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| 8/29/2009 12:00:00 AM

Llano en blanco y negro

El piano, un instrumento inusual en el folclor llanero, marca el nuevo paso en la evolución del joropo. Detrás está el talento interpretativo de Laura Lambuley.

Tal vez sea ilusión, pero pareciera que estamos viviendo un renovado interés por el joropo y otros ritmos de los llanos colombo-venezolanos. Todo empezó a finales del año pasado, cuando le dieron un premio Grammy a Orlando 'Cholo' Valderrama. Luego, despuntando este año, el Ensamble Sinsonte fue escogido como la cuota de sabor local en el Festival Internacional de Música de Cartagena. Tanto fue el entusiasmo que, a la salida, le oí a uno de los asistentes una frase digna de la publicidad más atrapante: "El joropo puede ser el nuevo vallenato".

Pero, si el 'Cholo' representó el folclor puro y los muchachos de Sinsonte demostraron que ese folclor se puede evocar desde la modernidad, el panorama se completa con una tercera propuesta: la de ampliar sus posibilidades instrumentales trayendo a colación el piano. Y en ese punto entra en escena Laura Lambuley.

Perteneciente a una familia de trayectoria en la música tradicional colombiana, esta pianista irrumpe en el universo del joropo con un álbum en extremo original, llamado Llano en blanco y negro. No es fácil encasillarlo ni son tan detectables sus influencias: cuando el piano suena solo, se filtran evocaciones de Franz Liszt; cuando se suma el grupo (cuatro, bajo y maracas), tiene algo de jazz moderno. Lo que sí prevalece a lo largo del disco es un evidente amor por el repertorio. De otro modo no tendríamos ese equilibrio entre los arreglos cuidadosos y los "viajes", que es como llaman los músicos llaneros a los momentos de improvisación.

El ejercicio nació como tesis de grado de Laura. La idea era presentar, desde el piano clásico, una aproximación a una región de Colombia. Escogió los Llanos Orientales y se puso a trabajar en una serie de transcripciones, pero pronto afloraron las dificultades: La música llanera es muy rápida, polirrítmica y de muchos efectos -me explica la pianista-, "pero encontré que la transcripción no era lo más difícil. Me di cuenta de que había elementos de la interpretación, como el 'feeling' o el viaje, que requieren de mucho más trabajo".

Laura se graduó (con honores, por cierto) y el ejercicio siguió evolucionando hasta convertirse en lenguaje propio: nadie más suena así en la actualidad. Por lo demás, el disco es fiel a lo que escuchamos en sus conciertos porque no recurrió al truco de grabar los instrumentos por separado. Ni siquiera se hizo en una cabina de grabación, sino en una sala bogotana que tiene un jardín trasero colmado de árboles y nidos. "Cada vez que un pájaro cantaba, nos tocaba parar y comenzar de nuevo".

Lo que sí alcanzó a colarse, por fortuna, fue uno de los géneros llaneros de improvisación por excelencia, que se llama pajarillo. La pieza, de 12 minutos de duración, puede ser la más interesante de todo el álbum. "Siento mucha libertad al tocarlo -dice Laura-. Puedo desarrollar una parte muy libre donde combino muchos recursos del piano clásico, virtuoso, ruidoso, colorístico, del jazz y del joropo".

Casi al final, contrastando con la energía que llevaba el álbum, suena un vals dulce llamado Laura. No quiero decir mucho porque me gustaría alentar a los lectores a que la escuchen. Si este mundo fuera justo, la pieza ya estaría en la conciencia colectiva de los melómanos, al lado de esa otra composición que ostenta el mismo título, la del estadounidense Johnny Mercer. Efectos del piano de Laura: primero nos reenamora del joropo. y luego, de su nombre.
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