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| 3/9/1987 12:00:00 AM

LLEGO LA CUCHILLA

Colcultura se recorta, las protestas se multiplican y la cultura retrocede

Hacía mucho tiempo no se hablaba tanto de Colcultura.
La primera razón era la interinidad de un trimestre en la dirección de ese Instituto, que quedó congelado desde el comienzo del gobierno Barco. Y, en segundo término, a que el país sólo debate "la cosa cultural" cuando surge una polémica, se atraviesa un Nobel, se pierde una reliquia histórica o cuando, en fin, la actualidad da alguna señal de escándalo.
Y en esta oportunidad hubo de todo: declaraciones ruidosas, políticas controvertidas, reacciones airadas, anuncios de debates en el Senado, reuniones gremiales, marchas de protesta, comunicados conjuntos y hasta editoriales de prensa. Este incendio de polémica comenzó cuando el director de Colcultura, Carlos Valencia Goelkel, abrió por primera vez la boca, tras tres meses de su posesión, en una rueda de prensa a la que llegaron periodistas ávidos y artistas avisados para saber, por fin, hacia dónde marcharía la cultura en el cuatrienio.
Si el silencio de meses de Valencia Goelkel había inquietado -e incluso mortificado- a muchos, sus declaraciones del miércoles 21 de enero causaron poco menos que estupor (o mucho más que estupor en algunas personas), porque con ellas definía lo que el gobierno piensa sobre la cultura a través del Instituto clave en la materia: se acaba el coro, se acaba el Centro de Restauración, se acaba la Escuela de Arte Dramático, se acaba la División de Festivales y Folclor se acaba la ópera. Y, todo ese acabase, cobijado por una filosofía general: el gobierno es promotor pero no empresario o, en otras palabras, la cultura no es asunto de gobierno, sino de sector privado. Que la haga el que le provoque.
La radicalidad de las políticas de Valencia Goelkel (quien había iniciado la rueda de prensa diciendo que "no habrán nuevas políticas"), desató de inmediato una reacción cantada de los 60 miembros del coro de Colcultura que ya sabían la decisión de echarlos y se formaron frente al Teatro Colón, sede de la rueda de prensa, para entonar esa especie de canto del cisne.
Después la controversia fue mayor. Fue donde aparecieron los editoriales de prensa que hicieron un alto a las referencias al narcotráfico y declararon la excepción anual de la regla (un editorial sobre la cultura cada año, como para lavar conciencias) y después de eso vinieron las reuniones gremiales y en seguida llegaron los mimos, los teatreros, los músicos, los pintores, los folcloristas y muchos poetas, que desfilaron por las calles de Bogotá para gritar su indignación por tanto atropello junto.
Para algunos, esas manifestaciones coloridas y vociferantes y esas declaraciones rabiosas, eran apenas proporcionadas al tamaño de la ofensa. Para muchos otros, como para el editorialista de El Tiempo, el nuevo rumbo es nada menos que un radical reversazo, casi una vuelta al punto de partida de 1968 cuando se creó Colcultura. En un estilo risueño y con una ironía despiadada, el editorial dio una estocada final al proponer el nuevo lema del Instituto: "Nos falta poco por deshacer y lo estamos deshaciendo ".
Con ese nuevo lema, que va en contravía del que posicionó en sus ocho años de dirección de Colcultura, estaba de acuerdo Gloria Zea, quien dio las declaraciones más categóricas -y más argumentadas- en medio de la tormenta. "Es una masacre", dijo, mientras que el nuevo director declaro a SEMANA que no estaba dispuesto a entrar en polémicas, "porque aquí lo único que estoy haciendo es trabajar y repartir mejor los presupuestos".
Aunque el criterio de fondo en el cambio de política es lo más diciente, el dinero también entró en la discusión, en argumento expuesto por Valencia Goelkel para anunciar el desmonte de aquellas entidades y divisiones. "No hay plata", dijo. "Nunca ha habido plata para la cultura y por eso hay que ingeniárselas para conseguirla. Ese es el principal deber de un director del Instituto", expresó Gloria Zea a SEMANA, desde su posición de veterana en muchas luchas pro-presupuestos esquivos, que consiguió en su gestión a través de la creación de cuatro fundaciones para poder atraer el favor de filántropos y empresarios en general.
Pero a la luz de las cifras, el problema no es de dinero. Es de centavos. El presupuesto de Colcultura para 1987 es de 1.137 millones de pesos, que representan apenas el 0.7 por ciento de los 158 mil 660 millones de pesos que tiene el Ministerio de Educación. Como dijo a esta revista un observador de la controversia, "es tan poquito eso que todo se arreglaría si los congresistas mandan menos telegramas cada año".
