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| 1/11/2009 12:00:00 AM

Lo que veremos

Antonio Caballero analiza lo que va corrido de la temporada taurina y lo que espera encontrar en lo que queda de ella.

Cada día más "políticamente correcta" con respecto a las cosas que políticamente no tiene importancia, la prensa colombiana da cada día menos cuenta de las fiestas de toros. Sin contar las de España y las de México, que se cuentan por miles, en Colombia las hay durante todo el año en docenas de ciudades y pueblos: corridas, novilladas, corralejas, coleos, espectáculos de rejoneo. Pero sólo con ocasión de las ferias importantes y casi apenas como un subproducto de los reinados de belleza, los periódicos se ocupan de ellas. Prefieren dar eco a la voz de los antitaurinos, tal vez en cumplimiento de la regla según la cual sólo lo inhabitual es noticia: que un hombre muerda a un perro, y no lo cotidiano: que un perro muerda.

Así, prensa y televisión unánimes le dieron gran despliegue al caso del antitaurino que fue sacado a rastras por el pelo del ruedo caleño de Cañaveralejo, al que había saltado en protesta por las corridas de toros. Y el diario más importante del país, El Tiempo, le dio una página entera a la entrevista de un trashumante antitaurino catalán que va de país en país en representación de los antitaurinos holandeses (sí, los de las vacas lecheras) revelando cosas tan bobas como que en el Reino Unido (el de los caballos de carreras, sí) la fiesta de los toros "quedó tan prohibida que allá ni siquiera se permite que se críen toros de lidia". Como si se hubieran criado alguna vez toros de lidia en lugares en donde no ha habido jamás lidia de toros. Recuerdo el caso del idiota que andaba por las calles de París dando fuertes palmadas para espantar a los elefantes. Le dijeron: "Pero si aquí no hay elefantes". Contestó, triunfal: "¡Por eso no hay!".

Pero aquí sí hay toros, a pesar de las palmadas de los antitaurinos. Ahora estamos en plena temporada grande, la que se abre en Cali la tarde de Navidad y se termina a finales de febrero en la Santamaría de Bogotá y la Macarena de Medellín, saltando de Manizales a Cartagena, a Duitama, a Armenia, a Sincelejo, a Ibagué, a Sogamoso, sin mencionar los pueblos: Ramiriquí, Tuta, Toca, Ventaquemada, Lenguazaque, Zipaquirá, La Uvita, Miraflores, Tenjo. La gente va. La prensa, menos (bueno, tampoco va al ballet ni a los conciertos de violonchelo. Sé que es un poco absurdo criticar a la prensa desde la prensa, como aquí estoy haciendo. ¿Desde dónde, si no

Y es lástima que no vaya, por lo menos desde dos puntos de vista. El de los lectores, que se quedan sin enterarse de todo lo que pasa si no es crimen o politiquería; y el de las decenas de miles de personas que viven de los toros o en los toros: aficionados, ganaderos, vaqueros de ganaderías de bravo, señoras que fabrican adornos de banderillas, toreros, muchachitos que sueñan con ser toreros. Como en cualquier otro campo, el cine o la política o el fútbol, en los toros la prensa es caja de resonancia: los toros existen menos cuando la prensa no va a los toros.

Tal vez sea por la falta de figuras locales, dentro del ombliguismo colombiano. Nadie volvió a las carreteras de la Vuelta a Colombia desde que se acabaron los grandes ciclistas boyacenses. ¿Nadie volverá a misa porque se murió el único cardenal paisa que tenía chanfaina en el Vaticano? Es cierto que hace un año se retiró de los ruedos el bogotano César Rincón, el más grande torero que ha dado América. Pero ahí está ahora el caleño Luis Bolívar, que lleva varios años cosechando triunfos en la larga y dura temporada española y acaba de inaugurar su regreso estacional a Colombia saliendo a hombros tres tardes seguidas en la feria de Cali. Aquí hay otros diez o quince toreros buenos. Y vienen dos mexicanos, y hasta un ecuatoriano. Y dos docenas de españoles: lo mejor del actual escalafón de España, incluyendo a un francés. Hay atractivos de sobra.

