Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1998/11/02 00:00

LAS RELIQUIAS DE LA MUSA

Gracias a la aparición de dos remotos herederos, la colección privada de la amante de Picasso, Dora Maar, podrá ser subastada en París.

LAS RELIQUIAS DE LA MUSA

El 16 de julio de 1997 tuvo lugar en París un acontecimiento que en su momento pasó prácticamente inadvertido pero que hoy ha colmado de interés a los coleccionistas de arte. Ese día murió Théodora Markovitch, mejor conocida como Dora Maar, una fotógrafa y pintora surrealista que pasaría a la historia no tanto por su obra como por haber sido una de las amantes de Pablo Picasso durante una etapa crucial en la vida del artista malagueño. Se conocieron en enero de 1936, en el café Los dos magos, de París, por intermedio del poeta Paul Eluard. Ella tenía 29 años, Picasso más de 50, pero la edad era lo de menos. Tras unos meses de flirteo pronto Dora Maar se convirtió no sólo en la amante _en reemplazo de Marie-Thérèse Walter_ sino en la musa y cómplice durante uno de los períodos más intensos de quien es considerado el más grande genio de la pintura en el siglo XX. La relación se prolongó hasta 1944, cuando Picasso la abandonó por François Gillot. Pero ocho años habían sido suficientes para que Maar depositara en Picasso toda su existencia, al punto de dejar la vida pública para recluirse para siempre en su apartamento parisiense luego de sentirse traicionada. Las heridas provocadas por la ruptura no se cerrarían nunca y en más de una ocasión Maar hablaría con resentimiento de su antiguo amante, a quien, según ella, sólo parecía importarle su propio ego. Pero esta realidad no era absoluta. La verdad era que Picasso también le había dedicado a ella sus más atormentados años, aquellos en los que le tocó sufrir la guerra civil española y cuyas secuelas quedarían reflejadas en muchas de sus pinturas inspirado en la figura melancólica de su amante de turno, incluido el Guernica. Ella misma se encargó de fotografiarlo en pleno trabajo y, en general, se erigió en un soporte fundamental en el proceso creativo de Picasso durante los difíciles años de la guerra. Para muchos de sus amigos Dora era mucho más jovial y alegre de como Picasso la terminó pintando en sus retratos. Pero no sólo el romance se fue haciendo cada día más tormentoso por cuenta de los deslices del pintor con su antigua amante sino que la pesadumbre por los horrores del conflicto habían alimentado el deseo de Picasso de representarla casi siempre llorando. "Dora es una mujer que llora", le dijo alguna vez a André Malraux, y así la dio a conocer al mundo incluso desde los primeros dibujos sobre ella elaborados en los años de mayor pasión y en los que, sin embargo, Dora nunca aparece sonriendo. Lo cierto es que durante este período Dora Maar fue atesorando todo lo que Picasso le dedicaba, no sólo los retratos de ella que él le regalaba sino toda clase de dibujos y trabajos que el artista elaboraba en trozos de papel, en servilletas, en manteles, en piedras recogidas en la playa, en joyas diseñadas por él mismo y, en fin, en cualquier material que se le antojara manipular. Una vez finalizado el romance y aferrada a su papel de amante abandonada, Maar transformó su colección en un museo vivencial que se encargaría de consolarla hasta su sepultura. Sólo algunas pinturas habían salido de su casa para exposiciones temporales pero el grueso de sus reliquias sólo lo confió a sus ojos hasta el final de sus días.La lucha por la colecciónEsta colección íntima, que se hallaba resguardada en casa de Maar como un retrato viviente de sus amores con Picasso, ha suscitado todo tipo de intrigas en el mundo del arte luego de su muerte. Nacida en Tours en 1907, hija de madre francesa y padre yugoslavo, Maar nunca se casó, no tuvo hijos ni herederos y ni siquiera dejó un testamento. Así las cosas, el primer interrogante que surgió sobre su tumba fue el de quién se quedaría con la valiosa herencia. La legislación francesa dispone que en estas circunstancias el Estado tiene derecho a reclamar la posesión. Y eso fue, precisamente, lo que estuvo a punto de suceder de no haber sido por la intervención de dos genealogistas expertos en sucesiones, quienes viven de encontrar herederos naturales de grandes fortunas a cambio de un representativo porcentaje de comisión. Cuando los encuentran no les dan muchos detalles sobre la herencia antes de firmar un jugoso contrato sobre los derechos que les corresponden por la investigación. En el caso de Dora Maar los genealogistas se vieron a gatas para llevar a cabo su objetivo. Pero finalmente lo consiguieron al toparse con un heredero en Francia y otro en la antigua Yugoslavia. Aunque todavía no se han dado a conocer sus nombres ni su condición social, lo cierto del caso es que este descubrimiento les puede llegar a cambiar sus vidas para siempre. La de Maar es la colección más grande de Picasso que se hallaba en manos privadas, sin contar las de sus familiares directos. Sólo los 10 óleos que se encontraban en poder de Maar, siete de los cuales son retratos sobre ella elaborados a comienzos de la década del 40, pueden llegar a costar más de 25 millones de dólares. Pero la colección también incluye obras de etapas anteriores, entre ellas varios dibujos de la etapa azul y un cuadro de su serie Minotauros; libros ilustrados y dedicados y una gran cantidad de pequeñas esculturas, joyas y guijarros que Picasso tuvo el honor de dedicarle. El avalúo es tan representativo que los ge-nealogistas se dieron el lujo de contratar a las casas de subasta Piasa y Jean-Jacques Mathias para organizar el remate, que tendrá lugar en París entre el 27 y el 29 de octubre con más de 140 piezas, entre ellas 10 pinturas y 40 dibujos, además de todo el arsenal de objetos que unieron a Picasso con su musa.Como era de esperarse, las piezas consentidas de la subasta son las pinturas, la más costosa de las cuales está estimada por un valor que supera los 5 millones de dólares. Pero no son las únicas. Las joyas adornadas por Picasso, así como los objetos decorativos que hablan de su inagotable espíritu creador, también compiten en importancia al lado de los libros ilustrados, los dibujos improvisados en papel y las esculturas en miniatura, así su valor comercial sea, por supuesto, mucho menor. El caso es que los coleccionistas están al frente de un legado que bien puede sobrepasar los 50 millones de dólares, una cifra nada despreciable para las arcas de los sorprendidos herederos. Sin embargo no toda la ganancia será suya. En primer lugar tendrán que dejar un 60 por ciento al Estado francés por razones de trámite y otro porcentaje, que los expertos estiman en no menos de 15 por ciento, en manos de los genealogistas.Para los cazadores de arte la subasta representa una oportunidad de oro en el intento por apropiarse de unas de las pocas piezas de Picasso que todavía faltan por feriar. Pero no cabe duda de que para los historiadores el remate es casi la profanación de un templo, pues como la propia Dora Maar se encargó de decir alguna vez cuando le preguntaron si su colección podría llegar a costar más de medio millón de dólares, su valor supera todas las estimaciones: "Vale mucho más. En una galería costaría eso. En las paredes de la amante de Picasso su valor es incalculable". Una frase que había hecho soñar a más de un historiador del arte con un museo viviente que permitiera ingresar algún día en ese orden cerrado que Dora Maar consintió por años y años en su casa y que hoy ha sido desmantelado en favor de los coleccionistas.

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