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| 8/7/2000 12:00:00 AM

Londres para principiantes

Un ameno y completo libro sobre los ingleses y la vida en Londres.

Hay turistas y viajeros. Los turistas son coleccionistas de trofeos. No pierden el tiempo en conocer la historia o la cultura de los sitios que visitan, van a lo que van: fotografiarse junto a los iconos famosos —calles, plazas, pinturas, ruinas, etc.—. Dicen que la mayor alegría de los japoneses —los turistas por excelencia— es volver a hacer el viaje mirando tranquilamente en un álbum las miles de fotos que tomaron. Los viajeros, en cambio, se toman su tiempo, permiten el azar y en verdad quieren ver y dejarse influir por algo diferente a lo que ya conocen. Los aterroriza que les atribuyan la frase de Perse: “Gente de poco peso en la memoria de estos lugares”.

Enric González no es un viajero pero tiene la actitud del viajero. En los pocos años que vivió en Londres como corresponsal de El País, quiso aproximarse sin afanes a los secretos de esa ciudad y tratar de entender sin prejuicios el alma inglesa. El resultado es este libro, un viaje sin duda más completo y más entretenido que el de un álbum de fotos japonés.

Londres —dice González— no es bella y cruel como París. Ni elegante y escéptica como Roma. Ni densa y obsesiva como Nueva York. No puede ser reducida a antropomorfismos: siglos de paz civil, de comercio próspero, de empirismo y de cielos grises la han hecho indiferente como la misma naturaleza. Es quizás una proyección del carácter inglés. No hay sentimentalismos, ni derroches de pasión, ni verdades con mayúsculas. Es una ciudad inabarcable y a la vez sosegada; caben el arte y su antípoda, el kitsch, sin estorbarse mutuamente. La justicia “ese concepto peligroso, metafísico y continental”, es menos importante que la sensatez a escala humana del fair play: un buen lugar para que florezca la vida.

Porque les proporciona un cierto sentido de la estabilidad, a los ingleses comunes les gusta la monarquía. Y a los ricos, les parece que forman parte del gran negocio de Londres: “los royals nos cuestan caros, pero son rentables”, dice Richard Branson, propietario del grupo Virgin. Con un poder casi absoluto del gobierno, sin Constitución escrita, el Reino Unido tiene un excéntrico y flexible sistema político que no padeció un solo momento de tiranía durante el siglo XX. Los ingleses no son ciudadanos, son súbditos que valoran mucho su libertad individual. Desconfían del poder del Estado: “Que ningún militar le prometa poner orden en el país, que ningún revolucionario le prometa justicia: él reclama que le bajen los impuestos y que le dejen tranquilo. Si alguien llama a la puerta a la seis de la mañana, será el lechero o el destripador, pero no unos tipos dispuestos a construir un mundo mejor a base de fusilamientos”. (Lástima que los negociadores de las Farc, en busca de modelos a imitar, no hayan incluido a Londres en su periplo europeo).

Y ya en el terreno práctico, González da muy buenos consejos. Si va a un pub, no se guíe por el envoltorio, aunque sea tan bueno como el Coach and Horses de Soho: lo esencial está en la calidad y conservación de la cerveza, de los clientes, en la fresca oscuridad matutina, el bullicio de las 5, la luz amarilla y la tensión alcohólica por la noche. Hay 700 clases de cervezas pero él recomienda las ales sobre las lager por ser poco fermentadas, sin gas, suaves, digestivas y llenas de matices; y entre ellas la London Pride y la Chiswick Bitter. Si quiere un vino bien raro, puede ir a Berry Bross & Rudd donde hay 200.000 botellas y le pueden dar “cualquier cosa de cualquier año”. Si busca un libro que no ha conseguido en las librerías famosas de Charing Cross, vaya a Dillons, en Gower Street.

Y no olvide llevar un mapa porque las ciudades inglesas “son una vasta conspiración para desorientar a los extranjeros”: se da un nombre distinto a una calle en cuanto hace la menor curva, pero si la curva es tan pronunciada que crea realmente dos calles distintas, se mantiene el mismo nombre. Ah, y si no tiene un seguro, no se le ocurra enfermarse: después del gobierno de Margaret Thatcher que acabó con el famoso sistema británico de salud, resulta peligroso entrar a un hospital.
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