Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1998/09/21 00:00

LEER TIENE SU HISTORIA

En un libro ingenioso y lúdico el argentino Alberto Manguel rastrea el desarrollo del oficio de la lectura a través de la historia de la palabra escrita.

LEER TIENE SU HISTORIA

Qué fue primero: la lectura o la escritura? A partir de este enigma, que bien puede correr paralelo al del huevo y la gallina, el ensayista argentino Alberto Manguel se dio a la tarea dereunir en un solo volumen las diferentes maneras que ha tenido el hombre de acercarse al fenómeno de la lectura a través del tiempo, desde la aparición de las inscripciones más antiguas que hayan sido descubiertas y que datan de 4.000 años a. de C., hasta la realidad virtual de los hipertextos, acondicionados por las nuevas tecnologías computarizadas de finales del siglo XX. El resultado es un viaje alucinante, entretenido y sólidamente documentado que el autor bautizó con el nombre de Una historia de la lectura y que no pretende cosa distinta a la de llamar la atención sobre los sucesos y los protagonistas que han alimentado, consentido, mejorado y hasta trastornado el antiquísimo oficio de leer. Historias de literatura existen por toneladas, incluso cada día más ordenadas y especializadas. Otro tanto ocurre con las críticas y los ensayos alrededor de los escritores. Por el contrario, los libros dedicados a ese curioso usurpador de infidencias, confesiones y certezas llamado lector son más bien escasos, algo que no deja de causar curiosidad si se tiene en cuenta que los libros no tendrían la menor incidencia en la sociedad si no existieran lectores. Aunque parezca una perogrullada advertirlo, Manguel, él mismo un lector compulsivo hasta la enfermedad, no sólo lo hace sino que se encarga de reconocerle esa justa potestad que los constructores de la literatura tal vez han ignorado por sabida.
El lector de Borges
A diferencia de otros lectores empedernidos que heredaron el placer por los libros de sus propios padres y abuelos, Alberto Manguel creció en medio de la enorme biblioteca que su padre mandó levantar en su casa de Buenos Aires por puro capricho estético. Cortados al tamaño que la estantería sugería, todos uniformes en altura y color, los libros con los que se encontró de pequeño y que, por supuesto, su padre jamás leyó, muchas veces estaban mutilados arriba o abajo y en ocasiones eran textos que poco o nada tenían que ofrecer. Sin embargo, los había de sobra para adoptar el hábito de la lectura de la mano de los clásicos de piratas y corsarios. Así continuó hasta la adolescencia, cuando motivado por su extraña compulsión se rebuscó a los 16 años un curioso empleo en la librería angloalemana Pygmalión, donde su dueña, Lily Lebach, le puso por oficio pasarles diariamente el plumero a todos los libros exhibidos. La oportunidad estaba más que servida para que el diestro Manguel tomara prestados sin permiso algunos ejemplares de cuando en cuando sin que, una vez leídos, fuera capaz de devolverlos. La librería solía ser visitada por el sabio Jorge Luis Borges, quien en ese entonces ya había perdido la visión y, sin embargo, parecía conocer el sitio exacto de cada volumen, ayudado del servicial Alberto. Entonces sucedió el milagro. Un día Borges lo invitó a que pasara de tarde en tarde a su casa para que le cumpliera con el rito cotidiano de la lectura, un placer que el escritor simulaba haber perdido. La propuesta fue la revelación definitiva. Entre lectura y lectura Manguel no sólo se dio cuenta de las diferentes manías que llevan a un lector a sugerir un libro, un autor o una nacionalidad. También comprendió que a pesar de que él entonaba la voz, el que leía era Borges.Esta particular relación con el autor de El Aleph lo marcó para siempre y de pronto marcó el inicio de una investigación que acumuló varias décadas de lectura y logró culminar luego de cinco años de rigurosa dedicación. Convertido en ciudadano canadiense desde hace varios años, Manguel publicó primero su libro en inglés en 1996 y ahora ha llegado en castellano a las librerías colombianas con el sello de Alianza Editorial. La lectura y sus alrededoresDividido en capítulos más bien caprichosos en los que el autor, más que seguir un orden cronológico, se ve inspirado por diversas asociaciones en relación con el oficio de leer y sus circunstancias, el libro propone distintas aproximaciones al evento de la lectura. Una exclusivamente histórica que señala el inicio del arte de la escritura en libros, en la Mesopotamia del cuarto milenio antes de Cristo. Otra científica que intenta encontrar una explicación al fenómeno de la lectura en el cerebro humano. Otra que indaga sobre la historia de las bibliotecas y la evolución del libro según materiales y tamaños. Otra destinada a descubrir los diferentes modos de lectura a lo largo de los siglos, desde la primigenia lectura en voz alta hasta la lectura silenciosa que, según el autor, tiene sus orígenes hacia el siglo IV, cuando San Agustín, quien sería uno de los primeros en leer en silencio, reveló en sus Confesiones que un día había sorprendido a San Ambrosio leyendo para sí mismo sin musitar palabra. Otra aproximación está dedicada a las lecturas prohibidas y otras cuantas más a las diversas formas de lectura según la disposición del lector y según su oficio. La lectura del traductor, la del autor, el rito de la lectura visto por los grandes escritores, las posiciones éticas en torno al robo de libros. La aproximación del intelectual y de la masa, la del coleccionista de libros que no lee, la de los libros no leídos... en fin. Se trata de una lúcida amalgama de historias singulares cruzadas con divagaciones filosóficas y sicológicas, anécdotas y experiencias personales que Manguel utiliza a su antojo con el inequívoco fin de demostrar que, en última instancia, cada lector tiene derecho a proponer su propia historia de la lectura.De Plinio el Viejo a Petrarca; de Sócrates a Dante; de Colette a Walt Whitman; de San Agustín a Rilke; de Kafka a Borges, Manguel transporta al lector hacia los orígenes de un oficio que muchos han condenado a su desaparición en favor de la tecnología audiovisual, pero que todavía guarda aristas insospechadas para todo aquel que se dedique a mirarse a sí mismo en el espejo mágico de los libros.

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