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| 1/16/2016 10:00:00 PM

¿Qué leen los negociadores de la paz?

A propósito de la próxima edición del Hay Festival, donde participarán Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, SEMANA averiguó qué leen los negociadores de las Farc y del gobierno en La Habana.

Desde octubre de 2012, el futuro del país está en manos de dos delegaciones que negocian a kilómetros del resto de colombianos. El celo mediático que ambas partes mantienen ha hecho difícil conocer apartes de su vida en Cuba. Sus días transcurren entre reuniones con sus equipos de trabajo, diálogos con la contraparte, y ruedas de prensa donde solo se abordan temas oficiales. Sin embargo, fuera de ese ajetreo, dedican gran parte del tiempo a leer.

Para la mayoría, la televisión y los medios hace mucho dejaron de estar en sus agendas. Humberto de la Calle, jefe negociador del gobierno, marcó la tendencia: prescindió por completo de la pantalla chica cuando comenzaron los diálogos, y desde entonces cena y luego lee. Lo último que hace en el día es disfrutar los poemas de Tomás González o los de Jorge Luis Borges. Pero no tiene un solo género u autor preferido. Actualmente, se dedica a leer La Oculta, de Héctor Abad Faciolince, una novela que cuenta la historia de una región por medio de una finca, y Adiós a los próceres, de Pablo Montoya, el colombiano que ganó el Premio Rómulo Gallegos en 2015.

De la Calle le hace honor al refrán que dice “en la variedad está el placer”: “Además de poesía, novela, biografías y lo que leería un negociador –obras sobre el conflicto armado, su historia y sus intentos de resolución–, ahora me dio por meterme con la ciencia. Estoy leyendo sobre el cerebro y las células madre”. Stephen Hawking, que cada vez deslumbra más al mundo con sus descubrimientos, hace parte de dicha exploración.

A diferencia de De la Calle, Pablo Catatumbo, que ingresó al equipo negociador de las Farc meses después de haber comenzado el proceso de paz, tiene claro hoy su género predilecto: “Si a estas alturas me preguntan de todos los géneros con cuál me quedo escogería las biografías y la novela histórica”. Empezó a devorar libros luego de entrar a la guerrilla en 1973 porque, según él, la lectura atenuaba la hostilidad de la vida insurgente. No obstante, recuerda con nostalgia la pasión que tuvo en su adolescencia por las novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía (autor de más de 2.000 historias), que en más de una ocasión lo llevó a ‘capar’ clase.

De joven, por el mundo de la izquierda en el que se movía, reemplazó los vaqueros por manuales de materialismo histórico, dialéctica y economía política que, aunque nunca dejó atrás, complementó con su afición por las novelas de espionaje, especialmente las de John Le Carré y Gilles Perrault, autor del clásico del espionaje soviético La orquesta roja. En La Habana se ocupó de biografías sobre Franklin Delano Roosevelt y Rafael Uribe Uribe. Y de una joya rara que encontró en una vieja librería: La correspondencia secreta de Stalin con Churchill, Attlee, Roosevelt y Truman.

Pero hay algo particular en la relación de este jefe guerrillero con la literatura, dos gustos que, en sus palabras, huelen a herejía: las revistas ligeras y Mario Vargas Llosa, el nobel de Literatura de posturas claramente contrarias a la suya. “Es cierto que es de derecha, pero si uno analiza su obra en ella encuentra aproximaciones a nuestra realidad cargadas de mucho realismo. Dos ejemplos contundentes son ‘La fiesta del chivo’ y ‘La guerra del fin del mundo’”, dice. Las revistas de farándula, su otro pecado, le parecen muy reveladoras para conocer el mundo de la frivolidad que convive con la convulsionada realidad social de estos tiempos.

Los negociadores leen en momentos diversos. Sergio Jaramillo no puede conciliar el sueño sin leer. El estratega de la delegación del gobierno es un erudito de las lenguas. Estudió filología, disciplina que traduce ‘amor por las palabras’, y cuenta que hasta hace unos años hablaba seis idiomas además del español: inglés, francés, alemán, italiano, ruso y griego: “Ya un par me dejaron, por eso intento leer al menos dos páginas en griego al día para no perderlo”.

Aunque casi todo lo que lee tiene relación con el proceso de paz, recientemente leyó La caída del Imperio romano, de Peter Heather. De joven devoró casi toda la obra de Robert Musil, Robert Walser y Franz Kafka, y hace poco terminó la biografía del Che (Che Guevara: una vida revolucionaria), que eligió “porque me mostró el aire que se respiraba en otra época y que emborrachó a mucha gente, pero que a mí no me tocó. Además, su autor, Jon Lee Anderson, es amigo mío”.

El último libro que Jesús Santrich (cuyo nombre de pila es Seusis Pausivas Hernández), encargado de las comunicaciones de la organización, pudo ver y leer, en el sentido estricto de la palabra, fue Los Grundrisse o Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, una recopilación de anotaciones de Marx. Su trasegar por la guerra le dejó una enfermedad degenerativa en los ojos y los médicos le anticiparon que perdería la visión. Desde hace unos años lee en braille, pero prefiere los audiolibros o, en el mejor de los casos, que alguno de sus compañeros le lea. Iván Márquez, jefe negociador de las Farc, quien se abstuvo de participar de este artículo, le ayuda.

