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| 11/30/2013 12:00:00 AM

Dictador, caballo y amigo

La más reciente novela de Daniel Samper Pizano cuenta una historia de amistad con el trasfondo jocoso del primer año de gobierno del general Rojas Pinilla.

JOTA, CABALLO Y REY
Daniel Samper Pizano
Alfaguara, 2013
270 páginas

Nuestros escritores, qué bueno, siguen explotando la veta de la historia colombiana como tema literario. Esta vez, Daniel Samper Pizano, en su segunda novela, aborda nada menos que la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. O, para ser más precisos, el primer año de esa dictadura que, como suele olvidarse, comenzó en idilio. En efecto, el ‘Excelentísimo Teniente General’, frente a los desmanes del gobierno de Laureano Gómez, llegó al poder mediante un golpe de Estado promovido por los partidos Liberal y Conservador, y con el beneplácito del establecimiento.

A Rojas, los diarios El Tiempo y El Espectador –que terminaría censurando primero y luego cerrando– no sabían donde ponerlo y no faltó quien llegara a compararlo con el Libertador, sí, con el mismísimo Simón Bolívar.

Para complementar ese contexto de optimismo colectivo, los precios del café eran buenos, había paz, estaba en pleno apogeo el ciclista Ramón Hoyos y, la cereza del ponqué, teníamos a Triguero, el orgullo nacional, un caballo de carreras criollo que parecía imbatible. La fama de Triguero rivalizaba con la del Teniente General y eso no tenía cabida, el Excelentísimo no iba a ser menos que un animal. Sobre esta rivalidad, llevada al extremo, se inspira el autor. La novela histórica es el desarrollo de una hipótesis: lo que pudo haber ocurrido.

Dicen que la dictadura de Rojas no fue propiamente una dictadura sino una ‘dictablanda’. Que él era una persona campechana, con buenas intenciones, que terminaron torciendo unos asesores siniestros y recalcitrantes como Lucio Pabón y, por supuesto, la vanidad del poder a la cual ningún ser humano resulta inmune, una vez lo prueba. 

Cierta o no esa versión, es también la oportunidad del escritor. El Rojas de Jota, caballo y rey hace consejo de ministros en el río Sumapaz, con trago, queso salado y huesitos de marrano; saluda a las damas francesas en colombo-español –“Más ‘enchanté’ estoy yo, ‘madame’”– y va a los restaurantes populares donde, de incógnita, termina mezclado con los comensales echando chistes ¡contra el general Rojas!

Pero, además, es retratado en la intimidad, en sus pantuflas de cuero con alusiones al golpe de Estado, tiene a escondidas a un armadillo de mascota, padece a diario con el agua escasa en la ducha del palacio presidencial y los regaños de su esposa, doña Carola, que lo supera en sensatez y sentido práctico: “Gustavo, las uñas. Te dejé las tijeritas en la mesa de noche”. Socarrón o ingenuo, cae en los ardides de Sagrario, su hija ‘natural’, un personaje ficticio y, tal vez, la gran creación de esta novela: no es poca cosa ver a un hombre corromperse por iniciativa de su propia hija.

La trama de esta novela es impecable y mantiene la intriga hasta la frase final. El dueño del invencible Triguero es el ministro de trabajo Jorge Rovira Valenzuela, un representante a carta cabal de la oligarquía sabanera y amante de Sagrario, quien está empeñada en sacar del camino al único obstáculo que amenaza la popularidad de su padre. En contrapunto, la novela nos cuenta otra historia, no menos importante: la amistad entre Rafael, un muchacho de 13 años, hijo del veterinario de Triguero y Juancho, de 15, encargado de cuidarlo.

Pasión, poder, ambición y amistad. La época coincide con la infancia del autor: un toque personal y nostálgico que evita el estuco y el falso decorado, los peligros mayores en las novelas de época.

Buena trama, buenos personajes, lectura amena, como era de esperarse de un autor que antes de novelista fue un reconocido libretista de televisión. ¿Es suficiente? La novela es más que diversión, dirá alguien. Sin embargo, el final, inesperado, lleva la narración a un nivel dramático. Prevalecen la amistad, la novela de iniciación y la crítica moral. 

De cualquier manera, no sobra recordarlo: los dictadores latinoamericanos, por sanguinarios y crueles que hayan sido, nunca cambiaron el curso de la historia mundial, nunca inspiraron una metafísica del poder. A la larga, son personajes bufos, como el patriarca de García Márquez, síntesis de todos.
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