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| 3/10/2003 12:00:00 AM

Las confesiones de Schmidt

Jack Nicholson, en manos de Alexander Payne, le da cuerpo a una tragicomedia devastadora. ****

Antes de hablar de la maravillosa actuación de Jack Nicholson -que aparece en casi todas las imágenes de Las confesiones de Schmidt-, conviene presentar al autor de la obra, Alexander Payne, que es la primera razón para no perderse esta tragicomedia estremecedora. Payne, que nació hace 42 años en Omaha, Nebraska, hace parte, junto con realizadores tan brillantes como Paul Thomas Anderson, Wes Anderson y Kenneth Lonergan, de una muy interesante generación de directores independientes estadounidenses (Orson Welles los llamó "mavericks": "personas que piensan y actúan de manera diferente") que ha trasformado, con un gran sentido del humor y sin perder de vista el drama de sus personajes, el tipo de cine que se hace hoy en Norteamérica.

En 1996, después de trabajar en un par de episodios para una serie de Playboy, Payne y su guionista, Jim Taylor, le dieron vida a la Ciudadana Ruth, una indigente que se enfrenta al dilema del aborto, con una ironía triste que se convertiría en su marca de estilo. En 1999, cuando todo el mundo aplaudía el ingenioso cinismo de Belleza americana, presentaron, en menos teatros y con menos dinero para ganarse el Oscar, la verdadera radiografía de la vida en Estados Unidos: se llamaba Election, contaba con las estupendas actuaciones de Matthew Broderick y Reese Witherspoon y ponía en evidencia, con afecto y compasión, la arrogancia, la ambición y la falsedad que se aprenden en aquellos salones de clase.

Es por todo eso, porque estamos ante un creador con voz propia que filma situaciones relevantes para nuestro tiempo, que Jack Nicholson, uno de los mejores actores de la historia del cine, ha contenido sus cejas inclinadas y su teatralidad y se ha dejado llevar del todo por el papel de un pensionado casi invisible, Warren Schmidt, que ha emprendido un viaje en un pequeño bus habitable para escapar de su soledad, evitar las conclusiones sobre su vejez y no encontrarse nunca a sí mismo. Tiene una excusa para llevar a cabo semejante recorrido: su única hija, Jeannie, está a punto de casarse con un vendedor de camas de agua que fue amamantado hasta los 5 años, y él, Schmidt, a quien todos ven como "un hombre muy triste", ha llegado a la conclusión de que su vida adquirirá algo de sentido si impide ese matrimonio.

Por el camino -a algunos, tal vez, se les hará un camino largo- le escribe divertidas cartas confesionales a Ndugu, un niño tanzaniano al que ha adoptado a distancia después de ver un comercial en televisión, quizás para comprender todo el desastre. Es, sin duda, un brillante recurso del relato: sí, nos lleva a reírnos de lo que los analistas suelen llamar la "tontería humana", pero en verdad nos hace semejantes del pobre Warren Schmidt, que es el más humano de los tontos, y que mira a las estrellas, como cualquiera de nosotros, por si es cierto eso de que pueden revelarnos el futuro de la vida.
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