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| 12/17/1990 12:00:00 AM

LAS GRANDES LIGAS

La Biblioteca Luis Angel Arango expone una valiosa colección de arte latinoamericano.

Todo está dispuesto para la meditación. La Biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá ha logrado, en efecto, un montaje intimista, para que el público colombiano pueda aprovechar al máximo una de las pocas oportunidades que se tienen para enfrentarse al arte latinoamericano del siglo XX en su conjunto.
Grandes figuras continentales de la plástica, como Rivera, Matta, Lam, Cuevas, De Szyszlo, Orozco y Torres Garcia, entre otros, ocupan por estos días el Salón Multimedios de la entidad capitalina. El elevado costo del transporte y del seguro de las obras impide que se pueda realizar con mayor frecuencia una muestra de este tipo. La colección pertenece al Museo de Bellas Artes de Caracas, reconocido por el particular interés que ha demostrado frente al arte de América Latina.
A pesar de que la muestra no goza de una filosofía que respalde la selección de los 32 artistas, ni de las 34 obras, pues no se destaca una tendencia ni se presenta una época específica, de cualquier manera constituye una visión bastante amplia del quehacer plástico en una región que cada vez toma más fuerza en el concierto cultural del planeta. Sin un concepto diferente al de la calidad, la exposición "no intenta tener una representación cronológica, ni Mostrar exhaustivaMente los hitos que han marcado el desarrollo del arte en América Latina", asegura Carolina Ponce de León, jefa de la Sección de Artes Plásticas de la biblioteca.

Y, ciertamente, sería imposible avanzar por la historia del arte latinoamericano del siglo XX con tan sólo 340 bras, dada la diversidad de tendencias y la proliferación de figuras. De manera que, conscientes de que así como la presente exhibición deslumbra por el hecho de reunir en unos cuantos metros cuadrados una selección de tanta envergadura, también sorprende por la ausencia de algunos infaltables. No sobra ninguno de los que está, pero evidentemente no están todos los que son. Y teniendo en cuenta que la colección procede de un museo caraqueño, la gran ausencia la constituye el maestro Jesús Rafael Soto, para muchos el pintor venezolano más destacado de los últimos tiempos. La razón parece ser que el Museo de Arte de Caracas se vio obligado a ceder el total del arte vernáculo a la Galería de Arte Nacional, creada a mediados de los 70. Para subsanar esta pérdida ha adquirido en las dos últimas décadas obras representativas de su país, pero aún no cuenta a Soto en su listado de artistas.
No obstante, la Luis Angel Arango, ajena a problemas de esta índole, ha logrado una muestra de excepción con la colección latinoamericana.

Están presentes dos de los grandes muralistas mexicanos: José Clemente Orozco y Diego Rivera, con "Español del siglo XVI" y "Mujer con alcatraces", respectivamente. El movimiento que representan tiene el mérito de ser posiblemente el que ha obtenido, en el continente, un mejor reconocimiento internacional en su momento. Hay, incluso, quienes aseguran que se trata de la única corriente con apellido latinoamericano. De hecho, la más auténtica. Falta Siqueiros para completar la excelente trilogía.
Hacen parte de la exposición, así mismo, tres figuras de la región que han llegado bastante lejos -al menos, si hay que hablar de precios, los nombres más cotizados-: el chileno Roberto Sebastián Matta, el mexicano Rufimo Tamayo y el colombiano Fernando Botero. Exponentes de la llamada "figuración mágica", Matta y Tamayo han visitado el país en varias ocasiones. El chileno aparece representado con "Tierra abierta" (1957), un despliegue de color que explora la siquis del ser; una obra que presenta, en su abstracción, al hombre moderno que se debate entre ideologías antágonicas y que permanece en la búsqueda de una supervivencia interior. El mexicano, por su parte, se hace presente con "La fuente" (1951) y "Perro de exposición" (1974), dos épocas que aparecen en él unidas por el rasgo primitivo del dibujo y la fuerza cromática; sobre un fondo de tonos tierra se destacan, por contraposición, los azules y los rosados que reciben el mayor impacto de la luz.
Botero está ahí con la pancarta colombiana. Una de las diez variaciones que realizó sobre "El niño de Vallecas", de Velázquez, refleja una época lejana en su obra, pero de incuestionable fuerza.
Es el único artista nacional de la muestra, a pesar de que la colección latinoamericana del museo caraqueño cuenta con una digna representación del país, por una razón de mucho peso: en Colombia es muy fácil ver a los colombianos, debido a que muchas galerías y todos los grandes museos cuentan con obras suyas. Entonces, no sería lógico sacrificar algunos nombres de los que sólo pueden verse en ocasiones excepcionales, como ésta.

Buena parte de las obras que conforman la exposición hay que verlas a la luz de la época en que fueron realizadas, para entender todo su significado. Así, por ejemplo, la "Estructura" del uruguayo Joaquín Torres García, que resultaría una obra muy actual, significó en 1935 un salto a dimensiones desconocidas en el arte. Se trataba, en aquel entonces, de una vanguardia que despertaba resquemores. Su mayor valor está precisamente en esos cincuenta años que han transcurrido y que han confirmado su preponderancia cada vez con más fuerza.
Lo mismo ocurre con "El filósofo" del argentino Emilio Pettoruti: el cubismo que lo caracteriza parecerá discreto hoy en día, pero no lo fue en 1918. Como contraste, se ha colgado a su lado una "Naturaleza muerta" de la cubana Amelia Peláez, de 1954. La comparación entre una y otra es un buen punto para analizar la evolución de la plástica latinoamericana en una misma tendencia De otro lado, la sólida representación venezolana da buena cuenta de los últimos movimientos del país vecino: el cinetismo de los 70 y el resurgimiento del dibujo en los 80.

Se trata, en su conjunto, de una exposición de figuras sueltas, sin otra pretensión que la de acercar al público del arte colombiano a un mosaico de tendencias latinoamericanas que han dado mucho de qué hablar en el orbe. Sería imperdonable pasarla por alto. No se sabe cuándo vuelva a traerse una muestra de este calibre.
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