Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1986/04/14 00:00

LA VIDA Y EL COLERA

El investigador francés garciamarquiano analiza su última novela.

LA VIDA Y EL COLERA

A pesar de lo que anuncia el título, es más bien la imposibilidad del amor lo que le sirve de tema a la séptima novela de García Márquez. Su contenido anecdótico desvirtúa la idea de una plenitud nacida de la unión de dos "soros". La disyuntiva es de una sencillez cruel: o el matrimonio, con su interminable serie de concesiones y componendas, o el celibato, con una no menos interminable serie de fugaces encuentros. El amor conyugal no es el amor, y las hazañas de alcoba nunca pasarán de ser lo que son. El amor verdadero es imposible en la realidad y no es más que un mito con el que se apuntala una vida siempre en busca del terrenal más allá, que no se ha de alcanzar. La esperanza, casi la exigencia, de una forma de relación plena, no es más que un autoengaño con el que los hombres intentan olvidarse de la muerte.
Esperar toda una vida, como lo hace Florentino Ariza, para saciar una pasión de juventud, es un absurdo dictado por la vanidad, pues la constancia se ve avaramente premiada por un coito mediocre, una vez que ambos amantes han cruzado el umbral de la vejez. Todo estaba dicho en el capítulo inicial de esta novela de casi quinientas páginas: Jeremiah de Saint-Amour, con su simbólico apellido, opta por suicidarse al llegar a los sesenta años. Su amor clandestino le permitía soportar sus secretos de cayenero prófugo y sus achaques de tullido, pero la vejez iba a ser una carga suplementaria que ya no le sería posible aguantar.
Una vez disipada la ilusión de que pueda existir el amor eterno tal como lo suele soñar el hombre occidental, no queda más que la vida. Una vida más valiosa aún, en la medida que la viene royendo por dentro un mal peor que la muerte: la decrepitud física. La vejez, ya presente episódicamente en anteriores novelas de García Márquez, irrumpe en esta de manera espectacular y pavorosa, completándose así el panorama que de la existencia humana había dado el conjunto de la obra.
Toda la producción literaria de García Márquez gira en torno a la tiranía del tiempo. Tiempo de la historia en las obras comprometidas, tiempo redentor, impulsado por la voluntad de los hombres. Tiempo estéril en las obras del desengaño, en que por falta de una acción política se desgastaba todo hasta la ruina.
"Crónica de una muerte anunciada" rompía con la dimensión colectiva y pregonaba solamente el valor absoluto de cada vida humana. Con "El amor en los tiempos del cólera", se suma la vejez a la serie de nuestros enemigos, volviendo más exiguo aún el transcurso que le cabe en suerte al ser humano.
La vida se desarrolla siempre "en los tiempos del cólera", pues cada época tiene su propia forma del mal. García Márquez habla del cólera un poco a la manera como Camus habló de la peste. Pero siempre es la vida, con vejez o sin ella: a la manera lenta del capitalista que es Florentino Ariza, o a la manera expeditiva del prófugo Saint-Amour. "Toda la vida": esta es la última réplica del libro. Que cada cual escoja la suya, parece decir García Márquez, pero que sea la vida toda, sin otorgarle importancia al amor: por muy hermosa que sea, una leyenda nunca vencerá a la muerte. Lo que subsistía de vallenato, de ranchera o de bolero en "Crónica de una muerte anunciada" se esfumó ya, abriéndole paso a algo que podría aparecer como un pesimismo descarnado, pero que es el estado nuclear de un sentir existencial: "Toda la vida", como dice Florentino Ariza. Como el protagonista de "El coronel no tiene quien le escriba", Florentino necesitó cinco decenios para reunirse con su propia verdad, pero esta es ahora estricta y desesperadamente individual, porque, mientras haya vida, el cólera seguirá haciendo de las suyas y los hombres seguirán viviendo, a pesar del cólera y de todo lo demás.





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