La temporada empezó bien, en Cali. Con altibajos como es lo de los toros siempre: porque es una cosa viva. Altibajos que quiso aprovechar el populista gobernador del Valle para "rescatar" la fiesta amenazando con intervenir el manejo de la plaza. Hubo tardes de indultos de toros bravos (dos de la ganadería de Juan Bernardo Caicedo): y de grandes faenas de toreros (de Bolívar, del francés Sebastián Castella), corridas en que los toreros estuvieron por encima de las condiciones de sus toros (los de Fuentelapeña); o, al revés, por debajo de su bravura (los de Mondoñedo). O sea: lo de siempre. Así empezó también el ciclo de Manizales: una corrida de rejones en la que el jinete portugués Joao Moura se partió un dedo y una novillada en la que Juan Solanilla le cortó una oreja a un bravísimo novillo de Salento mientras afuera, por las calles empinadas de la ciudad, sonreían las reinas del café tocadas con sombreros cordobeses de ala ancha. En Cartagena, entre tanto, hubo demoras, griterío, orejas generosas. Siempre es así. La fiesta de los toros, que es una cosa viva, es distinta en cada sitio.

Hablo de leídas, y, aún más, de oídas. Los comentaristas radiales de toros son excelentes. No he ido a esas plazas que nombro. Y en los toros debe regir la norma que inspira a los grabados taurinos de Francisco de Goya: "Yo lo vi". Pero sólo estamos a media temporada, y voy a ir a la mitad que falta. En Duitama pienso asistir por lo menos al anunciado mano a mano entre Bolívar y Castella, los triunfadores de Cali, con los toros de Las Ventas del Espíritu Santo, que es la ganadería de César Rincón: aunque reciente, tal vez la mejor de todas las que hoy lidian en Colombia. A Medellín iré para la única tarde que viene a torear en Colombia El Cid: ese raro pájaro que es un torero sevillano severo. Y en Bogotá voy a verlas todas: la novillada de inauguración con ganado de Armerías, la de rejones con toros de Dosgutiérrez, y las cinco corridas de toros, de las cuales una es mixta.

Porque esta temporada en la Santamaría de Bogotá se concentra lo mejor que hay actualmente en el toreo. Para empezar, un repóquer de ases de la baraja española: el heroico y en ocasiones sublime José Tomás (que hace un año poco pudo hacer aquí con un manso de El Paraíso y un novillote adelantado y también manso de Achury Viejo); el imprevisible Morante de la Puebla, que es arte sevillano en su estado puro; Julián López, el Juli, que ayer no más era un niño prodigio y hoy es un maestro de cabo a rabo; José María Manzanares, el hijo, cuyo toreo tiene a la vez, paradójicamente, la gracia alada e ingrávida del toreo de su padre y el peso solemne y majestuoso que tuvo el toreo de Antonio Ordóñez; y finalmente, Cayetano, ya que hablamos de Ordóñez: el último retoño de la triple dinastía Ordóñez-Dominguín-Rivera, y el más bendecido por los dones de los dioses. Con ellos, haciendo sexto, David Fandila, el Fandi, que es sin duda el matador banderillero más vistoso que haya dado nunca la torería. Y, por añadidura, los colombianos. Luis Bolívar, que no es ya una promesa por cuajar sino un hecho cumplido hecho y derecho, el elegante Pepe Manrique, el valeroso Sebastián Vargas, el ciclotímico Dinastía; el joven Cristóbal Pardo, que no termina de asentarse. A Mariano Cruz Ordóñez, matador ecuatoriano, no lo he visto torear.

En cuanto al ganado... El problema en los toros suele venir de ahí: de los toros. El gran Domingo Ortega, que fue el mejor torero de los años treinta y cuarenta y luego se hizo un esforzado pero poco exitoso ganadero de bravo, llegó a pensar que toda la fiesta de los toros reposaba sobre un malentendido: que el toro no era un animal apropiado para ser toreado. Y había que buscar otro: uno que fuera a la vez bravo y toreable.

Sesenta años después, lo seguimos soñando.
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