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| 3/29/1999 12:00:00 AM

LA VIDA ES BELLA

Una conmovedora fábula chaplinesca alrededor de los horrores de la Segunda Guerra <BR>Mundial.

Director: Roberto Benigni Protagonistas: Roberto Benigni, Nicoletta Braschi, Giorgio
Cantarini, Giustino Durano, Sergio Bustric Que Roberto Benigni es un payaso dentro y fuera de los
escenarios quedó confirmado el año pasado, durante la ceremonia final del festival de Cannes, cuando
se lanzó al suelo a besarle los pies al presidente del jurado, Martin Scorsese, tras conocer que su
película La vida es bella había sido galardonada con el premio especial del jurado. Y es que en realidad
Benigni tiene razones para enloquecerse de la dicha. El éxito en Cannes no sólo disparó la taquilla de
su filme en todo el mundo sino que terminó por llevarse seis nominaciones al Oscar, incluidas las de
mejor director, mejor actor, mejor película y mejor película de habla no inglesa. Payaso no es, sin
embargo, una denominación peyorativa. Por el contrario, si algo ha causado sensación en el medio
artístico del séptimo arte es la manera con la que Benigni ha rescatado en La vida es bella los valores
más sobresalientes del que es considerado el mejor humorista cinematográfico de todos los tiempos:
Charles Chaplin. Escrita, dirigida y protagonizada por Benigni, la película narra la historia de Guido, un
inocente y simpático italiano que, luego de conquistar a la mujer de sus sueños por medio de
ingeniosos malabares, debe inventarse cualquier cantidad de truculencias para salvarle la vida a su
pequeño hijo en un campo de concentración nazi durante los últimos años de la Segunda Guerra
Mundial. La táctica es sencilla pero arriesgada: hacer del horror del campo un juego en medio del
cual los participantes van acumulando puntos en aras de obtener el premio mayor: un tanque de
guerra. Al igual que Chaplin con Charlot, Benigni dota a Guido de múltiples destrezas para eludir a
sus enemigos, para convertir la adversidad en virtud y para siempre salir ganancioso de las
calamidades. Todo esto por medio de un humor fresco y simple que, de manera análoga a la de
Chaplin, termina por imponerse por encima de las circunstancias más crueles. Por supuesto, el propio
Benigni reconoce que la dosis de realidad es ínfima en relación con el verdadero infierno de un campo
de concentración. Pero la película está claramente inscrita en el terreno de la fábula y en este sentido
no cabe duda de que el resultado es grandioso.
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