como Julio Cortázar o Henry Miller, regresó con su familia a Polonia a los tres años. Llegaron en el peor momento. Frente a la casa, cinco años después, los alemanes levantaron una muralla sólida para aislar a los judios en Cracovia. La madre, intentando salvarlo, se lo llevó de noche al otro lado de la ciudad y dos días después fue rescatado por el padre quien, llorando, le contó que los alemanes se la habían llevado. De esa interminable caminata hacia la casa, Polanski recuerda que le pedía al padre que no llorara para no llamar la atención de los demás. El, por supuesto, no lloraba. Como tampoco ha llorado en otras ocasiones trágicas de su vida. La verdad es que a los ocho años de edad, un niño no alcanzaba a medir las consecuencias de la captura de la madre, era algo demasiado vago y, como parece ser su signo, Polanski esperó muchas noches a que la madre volviera. Una tarde cuando regresó del colegio, encontró la casa vacía y una vecina le contó que los soldados también se habían llevado al padre.
En medio del hambre, el frío, la soledad y la amistad con un pariente que lo recogió durante varios años, el cine se convertiría en su única fórmula de supervivencia. Entre sus maestros estaba Andrej Wajda quien lo emplearía como actor en su película "Generación" .
Después vendrían sus películas ya conocidas, como "Callejón sin salida", "Repulsión", "El inquilino", "La danza de los vampiros" (con su esposa de entonces, Sharon Tate, quien sería asesinada en una orgia ritual en su mansión de Bel Air, en agosto de 1969), "El bebé de Rosemary" (que provocó una carátula de Time que preguntaba: ¿Dios se murió?), "Tess", Chinatown (el guión lo acabó de escribir en la piscina del Hotel Caribe, en Cartagena), "Piratas", y ahora "Búsqueda frenética", filmada mientras en un teatro de París interpretaba un personaje y una pieza que reproducen muy bien su mundo interior: Gregorio Samsa y "La metamorfosis" .
Hay que hurgar en el pasado turbulento de Polanski, en sus dramas personales para captar mejor la atmósfera surreal, totalmente absurda, histérica y hasta ridícula en que respiran sus personajes de esta nueva película. El médico y la mujer llegan, ella desaparece, él no se preocupa, la echa de menos más tarde, comienza a buscarla pero no habla francés y los policías y vecinos que le escuchan la historia echan mano del expediente más fácil, ella tiene un amante y se ha largado con él. El médico, lo mismo que Polanski, espera sin saber qué. Sigue esperando, mientras pequeñas pistas comienzan a aparecer. Conoce a una muchacha muy hermosa que lo acompañará en su descenso a ese infierno doméstico de un París que Polanski se regodea en mostrar, con sus clubes nocturnos, salones de masaje, hoteles pequeños, calles perdidas y una geografía particular que el médico irá recorriendo mientras espera, mientras nadie le cree, mientras pocos lo ayudan y mientras el espectador siente que Polanski es uno de los mejores narradores visuales que trabajan actualmente, con una frescura infinita, un poco a los Milos Forman, con una vitalidad que no decae, uniendo la simplicidad del cine norteamericano --dentro del cual aprendió a trabajar-- con la espontaneidad de los europeos. En la oscuridad de la sala, el espectador también aguarda y no se angustia, se divierte y si quiere más elementos sobre este artista, basta que busque el libro "Polanski" y suelte la carcajada cuando llegue al episodio de la clínica, cuando está enyesado todo, menos en la cintura y entra una de sus amigas alemanas a visitarlo.--
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