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| 4/12/2014 2:00:00 AM

Un patrimonio sagrado

No hay en Colombia una tradición que mejor reúna religión y cultura como lo hacen las procesiones de Mompox y Popayán. , Artículo

Los cargueros de las procesiones de Semana Santa de Popayán caminan en silencio vestidos con túnicas azules y paño blanco en la cintura, mientras la gente se apretuja en los andenes para verlos. En hombros llevan el paso de 500 o 600 kilos, una plataforma con bordes enchapados en plata y oro coronada con una figura de Jesús o de la Virgen. El oficio del carguero es hereditario y considerado un honor. Las procesiones representan una cita sagrada a la que no faltan y el duro callo que se ha formado en el hombro es motivo de orgullo. Entre los cargueros hay obreros, políticos, ejecutivos y choferes: por eso los payaneses dicen que debajo del paso todos son iguales.

Las procesiones –explica el jesuita Alberto Múnera– florecieron en la Edad Media cuando los monjes comenzaron a llevar imágenes de Jesús, la Virgen y los santos de una iglesia a otra. El pueblo al verlas las venera y mantiene la firme convicción de que las imágenes bendicen las casas y las familias por las que pasan. Las procesiones están directamente relacionadas con el deseo evangelizador de la Iglesia. En un mundo sumido en el analfabetismo el impacto visual de la imagen era de suma importancia y las procesiones constituían la forma perfecta de ponerlas ante el pueblo.

En España y en parte de Francia las procesiones se entremezclaron en las tradiciones y hoy día la más famosa es la de Sevilla en la Pascua de Resurrección. Pero la historia en Alemania y demás países protestantes fue otra. Cuando Martín Lutero divulgó el protestantismo en el siglo XVI las condenas por idolatría impidieron las caminatas religiosas, y el nuevo credo nació sin imágenes. Los católicos no aceptan las críticas de la religión germánica porque ellos no adoran las imágenes sino que las consideran un símbolo significativo para recordar a las personas que constituyen la historia sagrada.

El evento más importante del catolicismo es la muerte y resurrección de Jesús, y las suntuosas procesiones son muestra de ello. Los devotos se visten con sus coloridos trajes típicos y acompañan las imágenes que representan la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo. A nivel teológico –explica el jesuita– la Semana Santa simboliza el plan que Dios delineó para los hombres. Al igual que Jesús, hombres y mujeres en el momento de su muerte pasan a gozar de una vida imperecedera al lado de Dios. El bautismo representa esa invitación a la vida eterna, y en el momento de aceptar la religión católica como propia los creyentes acceden a llevar la misma vida de amor, entrega y servicio a los demás que llevó Jesús.  

Popayán, Mompox y Pamplona, tres ciudades de enorme influencia española durante la Colonia, celebran la Pascua de resurrección con especial bombo y devoción. Todos los años, desde comienzos del siglo XVII, los gobernantes y los ciudadanos se vuelcan en los eventos de los días santos. Cuenta Aída López de Corredor, oriunda de Popayán, que “durante las procesiones los andenes se llenan de gente que admira los pasos en sobrecogedor silencio. El colorido espectáculo reúne a miles de personas, hoy día la mitad de ellos turistas.” Las imágenes cargadas durante la procesión payanesa, declarada Patrimonio Cultural de la Nación en 2004 y Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco en 2009, son de madera tallada en Quito, España e Italia en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. El solo paso es una obra maestra de arte religioso.

En las tres ciudades cada procesión tiene un significado distinto y cada día se narra una parte de la historia. El jueves santo salen los pasos relacionados con la última cena, el apresamiento de Jesús en el Monte de los Olivos y la traición de Judas. El viernes santo representan la pasión de Cristo con los azotes y la coronación de espinas, y el domingo la resurrección. La gente se reúne a orar en comunidad y a contemplar los detalles de los 13 o 14 pasos de cada procesión.

A diferencia de los pasos de Popayán, cargados por ocho hombres, los de Mompox son más parecidos a los sevillanos por la cantidad de cargueros requeridos. Alrededor de 20 hombres llevan cada paso. En Sevilla los cargueros cubren su cara con capirotes porque se consideran pecadores y no quieren ser reconocidos. El oficio de carguero se considera una penitencia por el peso que cargan toda la noche. En Mompox el calor no permite llevar la cara cubierta pero cuando entran y salen de las iglesias los cargueros bajan su capucha por respeto al Señor. En Popayán ellos van con la cara descubierta desde 1840 [ver recuadro] y consideran su tarea un honor por llevar a cuestas una imagen sagrada.

Las procesiones –dice el padre Múnera– son la expresión piadosa del pueblo. En Popayán los pasos van en medio del silencio, mientras en Mompox son un poco más folclóricos. Desde hace años las procesiones emblemáticas de Colombia son un apetecido destino turístico para colombianos y extranjeros, que son testigos de cómo la religión se entremezcla en la historia y la cultura de un pueblo. El atractivo turístico ha tenido su efecto en las celebraciones que por momentos tienden a convertirse en espectáculos y dejan de lado el recogimiento espiritual. En los últimos diez años las autoridades payanesas han recuperado la dignidad de las procesiones manteniendo las reglas antiguas y la música que acompaña la caminata.

Entre un paso y otro, grupos corales cantan salmos y las bandas militares lideran la procesión y marcan el ritmo con sus tambores. Según San Agustín, quien canta bien ora dos veces, por eso los monjes de la Edad Media pusieron melodía a los salmos que cantaban varias veces al día. Así nacieron los cantos gregorianos en los que la melodía está supeditada al texto y los intérpretes procuran no imponer su voz. En los días santos Popayán también se llena de melodía por el Festival de Música Religiosa al que vienen intérpretes de todas partes para tocar y cantar obras de Bach, Mozart, Haydn y Beethoven, entre otros.

Hay quienes afirman que la religión se volvió secular, y los hombres y mujeres menos creyentes. Pero las celebraciones de Semana Santa demuestran que quienes aún creen lo hacen con seductora devoción. Ellos, como Samuel Crossman, un monje inglés del siglo XVIII, exclaman gozosos: “Aquí podría quedarme y cantar, pues no hay historia de mayor divinidad.”

Un dato histórico

La Semana Santa de Popayán también deja momentos curiosos protagonizados por ilustres personajes. En 1840, el general José María Obando y su lugarteniente Juan Gregorio Sarria, cargueros de la Virgen de los Dolores, estaban alzados en armas contra el presidente Tomás Cipriano de Mosquera.  Se dice que en esa Semana Santa, aunque se les había conseguido reemplazo, llegaron a exigir su barrote. Cargaron el paso ataviados con la túnica azul y cubiertos por el capirote para que nadie los reconociera. Dos cuadras antes de terminar la procesión los payaneses apagaron las velas y cubrieron la retirada de los rebeldes. Desde entonces, el gobierno dispuso que los cargueros debían ir con la cara descubierta.
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