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| 9/26/1983 12:00:00 AM

LAS INTRIGAS DEL PODER

Luis XI de Francia y Eduardo IV de Inglaterra, cinco siglos después

Son dos los personajes que llenan buena parte de la historia europea del siglo XV. Astutos, disímiles, de proceder político habilidoso, ambos, a pesar de ser reconocidos triunfadores, marcan dos estilos diferentes ante las circunstancias de poder que se presentan en el instante histórico dentro del cual desempeñan su autoridad. Entre los dos siempre aparece un tercero en discordia, no menos inteligente que los anteriores, de acendrada cultura y que se coloca en uno y otro bando, dependiendo del interés político que se baraje en el concierto de naciones europeas. Protagonistas principales de turbulentos conflictos que sacudieron la faz del continente, surgen de ellos para transformarse a veces en salvadores y otras en autores, y recoger los frutos políticos de la época. Luis XI de Francia apareció en el escenario con la guerra de los Cien Años, bajo un arraigado sentimiento nacionalista, mientras la nación se desgarraba física y económicamente. Eduardo IV de Inglaterra subió al tinglado en medio de la Guerra de las Dos Rosas, entre los Lancaster, de rosa roja, y los York, de rosa blanca, convirtiéndose en el monarca que llevó a los últimos al poder, sufriendo, sin embargo, la gran crisis política de Inglaterra y abriendo paso a la dinastía de los Tudor. Entretanto Carlos el Temerario, Duque de Borgoña, apoderado legítimo de la región conformada por los países renanos y las ciudades flamencas del Norte, se ve envuelto en la controversia política al convertirse en el defensor de la nobleza de Borgoña, en donde se cristalizan una serie de fórmulas de poder que darán nacimiento a la monarquía autoritaria posterior. Era Luis un personaje irregular, de aspecto físico poco atractivo, sujeto a crisis epilépticas, avariento, glotón y de corazón como una piedra. Su extraña personalidad inspiraría más tarde a escritores como Sir Walter Scott y Teodoro de Banville. Pero, pese a todas sus faltas personales, fue un gran rey, eficaz y realista. Siendo joven se rebeló dos veces contra su padre, Carlos VII, a quien no pretendía derrocar. La primera vez fue perdonado, pero en la segunda ocasión hubo de refugiarse en la corte de quien sería su peor enemigo, Carlos el Temerario, en la Borgoña. Muerto su padre ascendió al poder en 1461. Hostil a Carlos desde el principio, éste lo ataca cuatro años más tarde y tres años después el Duque, en alianza con Eduardo IV de Inglaterra, logra ponerlo preso. Empeñando su palabra de dejar de lado toda hostilidad contra Carlos, Luis sale de prisión e inmediatamente acusa al Temerario de traición en el Parlamento de París. Comienza una era de intrigas y Luis consigue desbaratar la alianza entre Carlos y Eduardo y hace que los suizos declaren la guerra al Duque de Borgoña, quien muere luchando en Morat en 1477. Carlos había nacido el 10 de noviembre de 1433, de Felipe el Bueno e Isabel de Portugal, hace exactamente 550 años. Eduardo IV de Inglaterra era, al contrario de Luis, de modales amables, austero, severo pero nunca cruel. Llegó al poder después de la victoria de Northampton, que dio el trono a su padre Ricardo de York sobre las pretensiones de la casa Lancaster. Pero Ricardo murió tres meses después y Eduardo subió al poder en 1461, el mismo año en que lo hiciera Luis. Cinco años más tarde su hermano, el Duque de Clarence, lo apresa y restituye a los Lancaster en el poder. Eduardo se refugia en la Borgoña, en donde Carlos le da recursos para rescatar el trono. Lo hace seis meses después y los Lancaster quedan definitivamente desterrados del poder. Carlos el Temerario, entonces, se convierte en su mejor aliado y el enemigo común es Luis XI de Francia, hasta que posteriormente Luis negocia con Inglaterra, dando al rey un tributo constante de 50.000 escudos y 16.000 a sus ministros, no permitiendo de esta forma que Eduardo volviera a mirar al Temerario sino que, por el contrario, lo atacase como lo hizo en compañía de los Suizos. Tanto Luis como Eduardo son ilustres por diversas razones. Luis había sido duro con los señores feudales, pero había aglutinado de una vez por todas a Francia. Efectuó reformas útiles, unificó la moneda francesa, suprimió los peajes internos y los colocó en las fronteras, impulsó el comercio, que en Francia era considerado como indigno para el hombre, en fin, como dice André Maurois, "mostró grandeza estadística y gubernamental, y mezquindad en los medios". Pudo haber anexado entonces la Borgoña a Francia, pero lo único que deseó fue la unidad y, al mismo tiempo, el Duque de Borgoña, Carlos el Temerario, en compañía del Duque de Berry, pudo haber triunfado en Francia, pero Luis tuvo la habilidad de mostrarle a Carlos que el lugar importante era Flandes. Al mismo tiempo Eduardo, aunque gobernó para un sólo bando, el de los York, manejó la guerra civil en la que se debatía su país, mientras que, negociando con Luis, logró agrandar inmensamente el tesoro de la nación, situación que le permitió a Inglaterra convertirse en imperio decisivo en la consolidación de Europa. Eduardo, además, devolvió la confianza en las instituciones a los ingleses e hizo que la monarquía tomara rumbos de plena estabilidad. Luis XI de Francia murió el 30 de agosto de 1483. Cuatro meses antes, el 9 de abril de 1483, había muerto su enemigo y posterior amigo, Eduardo IV de Inglaterra. Ambos habían ascendido al trono en 1461. Los dos gobernaron 22 años. Los dos murieron hace 500 años e implantaron doctrinas que en cada uno de sus países seguirían vigentes por varios siglos más .
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