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| 10/6/2003 12:00:00 AM

Los años barrocos de la mano de René Jacobs

Extraordinaria colección de óperas anteriores al período clásico, de la mano de un verdadero experto en la música volcal de los siglos XVI y XVII.

No es lo mas frecuente que las grandes casas discográficas les apuesten a proyectos decididamente novedosos, por lo que es obvio: novedad y riesgo van de la mano. Pero hay excepciones y esta es una de ellas.

Opera edition resume el primer capítulo de la historia del melodrama, el de los gloriosos años barrocos, con un colofón en el clasicismo. De hecho, es un manifiesto del arte de uno de los más reconocidos abanderados de la recuperación de la música de los siglos XVII y XVIII, el contratenor y director belga René Jacobs. La colección, obra y arte de Harmonia Mundi, tiene varias virtudes. En primer término, no cayeron en la obviedad de iniciar el recorrido con la reconstrucción de Dafne de Peri de 1597, la primera ópera de la historia, y tampoco con Orfeo de Monteverdi de 1607, primer ejemplo auténtico y sincero de teatro musical. Abre, sí, con dos ejemplos de la madurez de Monteverdi, cuando la ópera dejó de ser una entretención de los nobles y aparecieron los teatros venecianos que permitían el acceso de público: la más grande revolución del mundo del espectáculo.

Dos muestras del gran arte de Monteverdi. El retorno de Ulises de febrero de 1641, que dejó de herencia al género la primera heroína de la escena operística: Penélope, que palabras más, palabras menos, es el origen de todas las condesas, traviatas, gildas, brunhildas y toscas. Bernarda Fink canta una gloriosa Penélope, Christoph Prégardien es Ulises. La segunda es La Coronación de Popea de 1642. Ultima ópera de Monteverdi y primera que no bebe en las fuentes de la mitología sino en la historia. En el sentido estricto de la palabra es la primera ópera 'deslumbrante' y realmente entretenida del repertorio, con el pavoroso suicidio de Séneca, la infidelidad de Nerón, Ottavia la esposa repudiada, las decididamente eróticas escenas de amor entre Nerón y Popea, la falta de escrúpulos de Nerón (el primer antihéroe), algo de política, música memorable y el anunciado espectáculo final: la coronación de Popea. Popea es Danielle Borst, Guillemette Laurens canta el Nerón y Jennifer Larmore es una extraordinaria Ottavia.

El siguiente paso es, si se quiere, muy lógico: La Calisto de Cavalli, de 1651. Discípulo de Monteverdi, a Cavalli hay que atribuirle que introdujo ritmos y melodías que halagaban al público: siguió las pautas de Monteverdi e introdujo el gusto por lo escabroso y por la farsa. En cierta medida se le atribuye la internacionalización del género y no mucho después fue llamado a Francia para escribir la ópera que inauguraría el Teatro de las Tullerías con motivo de la boda de Luis XIV y María Teresa de Austria. Cubre también ópera inglesa: Venus y Adonis de John Blow, compositor de la corte de Carlos II, y Dido y Eneas de 1689, obra cumbre de Henry Purcell y piedra angular de la ópera británica. Hay dos ejemplos de Alemania con Orfeo de Georg Philip Telemann, que se estrenó en Hamburgo en 1736, y una pieza representativa de la música en la corte berlinesa de Federico el Grande: César y Cleopatra de Carl Heinrich Graun.

Luego dos de lo que podría calificarse como el gran triunfo del barroco y también su Canto del cisne Georg Friedrich Händel, alemán de nacimiento, italiano de vocación e inglés por decisión: Flavio de 1723 y Julio César de 1724, probablemente la ópera barroca más frecuentemente representada. Jennifer Larmore es Julio César, Barbara Schlick canta la Cleopatra y Derek Lee Ragin el Ptolomeo. El colofón podría desconcertar: Così fan tutte de Mozart, cumbre del clasicismo. Pero no hay tal. Investigaciones recientes han venido a develar que está hondamente influenciada de barroco, por sus personajes 'travestidos' y su carácter farsesco.

El asunto no se queda en el indudable interés histórico de la antología: la estrella es René Jacobs, protagonista indispensable del renacimiento de la música antigua en los últimos 30 años y en su condición de cantante excepcional del género, una batuta más que autorizada. Hay que hablar de una especie de manifiesto musical, porque si algo es destacable es que ninguna de las grabaciones cae ni en el tedio ni en lo rutinario. Es el trabajo de años y cada grabación es consecuencia de exitosas representaciones en Europa, lo que significa que el oyente encuentra verdadero dramatismo, cantantes idóneos y de primerísima línea y las mejores orquestas, especialistas en la materia. No hay que pedir más.
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