Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2000/06/05 00:00

Las estaciones de Mutter

La violinista alemana exorciza los demonios del pasado con su nueva versión de ‘Las cuatro estaciones’ de Vivaldi

Las estaciones de Mutter

Esta grabación parece una especie de exorcismo. Porque cuando en 1984 la violinista alemana Anne-Sophie Mutter grabó el popular ciclo de conciertos de Antonio Vivaldi, acompañada de la esplendorosa orquesta Filarmónica de Viena bajo la dirección del ‘director de directores’ Herbert von Karajan, no corrió con suerte. La grabación, claro, fue un suceso en materia de ventas pero recibió justas avalanchas de críticas y censuras pues ya en ese momento los estudios e investigaciones sobre la interpretación de la música barroca habían dado pasos trascendentales y la aproximación estética del trío Viena-Karajan-Mutter fue, para decir lo menos, anacrónica. El prestigio y poder de Von Karajan, la belleza y talento de la Mutter y la tradición de la orquesta vienesa no fueron suficientes para conjurar la equivocación. Quince años más tarde la Mutter vuelve a tomar en sus manos su magnífico Stradivarius para enfrentar la más popular de las composiciones de Vivaldi en una especie de mea culpa por esa travesura de juventud. Una decisión riesgosa porque corren tiempos de especialistas y la interpretación del barroco alcanza hoy increíbles niveles de sofisticación. Por otro lado, en los últimos años dos versiones de las Estaciones han sido recibidas con los mejores comentarios: la del Giardino Armonico con Enrico Onofri (Teldec, Warner, 1994) y la del Freiburger Barockorchester & The Harp Consort con Gottfried von der Goltz (BMG, 1997). Por eso el sello Deutsche Grammophon, que ha realizado la grabación, se permitió cuidar con meticulosidad de orfebrería dos aspectos del proyecto. El primero, naturalmente, fue el musical, porque Anne-Sophie Mutter ahora en su madurez artística sabe recorrer la música de Vivaldi con la necesaria profundidad, pero también con todos los fuegos de artificio que exige la partitura, certeramente rodeada de los buenos oficios de la agrupación de cámara Trondheim Soloist, lo que significa que ella misma se ha responsabilizado de la dirección musical. La grabación impecable, y por fuera de cualquier sombra de duda, fue el decantado resultado de una gira de conciertos con este programa (que se complementa con una formidable interpretación de Trino del Diablo de Tartini) por Noruega, Dinamarca, Francia y Alemania. El segundo aspecto tiene que ver con la presentación misma del disco, que es un alarde editorial y, por qué no decirlo, también de ingenio y estética. Deliberadamente nada hace alusión al barroco o a la Venecia vivaldiana porque la protagonista única es la Mutter, invencible en su arte y en su belleza, ahora como directora y solista. Una paradoja. Porque en sus años de juventud, cuando Karajan trató de imponerla como miembro de la Filarmónica de Berlín, los músicos se rebelaron, rechazaron la idea y, de paso, la vetaron. ¡Tremendo favor que le hicieron!

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