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| 12/17/1990 12:00:00 AM

LA VIDA NO VALE NADA

Después de mucho tiempo de expectativas, por fin se estrena "Rodrigo D."

Con "Rodrigo D." pasa lo mismo que con la Constituyente. Todo el mundo habla del tema, pero pocos lo conocen a fondo. Y, en este caso, lo cierto es que el sicariato llevado al cine, en la película del antioqueño Víctor Gaviria, ha sido motivo de toda suerte de comentarios desde cuando el guión fue premiado por Focine en 1986, a pesar de que apenas la semana pasada se inauguró el filme en las salas comerciales del país.
"Rodrigo D. No Futuro" ha debido distribuirse hace varios meses. El tema cobró plena actualidad a finales del año pasado, cuando el país se vio enfrentado a una ola de violencia sin precedentes, protagonizada por bandas de jóvenes como las que muestra la película, al servicio de una mafia que organizaba el crimen desde el escritorio. Pero las cosas no estaban listas. Después la película fue seleccionada para participar en la muestra oficial de Cannes, en mayo de este año, al lado de las últimas producciones de Alan Parker, Clint Eastwood y Jean-Luc Godard entre otros. El público deseó enfrentarse a esta realidad que adquiría visos de ficción, pero las cosas aún no estaban listas. Por fin ahora ha empezado a rodar esta coproducción de Focine, Tiempos Modernos y Foto Club 76.

Los colombianos muy pocas veces hablan encontrado en una cinta nacional el reflejo de la realidad violenta de su país -la excepción la constituye, básicamente, "Cóndores no entierran todos los días", que trabajó el tema de la violencia política-. Enfrentarse a "Rodrigo D." es, de alguna manera, asumir que existen dos Colombias. Y la que se presenta ahí es la otra. Gaviria quiso meterse hasta las entrañas de las comunas nororientales de Medellín para mostrar una población que ha sufrido un proceso de culturización muy distinto al del resto del país. Un pueblo en el que la frontera entre la vida y la muerte se ha desdibujado por completo.
La muerte es, para los jóvenes que protagonizan la película, un elemento tan cotidiano como la moto, el rock pesado, la pistola o la droga.
Sin caer en el sensacionalismo, "Rodrigo D." muestra la intimidad del sicario. Lo presenta como un individuo que necesita emociones fuertes para sentirse vivo. Y en este orden de ideas, para muchos de ellos la única sensación probable es la propia muerte.

Más allá de las críticas del sonido y del reflejo de la escasez de recursos en la producción, las mayores dudas corren por cuenta de un esquema que se mueve entre la ficción y el documental sin ser ni lo uno ni lo otro, sin el apoyo de una historia de fondo, a pesar de que indudablemente la vida de estos adolescentes tampoco tiene una historia definida. Está tan entregada al azar como la vida del país cuando cae en sus manos violentas.
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