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| 7/21/2003 12:00:00 AM

Locos de ira

Esta película tiene sus buenos momentos, pero todas las películas del mundo los tienen.

Los productores de esta comedia saben muy bien lo que hacen. Saben, por ejemplo, que su target -así es: los productores disparan al público como a un blanco- son aquellos espectadores que no buscan personajes probables y situaciones coherentes. Han comprobado, también, que un buen elenco es capaz de darle cierta dignidad a cualquier desastre. Y están convencidos de que siempre tendrán de su lado aquel chiste del viejo Hollywood en el que el director de una película taquillera llora, en su camino al banco, por los comentarios de los críticos. Locos de ira, defendida por muy pocos con el más triste de los argumentos ("tiene sus momentos", dicen), ha recaudado hasta hoy unos 200 millones de dólares en el mundo.

La verdad es que la primera media hora, en la que conocemos los traumas del publicista Dave Buznik, nos hace pensar que nunca pararemos de reírnos. Después de un extraño altercado en un avión, el pobre Buznik, un tipo incapaz de hacerle daño a alguien, es condenado a tomar un curso para aprender a manejar su ira. Y el sicólogo que lo dicta, el doctor Buddy Rydell, cree ver en sus pequeños temores, en su vergüenza cuando su novia le da un beso en público y su actitud apocada frente a los abusos de su jefe, señales contundentes de que su personalidad en realidad es una bomba de tiempo. "Es lo mismo que les pasa a esos tipos que un día entran a un restaurante y masacran a los comensales", dice el médico.

Pensamos, pues, que nos reiremos todo el tiempo. Pero el guión jamás consigue superar su punto de partida y se pierde en chistes de segunda, soluciones que se caen de su peso y ases en la manga imposibles de creer. El brillante Jack Nicholson, cansado de los papeles demoledores, hace lo que puede por entrar en el mundo mediocre del talentoso Adam Sandler -y ahí están también John Turturro, Woody Harrelson y Marisa Tomei- pero pronto se convierte en una caricatura más de las que rodean al protagonista. El montaje para televisión, los giros del argumento, los patéticos minutos finales: todos los elementos de la película le apuntan al blanco elegido, en detrimento de una mínima ambición artística, y ya no hay nada por hacer.

Es cierto que la interpretación de I Feel Pretty, la canción de West Side Story, logra divertirnos a pesar del absurdo; es verdad que la divertida sesión de terapia de grupo en la que conocemos al sicópata que no puede olvidar el único día que pasó en Vietnam y a las actrices pornográficas que se mueren de los celos cuando se separan, tiene un par de frases inolvidables; es innegable que la pelea a muerte con el agresor de la infancia, convertido en un sonriente monje budista, al menos es una imagen sorprendente. Sí, Locos de ira tiene sus momentos. Pero todas las películas del mundo -las de Chuck Norris, las de Capulina, las de albóndigas malignas- los tienen. Y no malgastan el talento de los otros.
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