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| 12/10/2015 3:17:00 PM

Librería Palinuro se va del centro de Medellín

Un grupo de ciudadanos se amarró a las estanterías de la librería para pedir que no la retiren el centro de la ciudad.

Hay librerías a las que se va para encontrar la última novedad, y la última novedad puede ser cualquier cosa: libros pusilánimes, novelas portentosas, manuales de autoayuda, objetos que tienen que ver con cualquier cosa menos con la literatura; hay otras donde es tan importante el libro como lo que pasa alrededor de lo leído: la charla, el café, la cerveza; en este segundo tipo, el librero es como un doctor: escucha, examina, diagnostica.

Palinuro, una modesta librería del centro de Medellín, es un buen ejemplo. El que asiste, digamos, un sábado a las 11 de la mañana, se encuentra a don Luis Alberto Arango, el librero —el librero— repartiendo doctrina —que si Stefan Zweig, que si Borges, que si Cernuda, que si Proust, que si Bolaño, que si Foster Wallace—, tomándose la cerveza del día, conversando con amigos pudorosos que muestran lo que escribe como si se tratara de una vergüenza o de un tesoro recién hecho.

Palinuro nació hace 13 años por el deseo de Elkin Obregón —caricaturista, lector, seleccionador de cuentos— y la alcahuetería de Sergio Valencia —el actor que era Tola o Maruja—, Héctor Abad Faciolince —escritor, columnista— y Luis Alberto. Palinuro fue el signo de un cambio que llegaría más tarde al centro de Medellín, que por el año 2002 aún era controlado por los paramilitares de las AUC. Palinuro —como sucedió antes con la librería Los libros de Juan, otra rareza— se va del centro porque ya es difícil vender un libro.

Luis Alberto venía diciendo a sus amigos, a sus clientes, que son una suerte de pacientes, que la librería estaba dando sólo para pagar las cuentas, pero después de la Fiesta del Libro de Medellín, que fue en febrero, las ventas se pusieron más difíciles. Pero hay más razones: “El centro ha perdido seguridad, a la gente le da susto venir porque de pronto la roban; está feo, ha perdido la belleza; y súmele que hay arreglos de alcantarillado por todos lados, por lo que venir es todo un lío”, dijo Luis.

La librería no se acaba, pasará al segundo piso de la librería Grammata —Calle 49B No. 75-33—, que para enero contará con un café y un salón para conversatorios y presentaciones. Sin embargo, lo que les duele a muchos es que el centro de Medellín está perdiendo su programación cultural y pequeños lugares empiezan a cerrar.

Como una protesta, los hijos de los dueños, un grupo de amigos, se encadenaron en la tarde de este jueves a las estanterías de la librería para pedir que no se vayan, que no dejen huérfano el centro. Sergio Restrepo, director del Teatro Pablo Tobón Uribe, dijo: “Es muy grave que un lugar como la librería Palinuro, que es un espacio cultural consolidado en la ciudad, abandone el centro, es necesario tomar medidas para que esto no pase”.

María del Rosario Escobar, secretaria de Cultura de Medellín, lamentó la decisión de los dueños de Palinuro y dijo que este ha sido el caso de “una actividad de consumo cultural, pues en otros nichos la situación es diferente: el Teatro Pablo Tobón tiene un incremento de público, y hoy el Matacandelas se está ampliando. Creo que hay que mirar cuáles son esas actividades de consumo cultural que están en crisis, pero sobre esto no hay investigaciones”.

El 15 de diciembre don Luis Alberto empezará a empacar sus libros: “Empezamos en Grammata a mediados de enero. Sí nos da mucha nostalgia irnos, pero la situación se volvió insostenible”.
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