Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1998/12/28 00:00

LA VI BIENAL DE BOGOTA

Una visión estimulante del arte finisecular.

LA VI BIENAL DE BOGOTA

La Bienal de Arte de Bogotá ha constituido a través de los últimos 10 años la brújula más confiable en relación con el derrotero del arte nacional, y su sexta versión no es la excepción. En ella figuran un buen número de obras cuya ejecución es imaginativa y coherente con los contenidos que revelan. Me refiero, por ejemplo, al impecable trabajo de Rolf Abderhalden _premio indiscutido del evento_, en el cual se conjugan materialidad y espiritualidad, sueño y realidad, en la proyección sobre una cama del video de un personaje que, después de dormir plácidamente, a través de un campanazo nos sitúa en el tiempo y el espacio... de Van Gogh. Igualmente refinada es la obra de Luz Mercedes Arango, quien asocia la comida con diferentes ideas a través de siete videos proyectados sobre elementos inesperados _como 40 gallinas o un cuerpo de sal_, los cuales complementan las nociones, memorias y conceptos que se ilustran en las proyecciones. Guillermo Quintero presenta así mismo un trabajo impactante: un muro curvo construido con grandes cantidades de hojas secas de tabaco que pidió prestadas a los campesinos de Santander, el cual une a su presencia el fino olor y las implicaciones de un material natural tan imbricado en la historia del país. La Bienal es verdaderamente muy pareja en relación con el logro de las obras, la mayoría de las cuales revela posiciones definidas ante la vida y ante el arte, como el trabajo de Alicia Barney, cuya combinación de un inmenso falo vestido de novia con unas venoclicis _equipos empleados en las transfusiones_ induce a reflexionar sobre las relaciones entre la reproducción y la muerte; como la obra de Carlos Blanco, quien presenta grandes caracoles inflables que guardan los ruidos urbanos de la misma manera que los caracoles reales conservan el sonido de las olas, vale decir, de su hábitat; y como las obras de Patricia Bravo, quien presenta una especie de almanaque con las fotografías de un cielo rojo sobre el cual aparecen los nombres de los muertos que diariamente va dejando la violencia en Medellín. A pesar de la desventaja que representa la quietud y el silencio de la pintura en un evento de esta naturaleza, la mayoría de las obras bidimensionales se integran sin problema al conjunto. Tal es el caso, tanto de los lienzos de Beltrán Obregón que son de una ejecución ejemplar y que versan sobre sutilezas que en esta ocasión el artista ha hecho aun más dificiles de comprobar, como de las pinturas bordadas de Luz Angela Lizarazo, las cuales reiteran con gracia y sensibilidad la conciencia de su feminidad y la poética de sus argumentos. Los retratos entre renacentistas y malsanos de Jorge González _cuya ejecución es un recurso para establecer relaciones con personajes anónimos_ proveen una de las experiencias más perturbadoras de toda la Bienal También el video en tres proyecciones de Clemencia Echeverri es un trabajo bien concebido y cuidadosamente realizado, el cual concientiza al observador sobre verdades prosaicas de los rituales familiares, como lo es la instalación de Juan Mejía, una especie de cuento de hadas perverso en el que numerosos elementos kitsch, como pinos navideños y tulipanes de plástico, desembocan en detalles nauseabundos. El único performance del certamen _obra de Guillermo Marín inspirada en la pintura Gilles de Watteau, la cual es posiblemente un autorretrato_ propone al artista como objeto de conjeturas y de burlas, el tonto del paseo cuya pasividad le impide reaccionar ante los desmanes de la sociedad contemporánea La Bienal, en conclusión, sigue haciendo planteamientos válidos y, sobre todo, necesarios en este momento en que pocas entidades culturales cuentan con un criterio definido en la presentación del arte nacional. No estaría de más, sin embargo, revisar las estructuras del certamen para ajustarlas con las miras y maneras del arte que ha ido haciéndose valer. Es incomprensible, por ejemplo, la escasa figuración de la fotografia en el evento a pesar de la importancia que ha ido cobrando como expresión artística en Colombia; y también es hora de que la Bienal se proyecte más allá del edificio del Museo, abriendo campo a todos aquellos artistas sobresalientes cuyo trabajo tiene que ver con el contexto urbano o incluye la participación de la comunidad.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.