Sábado, 21 de enero de 2017

| 2006/10/14 00:00

Las tortugas también vuelan

Este paseo estremecedor por un campo de refugiados kurdos es, primero que todo, una gran película.

El protagonista, un niño llamado Satélite (Soran Ebrahim), se ha convertido en el líder de una comunidad de huérfanos acorralados por las minas antipersona

Título original: Lakposhtha hâm parvaz mikonand.
Año de estreno: 2004.
Dirección: Bahman Ghobadi.
Actores: Avaz Latif, Soran Ebrahim, Hiresh Feysal Rahman, Saddam Hossein Feysal, Abdol Rahman Karim, Ajil Zibari.

Una persona sin nombre me desea "que la disfrute" en la aparatosa entrada del teatro. Recordaré sus palabras durante los 95 angustiosos minutos de la proyección. Y no será esa sensación, la de haberla disfrutado, la que me quedará al final de la película. Ni será esa la promesa que les haré, "seguro que lo disfrutarán", para que por ningún motivo se pierdan este largometraje imborrable. Diré que ver el drama en cuestión, una producción iraní e iraquí hablada en kurdo, nos obliga a habitar un mundo apocalíptico que solemos reducir a un par de notas de prensa, nos presenta a un quinteto de personajes (un grupo de niños desamparados que saben vivir en el horror) que sólo podrían existir en un relato fundamental, y nos llena la cabeza de una historia aplastante que tiene tanto de pesadilla como de clásico del cine realista, tanto de reivindicación humana como de brillante construcción artística. Diré que ver Las tortugas también vuelan es una experiencia traumática. Pero que verla es lo mínimo que podemos hacer en este punto. No se vuelve a la misma vida cuando se vuelve, a la casa, de sus imágenes.

Resulta fascinante seguir a ese niño de gafas al que llaman Satélite, guía turístico, empresario y líder en una era sin adultos, mientras funda una sociedad de huérfanos en la frontera entre Turquía e Irak, mientras trae el progreso a aquel campo de refugiados kurdos acorralados por las minas antipersonal plantadas por el régimen de Sadam Hussein, mientras traduce a los viejos del caserío ciertos pasajes de los borrosos noticieros de la CNN, se enamora de una niña malograda que responde al nombre de Agrin, y se enfrenta con un adolescente sin manos ni piernas, Hyenkov, que se ha convertido en una leyenda a fuerza de desactivar bombas con la boca. Resulta fascinante seguir a Satélite, digo, porque ninguna de las situaciones que atraviesa, ninguno de los pequeños dramas que enfrenta, aparecen en las primeras planas de los periódicos. Y si no fuera por esta gran producción, que avanza con la libertad de un documental y gira con el pulso de una ficción inspirada, seguiríamos hablando del "problema de las minas antipersona" o del "problema de los kurdos" con la irresponsabilidad con la que hablamos de cualquier noticia lejana.

Ver Las tortugas también vuelan es poner los pies en la tierra: ahí están, para que no podamos evitar la realidad, para que sintamos la tentación de quitar la mirada de la pantalla, ese bebé que tiene los días contados, ese cementerio de artefactos de guerra, esos recuerdos de la noche en la que se perdió la posibilidad de ser un ser humano. Ver Las tortugas también vuelan es, también, elevarse unos centímetros por encima del espanto: ahí está, para que enfrentemos los hechos, para que no nos atrevamos a huir de las imágenes brutales, la belleza de una mirada que no es otra cosa que la compasión puesta en escena.

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