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| 8/28/2000 12:00:00 AM

Las mentiras de la noche

Una novela que invita a un juego impredecible entre realidad y apariencia.

Gesualdo Bufalino
Las tretas de la noche
Norma, 2000
198 paginas
$ 26.500


Corrado Ingafù, barón; Saglimbeni, presunto poeta; Agesilao Degli Incerti, soldado, y Narciso Lucifora, estudiante, están condenados a morir. La ejecución será a las 7 de la mañana en la fortaleza de la isla prisión donde se encuentran detenidos. Tienen ocho horas de vida. Una última noche en la que, para acoger la muerte con tranquilidad y a la manera de un ‘Decamerón nocturno’, han aceptado contarse el momento más feliz de sus vidas.

Estamos en la Italia de los carbonarios y del Resurgimiento del siglo XIX. Una época plagada de revolucionarios y tiranos, reaccionarios e idealistas, terroristas y soldados represores. Por cierto, estos cuatro personajes son acusados de haber realizado un atentado contra el rey. Pertenecen a una peligrosa organización secreta y revolucionaria. Por eso el gobernador de la prisión, Sparafucile, les ha hecho un ofrecimiento que los mantiene en vilo: si delatan a su jefe, llamado por ellos el ‘Padreterno’, serán perdonados y puestos en libertad. Es una promesa bastante tentadora: sólo tienen que escribir en una papeleta, sin firma, el nombre del líder. Basta que uno solo lo haga para que todos queden libres: “Decidme el nombre de vuestro jefe. No os pido, claro está, traicionar una idea, sino solamente a un hombre. De manera que, luego, quien traicione permanezca desconocido no sólo para los demás sino incluso para mí, y no tenga que avergonzarse a no ser de sí mismo en secreto. Lo cual es vergüenza fácilmente olvidable, si es que conozco el corazón de los hombres“.

La prueba concebida por el gobernador es perversa. Si la esquivan, estarían confesando que su unión no es muy sólida y se traicionarían, al menos en espíritu. Si la aceptan —lo que finalmente tendrán que hacer— van a tener enfrente una desequilibrada balanza. De un lado la luz, la juventud de la luz, poder abrazar todavía carnes de mujeres, oler flores, reír, llorar. De otro lado, unas palabras: igualdad, libertad, fraternidad, que hoy les parecen esenciales, pero una vez muertos “serán un soplo de impalpable nada”.

Los condenados a la guillotina tienen, según la costumbre, la posibilidad de pasar su última noche sin cadenas, fuera de la celda criminal, en un lugar cómodo y agradable, llamado el ‘confortatorio’, donde pueden descansar y cenar a gusto deliciosos platos. Inútiles glotonerías pues, como se sabe, “la inapetencia es de rigor en las veladas de despedida” y todo queda envenenado con el pensamiento del inminente fin. Por esta razón y porque sólo hasta última hora tienen que decidir sobre la oferta del gobernador, los cuatro condenados aceptan la propuesta de fray Cirillo, un temible ladrón que los acompaña y quien es “el quinto invitado a la fiesta de mañana”. La propuesta es muy simple y viene del Decamerón: hay que olvidar la muerte novelando.

Cada cual deberá, entonces, hablar de sí mismo. Contar cómo y cuándo, en alguna etapa de su vida fue o creyó ser feliz. Elegir una imagen de sus días desperdiciados, “para imprimirla bajo sus párpados en el instante en que su cuello será ensartado en el círculo y un frío hilo de cuchilla precipitadamente lo degollará”. No se trata de una confesión —de hecho han rehusado hablar con un cura— sino de decir lo que creen mejor para los demás y para sí mismos, su verdad o su mentira. Pueden inventar. Con una condición: que se trate de su hora más memorable. ¿Qué ganarían? Entender si para la vida que vivieron, ese final de estoicos tuvo un digno epílogo.

Hasta aquí, una muy buena novela. Pero el final, por completo inesperado, nos revelará otra, aún más inquietante y ambiciosa: una parodia sobre las certezas que tenemos del mundo. Sin haberlo sospechado, estábamos atrapados en un juego barroco de simulacros y espejismos. En un camino hecho de trampas donde nada era cierto, salvo la belleza del lenguaje que por momentos nos hicieron recordar, gracias a una excelente traducción, al mejor Stendhal. Si alguien tenía dudas, esta novela las despeja: Gesualdo Bufalino es un clásico.
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