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| 10/2/2005 12:00:00 AM

Llevados por el deseo

Rubem Fonseca regresa a sus viejas obsesiones: el sexo, el crimen y el cuestionamiento de la novela negra.

Diario de un libertino
Rubem Fonseca
Norma, 2005
191 páginas

En el fondo, todo artista tiende a repetirse. El escritor escribe el mismo libro; el pintor pinta el mismo cuadro. Obra pequeña o vasta, no importa: no hay nada realmente nuevo, lo que hace no son más que variaciones alrededor de un tema. Porque el artista -verdadero, se entiende- morirá con la incertidumbre de no haber conseguido expresar lo que quería. Por eso no sorprende que Rubem Fonseca -un escritor que no obedece a las necesidades del mercado sino a sus propias obsesiones- en su última novela vuelva a insistir en una propuesta que sus fieles lectores ya conocen: hombres acosados por la ley que encuentran en el sexo y la imaginación la única vía de escape.

Rufus, el protagonista de Diario de un libertino (en portugués Diario de un frescenio, esta última palabra un latinismo que se refiere a lo obsceno, lo licencioso y a la poesía erótica que dominaban los habitantes de Frescenia, comarca de la antigua Roma) es un escritor que tuvo mucho éxito con su primer libro y ninguna repercusión con sus siguientes cuatro. Recuperar un poco su prestigio y su público es lo que lo impulsa a escribir el diario que transcurrirá en un año: del primero de enero al 31 de diciembre. Según sus palabras, un diario no a la manera de Samuel Pepys y de Virginia Woolf -quienes escribieron para la posteridad-, sino para ser leído por sus contemporáneos. Este ejercicio le permitirá expresarse de manera libre y desordenada y también ejercitarse en el que dice ser su verdadero propósito: escribir un Bildungsroman o novela de iniciación.

Pero el diario resultará bastante atípico. Aunque recoge impresiones del día a día y abundan las reflexiones, como corresponde a ese género, muy pronto Rufus -y con él el lector- se verá envuelto en aventuras con otros personajes; en crímenes e intrigas; en misterios y resoluciones del misterio. Es decir, en una verdadera novela negra. Resulta clara la intención de Fonseca de hacer un diario transgrediendo las leyes del género. Y no sólo por lo dicho -el predominio de la acción sobre la mirada intimista-, sino por la permanente utilización de diálogos veloces: "Confieso que, al realizar esta tarea, pretendo ejercitarme en la técnica de escribir en forma dialogada". Bajo la apariencia de un diario, esta obra esconde una forma novelesca que se cuestiona a sí misma desde la perspectiva de otros géneros. No se trata de un diario en estricto rigor; tampoco de una novela convencional y ni siquiera de un Bildungsroman ("Bildungsroman: qué cosa más estúpida", dirá Rufus hacia el final). Es, simplemente, una novela que, como todas las novelas dignas de ese nombre, pone en duda sus propias leyes y explora otros caminos. En los temas un escritor puede repetirse, en la forma, nunca: sería tan patético como repetir un chiste que gustó.

Rufus tiene una amante alta y flaca, Henriette, quien le presenta a su amiga Lucía, una actriz de teatro. De inmediato, llevado por "la logística exasperante de la aventura amorosa", se enamora de Lucía. Entonces, termina con Henriette y empieza a salir con Lucía. Al mes, volverá a ser el amante de Henriette, en forma clandestina. Sin embargo, la mera infidelidad sería para Rufus un asunto demasiado común y vulgar. Él no es un simple machista: es un libertino. Muy pronto, aparece Clorinda, una joven admiradora de su obra quien le pide que investigue si su hermana mayor, Virna, es en realidad su madre. Por supuesto, Rufus se enredará con ambas?

El esquema es parecido al de otras obras de Fonseca: un hombre desea a la vez a varias mujeres y trata de resolver el insoluble problema del deseo. Sabe que su conducta es inmoral y mal vista socialmente. Pero no pretende polemizar ni ser entendido: sólo promete vivir a fondo y sin hipocresía su drama, tratando de entenderlo para sí mismo. Gesualdo Bufalino en El Malpensante -el original- lo expresó muy bien: "No veo por qué sea legítimo amar juntos a Cimarosa, Bach y Stravinsky, y blasfemo amar a un tiempo a Carolina, Claudia y María".
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