Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/04/16 00:00

Letras prohibidas

Si es necesario el Marqués de Sade escribirá la verdad con una pluma mojada en su propia sangre. ****

Letras prohibidas

Direccion: Philip Kaufman
Actores:
Geoffrey Rush, Kate Winslet, Michael Caine, Joaquin Phoenix, Jane Menelaus, Amelia Warner, Stephen Marcus
Fox Searchlight



El Marques de Sade escribe en su pequeña celda. Sabe que sus historias, publicadas, distribuidas y devoradas a espaldas de las autoridades de la época subliman sus deseos frustrados, expulsan a los demonios que lo poseen, atacan los valores más sagrados de la sociedad y escandalizan, de puertas para afuera, a la aristocracia francesa de finales del siglo XVIII.

El Marqués se deshace en su prosa, se muere de la risa, se divierte. Tiene 60 años y vive en Charenton, un asilo para alienados mentales pero, encerrado en un cuarto de piedra, se empeña en crear, con un lenguaje preciso y desenfadado, monstruosas escenas pornográficas que todos leen y todos niegan conocer. Sabe que no hay nadie más interesado en el sexo que un buen puritano. Y que Francia es, en ese momento de la historia, la capital del puritanismo y del libertinaje. Y no es una contradicción: los dos gestos ocurren, generalmente, al mismo tiempo.

Escribe, dice, porque crear esos seres horrendos, en la ficción, lo ayuda a ser una buena persona en la realidad: más que un profeta, un genio o un inmoral, el Marqués es, pues, un ególatra. Quiere provocar. Quiere poner de rodillas a una religión que parte de una paradoja —una virgen que da a luz— y a una sociedad hipócrita que, con el pretexto de las buenas costumbres y la razón, pone en escena unas relaciones muy diferentes a las que ocurren tras bastidores. Pero quiere, sobre todo, ser libre. Decirlo y hacerlo todo.

El Marqués es, al final, un chivo expiatorio. Alain Verjat, el historiador, dice que la persecución de la cual fue víctima, en un tiempo en el que “las conductas licenciosas eran práctica corriente”, sólo se comprende cuando se descubre que su fiel y comprensiva esposa, Reneé Cordier, era la hija del peor enemigo del futuro canciller de Francia. Como eso, como un hombre maltratado, perseguido y elegido para expiar secretos, culpas y aberraciones, es presentado el Marqués en Letras prohibidas.

Philip Kaufman, el estupendo director de otros dos profundos alegatos contra la represión, La insoportable levedad del ser y Henry and June, pone en evidencia, a través de las figuras de Madeleine, la lavandera, y Coulmier, el abad, director del asilo, su fascinación por un hombre que, haya sido o no un buen poeta, les recordó a los artistas del mundo cuáles eran sus sangrientas búsquedas y propuso unos problemas —la trampa de la fidelidad, el infierno en la Tierra, la hipocresía social— que, según parece, jamas podrán resolverse.

Todo está bien: las maravillosas actuaciones de Geoffrey Rush, Kate Winslet, Joaquin Phoenix y Michael Caine, la atmósfera infernal del manicomio y la escena cuando el Marqués dicta a los dementes, celda por celda, su última escena pornográfica. En Letras prohibidas todo está bien. Salvo la duración, todo está bien.

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