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| 10/10/1988 12:00:00 AM

LAS VACAS GORDAS

Un novedoso tratamiento del paisaje en la reciente exposicion de María Cristina Cortés.

A la hora de hacer un balance de lo ocurrido en la plástica colombiana en la década de los 80, necesariamente hay que incluir el nombre de María Cristina Cortés como uno de los que mejor dividendo están dejando. Aunque está pintando desde los 60 se puede decir que su madurez artística le está llegando en esta época, como se puede apreciar en las obras que, desde el pasado 3 de septiembre, está mostrando en la Galería Garcés Velásquez de Bogotá.

Luego de experimentar con diversos materiales y técnicas, de hacer relieves en tela, María Cristina Cortés no sólo encontró su propia manera de pintar, sino que escogió al paisaje como su motivo. Se trata de inmensos potreros, de largos caminos rodeados de árboles, en 105 que siempre está presente un ambiente de humedad.
En varios de sus cuadros-más exactamente, en la mayoría de ellos-se pasean rebaños de de vacas de tierra fría. Según la crítica de arte Ana María Escallón "se trata de una artista que va por muy buen camino, aunque todavía le falta perfeccionar la técnica.
Por eso, sus cuadros tienen mejor de lejos que de cerca. Al verlos colgados, queda la impresión de que hay demasiadas vacas".

A medida que se recorren los cuadros de Maria Cristina Cortés se hace evidente que sus vacas son parte del paisaJe. Nunca están de frente, no dan la cara, van caminan lo o están reposando y sus siluetas forman parte del terreno en el que pacen. Como ella misma lo dijera a SEMANA, "las vacas comenzaron siendo una disculpa y se fueron convirtiendo en parte del paisaje". Un paisaje que también ha evolucionado, porque antes la artista recreaba los sitios visitados y se ayudaba con fotos y bocetos. Ahora, esos sitios provienen de su imaginación, no pinta un lugar determinado pero crea una atmósfera que es la de cualquier lugar de la Sabana.

Un punto clave en la obra de la Cortés es el del color. Obedece a una evolución de mucho tiempo, que la ha llevado a una abstracción muy bien lograda en la que el color ya no es un fiel reflejo de la naturaleza sino un elemento que le permite transmitir su propia concepción del paisaje. En este punto es interesante apreciar cómo esos tonos morados, violetas y ocres, que se mezclan entre si, aparecen en un todo armónico. Ese manejo permite que las vacas casi lleguen a confundirse con el paisaje. Las manchas de sus cuerpos, en muchas ocasiones se mezclan con los reflejos del agua empozada, con la luz que se cuela después del aguacero, y las convierte en una prolongación del terreno.

Ahora, sólo queda disfrutar de una fresca colaboración de la naturaleza que, a simple vista, puede parecer fácil, pero que ha llevado a limites novedosos el tratamiento del pasisaje, que en Colombia, a pesar de todo, sigue manejándose con cánones tradicionales por buena parte de los pintores. --
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