Pero el desmonte de instituciones como el Centro de Restauración, la Escuela de Arte Dramático y el coro, no economiza dinero, pero sí deja a Colcultura completamente inútil, era la voz más común en los comentarios sobre el revolcón en ese organismo.
"La idea desde luego, no es acabar con Colcultura", declaró Valencia Goelkel a esta revista. "El desmonte de esas organizaciones, deja al Instituto desmembrado, con las únicas funciones de administrar el Museo Nacional y el de Santa Fe de Antioquia, el Archivo Nacional, la biblioteca y los parques arqueológicos" opinó un ex directivo del Instituto de la pasada administración.
"De todo el acabóse, lo más criminal es el Centro de Restauración. ¡Con todo el esfuerzo que costó!", se lamentó Gloria Zea al recordar que desde 1970, a través de convenios con Italia, se fue montando este organismo, considerado unánimemente como un ejemplo de profesionalismo, de seriedad y de efectividad en la función de recuperarle al país la historia perdida por el tiempo, por el descuido y por el deterioro.
La idea de Valencia Goelkel sobre esta institución es que pase a manos privadas. A finales de la semana parecía que el rumbo del Centro de Restauración era la Universidad Javeriana, "con lo cual queda a disposición de una élite, que se encargará de explotarlo económicamente como le convenga y para ello están en pleno derecho", comentó un ex funcionario.
"Es que, insisto, eso es labor del gobierno. Es el gobierno el que debe promover, patrocinar, respaldar y alentar la cultura. Fíjese que si Colcultura da la sensación de postración, no habrá empresa privada que se le mida a respaldar nada", argumemtó Gloria Zea. La tesis tiene respaldo en un hecho concreto: cada vez el gobierno quiere ser remplazado en más áreas por el sector privado y a los empresarios ya no les resulta negocio el mecenazgo: antes las exenciones tributarias por donaciones culturales eran del 43 por ciento y ahora son de 20 por ciento.
UN CAPRICHO MAS...
El teciente sobresalto en Colcultura, sin embargo, es tomado por muchos observadores como el que siempre se da cuando llega una nueva administración. Es uno más en la larga historia de tortura a la que está sometido ese Instituto, al que cada director que llega le cambia la cara y borra de un plumazo todo lo que ha hecho los anteriores.
"No hay continuidad ni hay dinero, porque en el fondo lo que existe es un profundo desprecio por la cultura" dijo un intelectual para definir las contigencias por las que ha pasado Colcultura desde su creación: Jorge Rojas cogió la criatura en sus manos y le dio el aliento inicial a su manera, regido por la estructura diseñada por Carlos Lleras. Después vinieron la ocho años de Gloria Zea, donde encontró el cuello de botella del presupuesto y se defendió a punta de dineros que iban a las fundaciones que creó para respaldar la acción del Instituto. El gobierno Betancur abrió plaza con Olga Lucía Mera que, de una vez, acabó con dos de las fundaciones creadas por la anterior directora y dejó mal heridas a las otras dos. Posteriormente llegó Amparo Carvajal de Sinisterra quien le dio énfasis a las Juntas Regionales y ahora está Carlos Valencia, quien ascendió a la dirección precedido de su fama de empresario, por la cual se pensaba que habría nuevos caminos para conseguir financiación, pero lo que ha hecho es firmar la partida de defunción de organismos que venían funcionando.
Todo, pues, apunta a que Colcultura ha operado al ritmo de los caprichos personales de los directores o de las ideas nebulosas de los gobernantes de turno, pero no hay una política coherente y duradera. Aunque eso es cierto -declaró a SEMANA un observador-, hay que decir entonces que los mejores y más útiles caprichos han sido los de Gloria Zea, quien es la que mejor ha entendido hacia dónde debe marchar el gobierno en materia cultural".
Al término de la semana pasada, la polémica no había disminuído. Ya se habían producido algunas medidas como consecuencia de los anuncios del director de Colcultura, aunque la tormenta había servido para que la junta de ese organismo, presidida por la ministra de Educación, reconsiderara la suspensión de la ópera: Sí habrá temporada este año. "Pero eso es una contradicción porque se eliminaron el coro y feriaron todo lo de Asartes (escenografía, luminotecnia, etc.), ¿con qué elementos van a hacerla?", se preguntó un observador.
Esa respuesta todavía no estaba dada. Y aunque muchas palabras categóricas habían sido empleadas por el director Valencia Goelkel para anunciar la suspensión de planes, en muchas personas existía la esperanza de que desatada la polémica, escuchados los elementos de juicio, oídas las protestas, el gobierno resuelva sacar la reversa que se le puso a Colcultura y el Instituto siga caminando hacia adelante, así sea a paso lento.-
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