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| 11/3/2003 12:00:00 AM

La vida es un cambalache

Relatos con humor sobre la diversa realidad colombiana.

Mauricio Botero Caicedo
Cambalache y otros relatos
Villegas Editores, 2003
195 páginas

Alguien intercambia los restos mortales de su padre con otro hombre para impedir el reconocimiento de unas hermanas legítimas y quedarse con su inmensa fortuna. Agentes encubiertos de la DEA organizan un reinado en Fusagasugá para entrar en contacto con traquetos (los traquetos son a las reinas como las abejas a la miel) y, siguiéndoles la pista, llegar a capturar peces gordos del narcotráfico. Dos arrieros se pasan de listos y terminan engañándose el uno al otro. Un bogotano de clase alta urde una fina venganza contra la esposa infiel. Otro, utiliza su encanto para acostarse con las mujeres de importantes personajes de la política y los negocios y obtener así ventajosa y lucrativa información. Un hacendado escapa de un secuestro guerrillero de la manera más insólita y unos mafiosos italianos radicados en Barranquilla ven amenazado su imperio por razones no menos insólitas.

Los temas de estos relatos son variopintos, como nuestra multiforme y abigarrada realidad. Y, ya mirados en conjunto, además de esta "colombianidad" que los emparenta, no resulta difícil encontrar en ellos más elementos comunes. El primero que salta a la vista es, desde luego, la astucia. Esa astucia, esa viveza, que los colombianos creemos exclusivo patrimonio nacional (olvidando, ingenuamente que cada país suele hacer lo mismo). Todos sus personajes, entonces, están dotados de mucha picardía (que muchas veces se les devuelve en contra) y una gran capacidad de resolver las situaciones en su favor, pasando por encima de lo que sea necesario, incluida la ley y los preceptos éticos ¿Será eso exclusivo patrimonio nacional? Por supuesto que no pero este es, quién lo duda, un atributo arraigadamente colombiano.

La actitud transgresora tiene siempre un aspecto cómico que el narrador de estas historias no duda en explotar y que resulta una de las principales virtudes del libro. Las situaciones divertidas son acompañadas por un narrador (otro denominador común) irónico, culto, inteligente y algo clasista que se parece mucho al típico cachaco bogotano, hoy una especie en vías de extinción. (Por cierto, hay un relato que ocurre en el exclusivo y tradicional Jockey Club, hábitat natural de esta especie).

Hay humor, ritmo, y un narrador hábil y desenvuelto. Sin embargo, los relatos dependen demasiado de la anécdota y del elemento sorpresa: los personajes parecen secundarios en función de la trama y su resolución. Y en relatos como El banquete, Trapisonada, Sorpresas te da la vida y La botella de vino, lo sorprendente llega a ser tan exagerado que se vuelve increíble y termina anulando sus propios efectos. Sí, es cierto, el lector debe sorprenderse con el final de un cuento, pero nunca tanto que no se le deje margen para pensar que a él ha debido ocurrírsele ese imprevisto final.

Un cuento, según lo aclara Mario Benedetti, "es un corte transversal de la realidad". Por eso constituye una unidad casi perfecta, autónoma y autosuficiente. Puede referirse a un estado de ánimo, como La tristeza de Antón Chejov; puede ser un retrato de un personaje, como Antonia de Villiers de l'Isle Adam. O puede versar sobre una situación y depender estrictamente de la anécdota como ocurre con Idilio de Guy de Maupassant y como es el caso de Cambalache y otros relatos (no por azar en la solapa del libro Mauricio Botero se declara admirador del escritor francés). Pero, en cualquiera de estos tres casos, "deben sugerir más de lo que dicen". Los buenos cuentos no son nunca estáticos, contienen otra "peripecia elíptica", otra historia secreta que sigue resonando en el lector. Ese es el segundo lunar de los cuentos aquí comentados: carecen de profundidad, se agotan en la primera lectura.

Botero tiene talento para narrar, aunque sus virtudes parecerían más cercanas a la literatura oral que a la escrita (algo superable a base de técnica y de trabajo). Al observar los cuentistas preferidos de Botero -además de Maupassant, Somerset Maugham y O'Henry- se ve que está en la dirección correcta.
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