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| 5/14/2011 12:00:00 AM

“Llegará mi época”

Cuando falleció, hace cien años, Gustav Mahler era un reconocido director, pero con el tiempo se convirtió en un compositor que llena escenarios y consagra orquestas.

El 18 de mayo de 1911 en Viena, ciudad que amaba y odiaba, víctima de una endocarditis bacteriana murió Gustav Mahler, de 51 años, famoso como director y no como compositor.

Sus últimos cuatro años fueron infelices. Tras una campaña antisemítica, renunció a la Ópera de la Corte vienesa; su hija Marie enfermó de difteria y escarlatina, y murió en 1907; días más tarde se hizo examinar y el médico sentenció: "No tiene muchos motivos para enorgullecerse de su corazón". Le recomendaron evitar deportes, esfuerzos físicos y reducir las tensiones. Ese año llegó a Nueva York como director.

En 1902 se casó con Alma Schindler (1879-1964), "la mujer más bella de Viena", que aspiraba a una carrera como compositora, pero accedió a convertirse en su sombra. Sin embargo, durante el verano de 1910 se rebeló e inició una relación con el arquitecto Walter Grophius, propenso a los amoríos con mujeres casadas y a buscar a los maridos para explicarles la situación, como efectivamente ocurrió.

Mahler se derrumbó, tomó el tren a Leyden, en Holanda, y se entrevistó con Sigmund Freud en un episodio sobre el cual han corrido ríos de tinta, cuando en realidad apenas hubo un amigable paseo de cuatro horas.

Tras el estreno en Múnich de su Sinfonía n.º 8 De los mil -una de las obras más ambiciosas de la historia, con ocho solistas, tres coros y una orquesta tan ampliada que fácilmente puede llegarse a la inverosímil cifra de 1.000 intérpretes-, vino la crisis en su última presentación, el 21 de febrero en Nueva York, el regreso precipitado a Viena y un funeral sin ceremonias, según sus instrucciones: "Que en la tumba solo figure mi nombre, Mahler, los que vengan sabrán que ahí estoy yo".

No era austriaco; nació el 7 de julio de 1860 en Kališt, que entonces formaba parte del Imperio austro-húngaro, en el seno de una familia judía. Bernhard, su padre, poseía una taberna, tenía intereses culturales y para ascender socialmente desposó a Marie Hermann, poco agraciada y coja de nacimiento, con quien tuvo un matrimonio infeliz y 14 hijos, de los cuales apenas cuatro llegaron a la edad adulta. Mahler fue el mayor de los sobrevivientes.

Su talento se reveló antes de los 2 años, cuando le regalaron un acordeón, luego su abuelo le envió el destartalado piano familiar y su padre lo patrocinó hasta que finalmente ingresó al Conservatorio de Viena, con 16 años.

Aspiraba a una carrera como pianista, pero desistió al ver a Nikolai Rubinstein tocar las 32 sonatas de Beethoven. Optó entonces por la dirección orquestal y la composición. Como director, tras un largo recorrido por teatros de toda índole, llegó a la dirección de la Ópera de la Corte y a la de la Filarmónica de Viena, la primera orquesta del mundo. Allí impuso que las obras se tocasen íntegramente y sin mutilaciones, como era costumbre.

Implacable consigo mismo, destruyó su música de juventud y dejó para la posteridad el conjunto de sus nueve sinfonías, la Canción de la tierra y sus Lieder. Salvo un par de excepciones, en su legado no hay música de cámara ni ópera.

Su obra lleva el sello de quien buscaba a través de la música la "solución espiritual a sus problemas personales", revela las características de su temperamento en los límites de la depresión y, sobre todo, su condición de judío en un mundo donde serlo era un estigma: "Soy un hombre sin hogar por triplicado: bohemio en Austria, austríaco en Alemania y judío en todo el mundo… intruso en todas partes y nunca bienvenido".

Tras su muerte, raramente era interpretado, hasta que Leonard Bernstein reveló en los años sesenta su música al mundo: al principio fue vista como algo provocador y luego se convirtió en el mejor 'gancho de taquilla' y el mejor vehículo para consagrar orquestas y directores, con lo cual se hizo realidad su frase profética: "Llegará mi época".
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