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| 11/20/2000 12:00:00 AM

Las cenizas de Angela

Alan Parker presenta una respetuosa versión de las memorias de Frank McCourt.

Las cenizas de Angela es la primera parte de la autobiografía de Frank McCourt. Es un libro que, por medio de un increíble sentido del humor, narra la esperanzadora infancia del autor y la patética historia de supervivencia de “la primera familia irlandesa que le decía adiós a la Estatua de la Libertad en lugar de decirle hola”. El lector, ante la poderosa voz de sus páginas, se siente frente a un hombre que hace bromas sobre su propia desgracia como si sólo hubiera sido un testigo de ella. Es, claro, una experiencia inolvidable y necesaria.

Alan Parker, el director de Evita y The Commitments, leyó el libro cuando aún no era un best seller pero desde el comienzo sintió que podía convertirse, sin problemas, en una gran película. Dos años después le propusieron hacerla y de inmediato se dedicó a escribir, con temor y respeto, una adaptación que contuviera el tono, los personajes y los principales hechos de la historia: el asombro, el padre alcoholizado y orgulloso, la madre digna y paralizada por la realidad y la llegada, a pesar del hambre y del catolicismo, a una literatura que ayudara a soportar las reglas invisibles del mundo.

Vino la filmación. La elección de Robert Carlyle y Emily Watson en los papeles principales fue un acierto, no sólo porque están perfectos en los papeles de Malachy y Angela, los padres de Frank, sino porque le aportaron su sentido del humor a la producción, y esa, en palabras de Parker, “era la única manera de sobrellevar los momentos tan terribles que tiene la película”. Filmar en Limmerick, el lluvioso pueblo de la miserable infancia de McCourt, fue para Parker, después de sufrir la experiencia de Evita, en Buenos Aires, “un paseo por el paraíso”. Los actores que interpretan a Frank, a los 6, los 10 y los 17 años, asistieron a cada día de filmación y, entre los tres, llegaron a recrear los gestos y las emociones del autor de tal manera que después del estreno, cuando el New York Times le preguntó a McCourt lo que opinaba de la adaptación, éste respondió que se sentía encantado con ella. No era para menos: era la mejor película que se podía hacer sobre la base de su libro.

Pero claro: el libro de McCourt, como la gran literatura, es una experiencia oral. Y, como las grandes novelas, depende del poder de su voz y sugiere un escenario que cada lector, como un director que lee un libreto, ocupa con su imaginación. El cine, en cambio, muestra. Y aunque sería injusto criticarle a una película que no fuera como un libro, sí es interesante señalar cómo algunas historias están hechas para un lenguaje determinado y cómo Las cenizas de Angela, en el cine, se convierte, a fuerza de mostrar la miseria, en una agotadora cadena de anécdotas narradas por una voz en off distante, fría y con un intermitente sentido del humor. No es lo mismo ver que oír. No es fácil reírse frente a la desgracia de los otros.
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