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| 12/18/2010 12:00:00 AM

Lo que dejó el Bicentenario

La celebración de los 200 años de la Independencia fue prolífica. Incluyó series de televisión, exposiciones y restauración de monumentos. Todos con un marcado aire de inclusión. ¿Qué queda después de la euforia?

Hubo un momento, justo antes del 20 de julio de este año, en el que todos los eventos culturales del país parecían ser parte de la celebración por el Bicentenario de la Independencia. Desde festivales de cine que se preguntaban por la identidad nacional hasta programas de televisión, como el del Profesor Súper O, antes dedicado a los errores idiomáticos y ahora histórico. Había también actores vestidos de próceres en las estaciones de TransMilenio, recorridos por la ruta comunera y megaproyectos de restauración urbana. ¿Qué quedó de esa cascada de festejos? ¿Cuáles fueron perdurables y cuáles flor de un día?

La fiesta oficial

Solo el Ministerio de Cultura contó con 30 proyectos dirigidos a hacer un Bicentenario plural, tanto que no se habló de una, sino de varias independencias. "En esencia, la conmemoración que hemos construido partió por plantear que nuestro futuro no encuentra otra posibilidad que su despliegue en la libertad, la diversidad, la inclusión y la pluralidad en la memoria y en la creación", se lee en el programa del Ministerio. Sin duda, se trató de una línea opuesta a la trazada en 1910, cuando las celebraciones del Centenario tuvieron un marcado carácter excluyente hacia las minorías y los sectores populares.

El proyecto especial y a largo plazo del Ministerio fueron los Centros Municipales de Memoria: espacios colectivos extendidos por el territorio nacional en los que las comunidades reconstruyen y difunden su pasado a partir de narrativas, tertulias y archivos fotográficos. La meta para finales de 2010 era haber sentado las bases de los 32 centros. Algunos, como el de Aguadas (Caldas), Cereté (Córdoba) y San Basilio de Palenque (Bolívar), empezaron a funcionar desde el primer semestre del año. En Cereté, por ejemplo, la población escogió el canal del Bugre, un brazo del río Sinú, como símbolo de su registro histórico. En San Basilio, el grupo de memoria quiso recordar el papel de los cimarrones en la Independencia, y en Ocaña (Santander) y San Andrés prepararon exposiciones itinerantes de fotografía. En la capital se espera que comience la construcción del edificio donde funcionará el Centro de Memoria de Bogotá, en predios que eran del Cementerio Central.

La construcción y restauración del patrimonio arquitectónico fue otro de los proyectos del Ministerio de Cultura. Aunque en julio se anunció que la primera fase de las obras sería entregada en diciembre, espacios como la Plaza de San Nicolás, en Barranquilla, siguen en obra. Para la recuperación del centro histórico de esa ciudad la inversión asciende a 85.000 millones de pesos. Tampoco se ha entregado el Centro Bicentenario de Socorro (Santander), que, según se afirmó a comienzos de año, se haría en tres fases. El que sí cumplió con las fechas establecidas fue el Domomuseo Bicentenario en la Biblioteca Jorge Garcés Borrero, de Cali, una construcción de 1.270 metros cuadrados para la que se invirtieron cerca de 1.800 millones de pesos. Por último, está un proyecto de gran magnitud todavía en obra negra: el parque que cubrirá en Bogotá la troncal de la 26 entre las carreras Quinta y Séptima, obra del arquitecto Giancarlo Mazzanti. Su suerte está atada a la de las cuestionadas obras de la Fase III de TransMilenio.

Junto a estos dos, el Ministerio diseñó un Banco de Partituras del Bicentenario, la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana y la Biblioteca de los Pueblos Indígenas, la serie documental Viajes a la memoria, huellas de una nación y el programa de radio Independencias al aire. En ella, ciudadanos comunes reconstruyen 25 de esos relatos que, pese a que se transmiten de generación en generación, rara vez tienen lugar en enciclopedias o libros de historia.

El Ministerio de Educación, por su parte, creó un solo y ambicioso proyecto. Historia hoy: aprendiendo con el Bicentenario de la Independencia, un programa que contó con varias etapas y que se propuso ofrecer a profesores y alumnos herramientas para la investigación histórica no académica. El pasado no solo viene en textos escolares, también la tradición oral, por nombrar una, es una forma de reconstruirlo. En la primera etapa más de 15.000 estudiantes enviaron preguntas sobre la Independencia. De allí salió la cartilla 200 años, 200 preguntas. Luego, los niños contestaron las preguntas y finalmente hubo una socialización. El Ministerio envió a 14.000 instituciones educativas la Colección Bicentenario, un paquete con 13 libros, dos cartillas, seis DVD, afiches y un atlas histórico.

Otros formatos

De lo que deja el Bicentenario hay que destacar la exposición Las historias de un grito, que todavía se puede visitar en el Museo Nacional. Con humor, los curadores de esta muestra ponen en evidencia la exclusión que ha marcado los 200 años de vida republicana en Colombia. A punta de fina sátira y recurriendo a todo tipo de recursos (obras de arte, instalaciones, escenas de programas de televisión), los curadores de esta muestra ponen en evidencia los extremos a los que ha llegado el nacionalismo en el país, al tiempo que satirizan el constante afán de algunos colombianos por lograr privilegios y reconocimiento social.

También la Biblioteca Nacional y el Banco de la República hicieron exposiciones. Ambas sobre el papel que desempeñaron los discursos, legitimados y no legitimados, en el siglo XIX. La primera, Impresiones de la independencia: proclamas, bandos y papeles sueltos, curada por Carlos Betancourt, dio cuenta de cómo las publicaciones colaboraron a la polarización de la opinión pública. La segunda, Palabras que nos cambiaron: lenguaje y poder en la Independencia, bajo la curaduría de Margarita Garrido, fue un recorrido por las formas de pensar y hablar durante la época independentista.

En televisión sobresale la telenovela La Pola, que logró -más allá de las críticas sobre las libertades que se tomaron los guionistas- llevar al horario triple A problemas que, como el afán de los criollos de lograr privilegios, estuvieron en el centro de la independencia y que todavía están vigentes.

Desentonaron

De todo lo que se hizo, dos iniciativas no colmaron las expectativas que generaron. La primera, la obra de teatro Bolívar, fragmentos de un sueño, una coproducción del Ministerio de Cultura y el Teatro Malandro. Dirigida y protagonizada por Ómar Porras, fue, según la crítica, un desafortunado intento de contar la historia del Libertador apoyándose en recursos experimentales sin ton ni son. Y la segunda, el excesivo acento que tuvieron la música y los conciertos. En un costoso despliegue, cantantes famosos fueron los protagonistas de la celebración del 20 de julio, en un esfuerzo cuya trascendencia no es evidente. Se llegó al punto de componer un tema oficial del Bicentenario, Vamo' a celebrar, que pasó inadvertido y no sonó más que en eventos oficiales.

En suma, mientras en 1910 los festejos del Centenario buscaban mostrar que Colombia iba en la senda correcta: la del progreso, aunque era un camino pensado para unos pocos, 100 años después, con formatos y escenarios diversos, la celebración del Bicentenario quiso invitar a los que hace un siglo fueron excluidos a construir, de nuevo, el pasado. Hecha esta tarea, vendrá la de construir un futuro que se aleje, ahora sí, de los vicios que sobrevivieron a la independencia. La idea es que este propósito no termine sepultado, como le ocurrió al Parque del Centenario.
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