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| 11/22/2005 12:00:00 AM

Las estaciones de la vida

El coreano Kim Ki-duk ha filmado una alegoría que es, primero que todo, un relato fascinante ****

Título original: Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom.
Año de producción: 2003.
Dirección: Kim Ki-duk.
Actores: Oh Yeong-Soo, Kim Jong-ho, Seo Jae-kyeong, Kim Young-min, Kim Ki-duk, Ha Yeo-jin. Quizá ser un iniciado en el budismo coreano sea útil para comprender a cabalidad sus simbolismos, sus imágenes extraordinarias y sus estrategias narrativas. Tal vez ser un conocedor de las ideas de Buda lleve a denunciar una penosa simplificación de importantes temas religiosos: el zen explicado a los niños. Sea como sea, se trate de una alegoría que se nos escapa o de una obra divulgativa sobre ciertos mitos orientales, Las estaciones de la vida es sobre todo un relato absorbente que no nos suelta desde que nos presenta a sus protagonistas hasta que llega a la última escena. Es poética, sí, su mirada nos revela realidades que pensábamos que sabíamos de memoria. Pero también es una historia bien contada: basta con que se abran esas puertas sin paredes a los lados, en la primera de tantas secuencias sorprendentes, para que queramos saber qué va a ocurrir en aquel monasterio que flota en un lago entre las montañas. Ocurrirá la biografía de un hombre. Su maestro, un monje sin nombre, despojado de identidades dolorosas, lo guiará por las principales temporadas de una vida. En la infancia, dos días de primavera, lo castigará por no ponerse en el lugar de los animales del bosque. En la adolescencia, una serie de noches de verano, lo verá enamorarse de una mujer con la seguridad de que "amar lleva a poseer, poseer a perder, perder a asesinar". En la juventud, una larga tarde de otoño, lo conducirá a olvidarse de un mundo en el que los otros hombres quieren lo mismo que uno quiere. En la madurez, un invierno solitario, lo llevará a entender que se viene a la vida a deshacerse del ego, a librarse del deseo, a educarse en el oficio de la compasión. En la vejez, una vuelta a la primavera de siempre, le revelará que quien atraviesa un par de puertas en medio de nada, ha tomado una decisión comparable a la que toma aquel que no le hace mal a nadie. No he contado, aunque parezca, ninguno de los hechos de la historia. He señalado que está llena de planos sobresalientes. He dicho qué aprende el discípulo de su maestro, pero no qué situaciones debe experimentar para aprenderlo. Y todo ha sido, creo, para llegar a hablar de Kim Ki-duk, el director, punto de referencia del cine de estos años. Se trata de un surcoreano, educado en el cristianismo, que fue obrero, marinero y pintor callejero antes de ver su primera película, en París, en 1991, cuando acababa de cumplir los 30 años. Se convenció de hacerse cineasta tras ver El silencio de los inocentes. Y desde su primera obra, Cocodrilo, en 1996, se convirtió en un realizador rápido, eficiente, capaz de filmar una buena película en apenas dos semanas. Que a Las estaciones de la vida no se la traguen ni las enseñanzas del budismo, ni los encuadres preciosistas que convencen a ciertos espectadores de haber visto una gran película, es otra prueba de su inmenso talento narrativo.
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