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| 4/29/1985 12:00:00 AM

LAS CIUDADES MALDITAS

Ciudadelas enteras construidas en Francia para alojar a miles de trabajadores inmigrantes de los años 60, se preparan para recibir el bulldozer y la dinamita.

Cuarenta años después de haber sido concebidos como la panacea de la vivienda popular, los grandes conjuntos habitacionales son hoy solo vestigios decrépitos, gigantes descascarados que recuerdan más lo que no se logró que las soluciones que pudieron ofrecer. A la zaga de los edificios de Pruitt-Igoe (Missouri, Estados Unidos, 1972), varias torres francesas se aprestan a recibir el bulldozer. Son edificios de sólo quince años, que parecen de cincuenta y que piden dinamita. ¿Las razones? Descomposición, vandalismo, abandono. Ciudadelas enteras construidas para alojar a los "sin abrigo de Europa", a los miles de trabajadores inmigrados en pleno boom económico de los 60, a los habitantes de los barrios viejos y mal equipados, se encuentran hoy vacías, o apenas a medio ocupar por familias que no han alcanzado los recursos necesarios para huir.
La historia del auge y el declive de estos colosos se apreta en poquísimos años. Terminada la segunda guerra, la idea de los grandes conjuntos se impuso y Europa se lanzó a la construcción de miles y miles de viviendas "rápidas" y a bajo costo. Durante los 60, la llegada de trabajadores extranjeros, que la economía pujante de los países más ricos pedía sin cesar, no hizo sino añadirle leña a la candela. Había que construir mucho y en el menor tiempo posible. Los arquitectos entonces acometen la tarea con las ideas todavía indiscutibles de la revolución urbana de Le Corbusier: "¡ Verde que te quiero verde!" demoler barrios insalubres y reemplazarlos por espacios verdes; respetar las líneas rectas, los ángulos de 90° y la construcción en altura. Construir "sometiéndose al control de los trazados geométricos reguladores. Construir la casa en serie como una máquina". Aprovechar las "variaciones en los presupuestos económicos y técnicos (que) llevan necesariamente a una revolución arquitectónica". Tal es el credo bajo el cual se construyó durante los 60 en Italia, en Francia, en Inglaterra, y fuera de Europa en Asia, en América... pero el experimento no funcionó. Al menos, no como se esperaba. Varios años después de haber sido "transplantadas" a su nuevo habitat, las familias beneficiarias de la vivienda a bajo costo seguían sin adaptarse a su nuevo mundo, y comenzaban a dar muestras más o menos graves de descontento. En Francia, uno de los países precursores, la idea es finalmente resentida como fracaso al iniciarse los años 70. De la noche a la mañana, el "dios" se convierte en "diablo". Son años de polémica y de rehabilitación de algunos de los conjuntos construidos. Pero a comienzos de los 80 la situación social hace definitivamente explosión. En 1983 empieza a actuar la dinamita. ¿Pero hasta dónde llegar tumbando lo que se construyó durante los últimos años? Varios de los planes de rehabilitación de la década pasada son tachados de simples "tapamiseria", y una comisión de estudios (la comisión Dubedout), creada en 1981, se embarca en una nueva crítica y en un estudio a profundidad del problema urbano. En 1983, nace en París el proyecto "Suburbios 89". A la cabeza de éste se encuentran los arquitectos Roland Castro y Michel Cantal-Dupart, encargados de iniciar una "reflexión sobre el acondicionamiento urbano a largo plazo de los alrededores de París" con el fin de hacer participar plenamente a los suburbios de la civilización urbana. El año pasado, "Suburbios 89" expuso 73 proyectos diferentes al ministerio del Urbanismo y Vivienda, y ya se han comenzado los trabajos de remodelación de varias ciudadelas.
En 1972, cuando Francia comenzaba a prohibir la construcción de los grandes conjuntos, a limitar alturas y número de viviendas por solución, Italia se lanzaba orgullosa a la construcción de "el conjunto habitacional más grande del mundo": La Corviale, en un suburbio de Roma. La ciudadela, terminada hace sólo tres años, es un conjunto de edificios en "barra" de un kilómetro de largo. 1.243 apartamentos (hoy ya hay ocupados 700), 7.350 habitaciones y pronto 10.000 habitantes. Con tan poco tiempo de inaugurada La Corviale empieza ya a tener problemas de violencia. Los inquilinos tienen miedo de regresar solos a sus casas en la noche. Los jóvenes sólo esperan el fin de semana para irse a Roma. A un kilómetro de distancia del primer centro habitado, por La Corviale no se pasea la dicha. "Mal. Uno vive mal en La Corviale. Yo me pregunto qué tenían los arquitectos en la cabeza para construir esto", se quejaba uno de los inquilinos a un periodista que lo entrevistaba para Le Monde. Poco a poco se inician amistades de vecindario, "pero uno se conoce poco en La Corviale, uno desconfía. La población es demasiado mezclada". La mayoría de los locatarios llegaron allí sin poder elegir. Familias expropiadas de habitaciones en los tugurios que rodean a Roma, y que en muchos casos debieron ver en La Corviale una especie de "tierra prometida".
Un estudio del sociólogo urbano Henri Coing, "Revolución Urbana y Cambio Social", hecho en 1966 revelaba, sobre encuestas hechas a habitantes de barrios próximos a ser renovados que: "la mayor parte de las familias interrogadas, reconociendo que sus barrios eran sucios, insalubres, viejos, poco aireados, faltos de verde, se declaraban altamente satisfechos y sólo manifestaban un temor: ser expulsados". Michel Ragón, arquitecto, en su obra "El arquitecto, el principe y la democracia", parece tocar uno de los puntos neurálgicos de] problema. "El pasaje de una arquitectura ciertamente deplorable pero donde una vida particular se habia desarrollado, se habia incrustado, a una arquitectura neutra, transforma todos los comportamientos", dice el autor. "La destrucción de un barrio y la deportación de toda una parte de la población rompen o distienden los lazos familiares y de amistad. La antigua vida comunitaria es rota y nada la reemplaza. Se nota incluso un rechazo a cualquier intento de reemplazarla". Puede ser. El resultado: ciudad maldita. Hoy, los choques violentos, los cambios impuestos a todo nivel, son medidos con más cuidado por aquellos que no van a vivir en las ciudadelas, pero probablemente sí van a ser tocados por el vandalismo y la descomposición que se generan ahí dentro. Algo, aunque sólo lo lograran intensas explosiones sociales, tenía que llevar a los arquitectos a pensar que no se trata en últimas de enseñar a las gentes a disfrutar sus casas, sino de aprender a construir para la gente. La prioridad en este momento es acabar con los ghettos, dar vida propia a las "ciudades dormitorios".
La sustentación de los proyectos presentados para la renovación de La Courneuve (uno de los suburbios con más problemas de violencia en Francia, y con los peores niveles de mantenimiento) muestra bien la nueva filosofía urbana, Douaire, Gulgonen y Laismey, con el proyecto ganador, explicaban: "Hemos querido hacer un proyecto realista. El problema es ya suficientemente complicado como está. Si se trabaja sobre una forma de urbanismo preexistente buena o mala, los elementos a introducir deben dialogar con ella. (...) No se trata tampoco de una arquitectura acomodaticia ni completamente anónima. Todo el problema radica en encontrar la escala justa de intervención que evite la arquitectura impositiva, autoritaria, paracaidista". El nuevo proyecto rechaza "la manipulación de hexágonos, los grandes ejes monumentales. Proponemos un proyecto más "discreto", una arquitectura espacial que no es arquitectura publicitaria".
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