Santrich, un sucreño que estudió derecho y ciencias sociales en la Universidad del Atlántico y fue personero de Colosó, su pueblo, ha escrito libros. En 2008 publicó Cuentos breves y diez relatos tayronas, una recopilación de narraciones de los pueblos indígenas que viven en la Sierra Nevada. Y aunque advierte que su labor solo consistió en darle un hilo conductor a esas creaciones orales, cuando escribe ensayos y cuentos se inspira en José María Arguedas, un gran representante de la narrativa indigenista del Perú: “De él, digo con orgullo, aprendí a valorar nuestra identidad raizal amerindiana. Sin duda, leerlos me motivó a aventurarme a escribir y a comprometerme con la causa de nuestra América”.

La paz y la guerra son una constante en las lecturas de todos –guerrilleros y delegados del gobierno–, principalmente para evitar errores de negociaciones pasadas y aprender de casos internacionales. De ahí viene la fe que tiene Catatumbo en la lectura como catalizador de la paz: “La ignorancia ha sido uno de los bastiones sobre los que se construyó el escenario de la guerra en Colombia”.

El descontento con la realidad, propio de su vocación nadaísta, hizo que, en parte, De la Calle quisiera participar en estos diálogos: “En La Habana nos mueve un deseo de cambio. No solo buscamos el silencio de los fusiles sino la oportunidad de lograr transformaciones importantes”. Desde su adolescencia en Manizales adhirió al nadaísmo, que un día lo llevó a quemar varios ejemplares de un diario regional con posturas de derecha en plena vía pública. Aprovechando sus dotes de orador, en esas épocas leía en voz alta obras de John Steinbeck, Albert Camus, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez en las tertulias que hacía con el círculo intelectual Las 13 Pipas, que fundó con varios amigos.

Gabo, indiscutiblemente, es el único autor presente en la lista de los favoritos de todos. En una época se rumoró que el nobel colombiano había hecho llegar una edición especial de Cien años de soledad a Alfonso Cano, abatido en 2011, y se sabe que ambos compartieron tiempo en México durante los diálogos de paz de Tlaxcala. Pastor Alape, por ejemplo, que llegó al secretariado de las Farc después de muerto Tirofijo, encuentra un parangón entre la obra magna de Gabo y los diálogos de La Habana: “Aunque no podría hacer una comparación idéntica, ‘Cien años de soledad’ me parece lo más cercano”.

Alape, quien reparte su tiempo de lectura entre la narrativa, los ensayos políticos y la poesía, creció en Honda, el mismo pueblo del general (r) Rafael Colón, el líder del proyecto piloto de desminado en El Orejón, con el que durante su visita a esta vereda compartió tres poemas de Borges. En sus horas libres también leyó Música de cañerías, del provocador Charles Bukowski. Si la paz se firma, al igual que Santrich, leería de nuevo Ulises, de James Joyce, para comprender en su totalidad el paralelo literario que el autor hace entre Ítaca y Dublín. Catatumbo preferiría instruirse sobre proyectos productivos para “echar a andar posibilidades de desarrollo agrario que solucionen, de una vez por todas, la exclusión que han sufrido los campesinos”.

Jorge Luis Borges, señalado de alabar las dictaduras argentinas y de apoyar los levantamientos contra el peronismo, es uno de los autores del boom latinoamericano que no deja de sorprender a Félix Antonio Muñoz, el verdadero nombre de Alape. Para él, “en la literatura y en el arte no podemos reconocer solo a quienes están en nuestra misma línea política. Así es como disfruto la musicalidad y la reflexión de los actos sencillos de la vida que hace Borges en su universo fantástico”.

En los casi cuatro años que han pasado juntos los negociadores en La Habana, compartir lecturas es algo que ocurre con frecuencia. El general (r) Jorge Enrique Mora, que durante 42 años se desempeñó en oficios relacionados con la guerra, es el que más presta y recibe textos. Jesús Santrich le entregó un escrito suyo sobre las bases norteamericanas en Colombia y Pablo Catatumbo, la obra de Pedro Claver Téllez Punto de quiebre, que narra el asesinato en 1960 de el Charro Negro, un líder guerrillero de Gaitania, corregimiento de Marquetalia (Tolima), la cuna de las Farc. De la Calle en varias ocasiones ha recibido del general tomos sobre liderazgo y Sergio Jaramillo volvió viral en su delegación El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura: “Padura los infectó a todos, como una buena gripa”. Catatumbo también esparció el gusto por el húngaro Sándor Márai, a quien describe como un autor que desarrolla temas humanos, complejos y profundos.

Más allá del tema de la paz, los libros se han convertido en el otro punto de encuentro de estos hombres que se sientan en orillas distintas. No en vano, en unos pocos días, De la Calle y Jaramillo hablarán, acompañados de David Bojanini, el presidente de Sura, sobre el futuro y los beneficios de un país en paz en el Hay Festival de Cartagena, un encuentro literario por excelencia.
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