Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2009/02/07 00:00

Las cosas de Julio

El próximo 12 de febrero se cumpen 25 años de la muerte del mítico escritor argentino Julio Cortázar, el eterno adolescente de las letras latinoamericanas

Julio Cortázar en su apartamento en el barrio Montparnasse, en París, señala un afiche de solidaridad con Chile en 1974, un año después del golpe de Estado de Augusto Pinochet

El escritor mexicano Carlos Fuentes dijo que Julio Cortázar "era el único hombre sobre la tierra que había encontrado la fuente de la eterna juventud, que rejuvenecer cada noche al poner su cabeza sobre la almohada era su enfermedad". Cortázar murió el 12 de febrero de 1984. Todavía tenía el pelo negro, sin canas, enmarañado igual que en sus años mozos, los ojos grandes y rodeados por las bolsas que lo acompañaron desde la juventud. Tenía 69 años, padecía leucemia, y su última esposa, Carol Dunlop, había muerto hacía dos años -hecho que lo encerró en una profunda tristeza y que, según muchos, aceleró su enfermedad-, pero él parecía no tener más de 50. Sólo un año antes se lo había visto en Segovia junto al editor Mario Munchnik, paseando tranquilo con unas grandes gafas oscuras y un aire de eterno adolescente.

Hoy, a 25 años de su muerte, esta imagen del Cortázar sigue intacta. Además de su aspecto, jugaba a su favor su personalidad -modesta, juguetona y rebelde, según sus amigos-, y, por supuesto, su obra: los cuentos de Historias de cronopios y de famas en los que personificó a "esos seres verdes y húmedos" que siempre cuestionan, otros en los que retrató las truculencias y alegrías del mundo infantil, y la novela Rayuela, de 1963, que a pesar de sus juegos y aparente desparpajo, demuestra que Cortázar sí era serio en su literatura. Dice Ana María Barrenechea, la crítica y traductora a quien Cortázar le regaló el cuaderno de bitácora de Rayuela, que "es un conjunto heterogéneo de bosquejos de varias escenas, de dibujos, de planes de ordenación de los capítulos (como índices), de listas de personajes... propuestas de juegos del lenguaje... meditaciones sobre la relación literatura y vida, lenguaje y experiencia, y aun fragmentos no muy extensos que parecen escritos de un tirón y que luego pasarán a la novela ampliados". En pocas palabras, el diario de trabajo de un escritor concienzudo, comprometido con su oficio, en el cual se hace evidente que tras la aparente libertad del resultado final hay un trabajo de carpintería difícil de emular.

Pero más que por Rayuela, hoy Cortázar se recuerda como un maestro del relato corto y su nombre figura al lado de los de Jorge Luis Borges, Anton Chejov y Edgar Alan Poe, este último su maestro en el género y de quien heredó una fascinación por lo misterios existenciales. De hecho, hoy Cortázar es conocido por haber renovado muy a su manera el género de lo fantástico, un género característico de las letras del cono sur que nació con los cuentos de Horacio Quiroga a principios del siglo XX. Porque a diferencia de Borges, que abordó el género con una mirada intelectual, Cortázar lo hizo desde la experiencia íntima, del diario vivir. "No sólo por su cuidado en la forma -dice la escritora Piedad Bonnett-, la estructura y del lenguaje en sus cuentos, sino por la forma de pensar el mundo y de abordar su literatura, evidencia una total madurez acerca de la creación".

En su vida, se interesó tarde por la política. Después de viajar por primera vez a Cuba, invitado por Casa de las Américas en 1968, confesó que le "había dolido mucho el vacío político que había en mí" y que "los temas políticos se fueron metiendo en mi literatura". Fue de los primeros en notar las deformaciones del socialismo soviético y fue un abanderado de la Revolución cubana, aunque criticaba a Fidel Castro, tanto, que en 1971 fue declarado persona non grata en la isla. Como defensor de la renovación política se hizo amigo del poeta disidente Heberto Padilla, a quien apoyó en el histórico caso que lleva su nombre, que dividió a los intelectuales latinoamericanos en dos alas opuestas e irreconciliables. "Esa fue la primera oportunidad en que las opiniones de Julio Cortázar fueron tildadas de ingenuas", dice Padilla en un artículo publicado en La Nación de 1985. "Después, siempre que hizo afirmaciones poco ortodoxas, se decía que eran 'cosas de Julio'". Cosas de Julio que, como su nuevo estilo literario, sacaron de quicio a los dirigentes a quienes cuestionaba. Se solidarizó en Chile con Salvador Allende y la revolución sandinista en Nicaragua, y en 1974 fue miembro del Tribunal Bertrand Russell II que examinó la situación de derechos humanos en América Latina.

Las letras latinoamericanas no serían la mismas después de Julio Cortázar. No sólo por renovar la imagen de escritor y por encarnar al intelectual abanderado en las causas políticas de finales del siglo XX, sino porque, como dice Alberto Aguirre, "después de él, la literatura latinoamericana se abre a crear un nuevo mundo, un mundo que no se complace, inconforme, que no busca la belleza pura, que desafía la tradición de una literatura latinoamericana romántica". Entre muchas otras cosas, "Cortázar les abrió el camino a escritores como Roberto Bolaño", un escritor que después de muchos años de nuevo hace sonar las letras latinoamericanas en todo el mundo.

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