Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1998/04/06 00:00

LAVIGENCIA INAGOTABLE DEL PAISAJE

La exposición de Antonio Barrera: una lección póstuma de honestidad pictórica.

LAVIGENCIA INAGOTABLE DEL PAISAJE

Aunque hubo algunos artistas que ejecutaron uno que otro paisaje a lo largo del siglo XIX, este género pictórico sólo se consolidó en Colombia a partir de 1894 cuando Andrés de Santa María y Luis de Llanos crearon la cátedra correspondiente en la Escuela Nacional de Bellas Artes. A partir de ese momento la pintura de paisajes cobró un auge inusitado dando origen a La Escuela de la Sabana, grupo de artistas que hizo de la naturaleza adyacente su principal motivo pictórico y gracias a los cuales se produjo el primer cambio colectivo de valores en la historia del arte nacional. Después de ese auge que se extendió hasta las primeras décadas de este siglo, la pintura de paisajes desapareció casi por completo del panorama artístico del país, pudiendo catalogarse como la primera víctima de las escaramuzas modernistas de los artistas de los años 30 y 40 quienes, a pesar de continuar con una intención nacionalista en la temática, propugnaron por una sintonía estilística con movimientos de la vanguardia internacional. Sólo Gonzalo Ariza se mantendría fiel a la tradicional pintura de paisajes, y al rechazar conscientemente las ideas de ruptura y de progreso que primaron en los argumentos creativos a partir de ese momento, se constituiría en el primer artista antimoderno en la historia de la pintura colombiana. El único artista de valía de las generaciones que afloraron en el apogeo del modernismo colombiano y que continuó fiel a la pintura de paisajes, fue Antonio Barrera (1948-1990). Desde sus primeras exposiciones a mediados de los años 70 el artista hizo palmario que en su apreciación del arte no había temas vedados, y que comprendía que lo importante era el cómo estaban realizadas las pinturas y la posibilidad de transmitir sentimientos y emociones a través de evocaciones y colores. Sus primeras obras fueron bastante esquemáticas, casi abstractas, compuestas por dos franjas paralelas de tonos definidos que representan el cielo y la tierra, las cuales delimitaba con un horizonte luminoso, de atardecer. Unos años después su trabajo se volvería más descriptivo de la naturaleza, más detallado, aunque una espesa neblina y una perspectiva aérea, como de vuelo de pájaro, hace impreciso los contornos y le otorga ese aire ensoñador, nostálgico, que se convertiría en uno de los principales rasgos de su producción. El clima, la atmósfera, los aspectos efímeros e intangibles de la naturaleza, más que los accidentes de la tierra, se convertirían desde entonces en el principal objetivo de sus representaciones. Sus obras de los años 80 son más libres y arriesgadas, los empastes ganan consistencia y se hacen perceptibles los toques del pincel. El color, que hasta ese entonces había sido sosegado, se enriquece con rojos y amarillos fulgurantes, pero aunque la vegetación, las montañas, la erosión y los arados se hacen menos vagos, no pierden el carácter de añoranza. La actual exposición de algunos de sus últimos trabajos en Quinta Galería, constituye un excelente argumento en favor de la sinceridad y del talento como componentes de la originalidad, y permite confirmar que el singular atractivo de su obra se ha mantenido intacto después de la muerte prematura del artista y a pesar de la inminencia de la posmodernidad.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.