Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1988/10/03 00:00

LICENCIA PARA MATAR

Bob Woodward ataca de nuevo con "Las guerras secretas de la CIA", donde pone al descubierto todas las maniobras oscuras de la inteligencia gringa.

LICENCIA PARA MATAR

Al finalizar las 474 páginas del libro "Las guerras secretas de a la CIA", escrito por el periodista norteamericano Bob Woodward, el mismo de las investigaciones sobre el caso Watergate-en pareja con Carl Bernstein-y la corrupción del gobierno de Richard Nixon, la sensación que le queda al lector es que la Central de Inteligencia Americana es un nido de locos. Personajes como el coronel Oliver North abundan en las oficinas y jardines de la gigantesca construcción, que se alza en las afueras de Washington. Está claro que el fallecido director de la CIA, William J. Casey, era un hombre cruel, nacionalista exaltado, maniático de las represalias y obsesionado hasta la muerte con los enemigos naturales de su país, encabezados por el coronel Gadafi, el presidente Daniel Ortega y el ayatolah Khomeini. De acuerdo con el libro, la tercera guerra no ha estallado, al menos oficialmente, por simple suerte porque, si fuera por la CIA y funcionarios como Ronald Reagan, la contienda hace rato que hubiera destrozado este planeta.

"Las guerras secretas de la CIA", editado en castellano por Grijalbo, es un libro que puede leerse como una novela de espías, asesinos pagados, tramposos, ambiciosos, derechistas, terroristas, cazadores de recompensas, mercenarios y gentes de todos los oficios destructores y peligrosos.
Podría ser de John Le Carré, Ian Fleming, o Graham Greene, con la pequeña diferencia que lo convierte en una obra tan apasionante como "Los hombres del presidente", "Después de la caída", "Cazador de espias" o "Fidel, un retrato crítico": todos los personajes y circunstancias son verídicos, todos los hechos son verificables y al cerrar el libro, el lector queda asustado por la influencia nefasta que una agencia como ésta, que no respeta concepto alguno sobre la verdad, la libertad y la dignidad humana, ejerce sobre el presidente norteamericano. Esa influencia es especialmente notoria en el caso Reagan, ya que durante la administración de Jimmy Carter, éste, preocupado por lo que algunos siguen llamando derechos humanos, frenó en parte los ímpetus de esos elegantes, fríos y anónimos asesinos de la CIA, lanzados por el mundo como misiles ciegos. Al aparecer en Estados Unidos, este libro fue objeto de una agria controversia, especialmente por parte de la viuda de Casey, quien aseguró primero que Woodward no había hablado suficientemente con el agonizante marido, y después, que las declaraciones habían sido prácticamente arrancadas en su lecho de muerte. La verdad es que conociendo los métodos de investigación periodística usados por Woodward, lo que Casey le pudiera decir al final de su vida, era apenas una reconfirmación de datos recogidos en más de 250 entrevistas y miles de recortes y datos almacenados con la ayuda del Washington Post.
Para nadie es un secreto que en este libro, lo mismo que en los dos sobre Watergate, Woodward volvió a contar con un "Garganta profunda" que lo iba guiando por donde debía encaminar la investigación.

El libro gira alrededor de William J. Casey y sus seis años como director de la CIA, entre 1981 y 1987, y desmenuza, casi en cámara lenta, el que puede considerarse el mayor escándalo político, administrativo y militar de los últimos años: la venta de armas a Irán y la desviación de esos fondos para ayudar a los contras de Nicaragua, un escándalo que sigue vigente porque el juicio a North y otros implicados se mantiene abierto.

En 1971, uno de los políticos que más defendia a la CIA, el senador John C. Stennis, dijo: "Espiar es espiar... Deben hacerse a la idea de que vamos a disponer de un servicio de inteligencia y que lo vamos a proteger como tal, y cerrar un poco los ojos y prepararse a aceptar lo que venga".
Esas palabras parecen haber sido adoptadas por los superiores y empleados de la CIA, teniendo en cuenta todos los abusos, crímenes, atentados, atrocidades, robos y otros delitos, que en los años setenta fueron vigilados de cerca por una comisión especial del Congreso, pero que en los ochenta ya no tuvieron freno alguno porque desde la misma Casa Blanca se alentaba todo tipo de operaciones que, supuestamente, ayudara a defender la democracia norteamericana.
Eso se siente leyendo este libro y también se llega a una conclusión círlica y práctica: no todos los documentos oficiales por el simple hecho de tener un sello que diga "Secreto" deben ser preservados de la opinión pública.
Muchas veces, como se comprueba en estas aterradoras páginas, ese sello sólo sirve para que se cometan delitos con mayor impunidad y libertad.

Aquí están los personajes del drama, algunos ya desaparecidos: el director William J. Casey, amante de los filetes y costillas bien grandes y jugosos, maniático del trabajo y obsesionado con la información secreta y los complots para matar, como fuera, a los enemigos de su gobierno y su país; los directores adjuntos de la CIA Bobby R. Inman, John N. McMahon y Robert M. Gates; los directores adjuntos de operaciones Max C. Hugel, John H. Stein y Clair George el consejero general de la CIA Stanley Sporkin; los anteriores directores de la Agencia Richard M. Helms, Jameq R. Schlesinger, William E. Colby George Bush-actual candidato republicano a la presidencia-y Stansfield Turner; el presidente Reagan; los consejeros de seguridad nacional Richard Allen, William Clarh, Robert McFarlane, John M. Poindexter y Frank Carlucci; los ayudantes del presidente: James Baker, Edwin Meese, Michael Deaver y Donald T. Regan-ninguno ocupa cargo alguno en la Casa Blanca-, los secretarios de Estado Alexander M. Haig y George Shultz; los ayudantes para asuntos interamericanos Thomas Enders, Ans thony Motley y Elliot Abrams, el secretario de Defensa Caspar Weinberger, y los senadores que han investigado las actividades ilegales de la CIA-Barry Goldwater, David Durenberger, Daniel Moynihan y Patrick Leahy-, además del coronel Oliver North y otros funcionarios: todos estos personajes de una forma u otra, activa o pasivamente, directa o indirectamente, han tenido que ver con las acciones encubiertas de la CIA. Tomaron decisiones, dieron las órdenes para que Trípoli fuera salvajemente bombardeada, para que la isla de Granada fuera tomada a sangre y fuego, para que se atentara frustradamente contra numerosos líderes como Castro, Ortega, Gadafi y Khomeini. Propugnaron para que se recrudecieran numerosos conflictos en América, Asia y Africa, para que los espias se infiltraran en gobiernos amigos, para suministrar falsas informaciones a estrategas de otras naciones. Se equivocaron, cometieron sangrientos errores e hicieron de la Central un verdadero nido de locos sicarios elegantes y funcionarios obsesionados con la necesidad de destruir el comunismo en Centroaméria y el Caribe, a cualquier precio.

Con un estilo ameno y entretenido con todos los datps indispensables asistimos a los momentos más atroces, violentos, desesperados e histéricos de la política nacional e internacional de Estados Unidos, en esos seis años de dudas y equivocaciones, cuando el presidente firmaba ataques contra pequeñas naciones sin saber lo que estaba firmando. Eran los tiempos en que los funcionarios altos y pequeños se hacían la guerra, cuando la Casa Blanca estaba amarrada y el Congreso no hecía nada y sólo voces como la de Gary Hart y Edward Kennedy se atrevían a disentir. Si alguien quiere asustarse (ante la posible victoria republicana), basta que lea este libro de Bob Woodward. --

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