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| 9/28/1998 12:00:00 AM

LOS AÑOS DIFICILES

La Biblioteca Nacional rinde homenaje al centenario de la Generación del 98, el grupo de intelectuales que marcó el renacimiento de la literatura española.

Para muchos se trata de una simple coincidencia histórica. Para otros, en cambio, es la clara reacción de los intelectuales españoles frente a la decadencia política y geográfica de su pueblo. Lo cierto es que al tiempo que la otrora poderosa España perdía en 1898 sus últimos bastiones imperiales, representados en las islas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, una pléyade de escritores y pensadores del país ibérico comenzó a llamar la atención del mundo por su renovado espíritu nacionalista y una decidida postura estilística que acabaría con más de un siglo de postración literaria.
El grupo, encabezado por Miguel de Unamuno (1864-1936), sería bautizado con el nombre de Generación del 98, en evidente alusión a los fracasos políticos y militares sufridos por España ese año, y aunque ninguno de sus gestores aceptó directamente que se les encasillara bajo un movimiento cuyo nombre era apenas un accidente y por lo tanto no tenía ni tuvo vocación gremial alguna, hubo convergencias implícitas que terminaron por arroparlos con la misma cobija intelectual y literaria.
El escritor y ensayista colombiano Rafael Humberto Moreno-Durán, quien inaugura esta semana con una conferencia sobre el tema una exposición de fotografías y libros sobre la Generación del 98 organizada por la Biblioteca Nacional de Bogotá, lo define como un movimiento cultural nacido del resentimiento y la frustración provocados por la pérdida de las últimas colonias de ultramar. "No obstante, comenta, esa frustración recibe un bálsamo inesperado: la visión de futuro, regalada de alguna manera por América a través del Modernismo, cuyo estandarte fue Rubén Darío".
En efecto, detrás de la hecatombe militar, política y social de la España de finales del siglo XIX surgió un sentimiento de nostalgia por la recuperación de las raíces del ser español y una directa impugnación de los falsos valores predominantes. El pintor Francisco de Goya, considerado como el exponente vulgar de una España que la monarquía se empeñaba en esconder, fue reivindicado por la naciente intelectualidad del 98 como reflejo fidedigno de una nación en decadencia a la que hace falta rescatar de sus cenizas. Algo similar ocurrió con el novelista Mariano José de Larra, mientras escritores de la talla de Campoamor y Pérez Galdós fueron atacados como paradigmas de un teatro que debía ser superado en aras de la revivificación de un género caído en desuso. Un pesimismo galopante, alimentado por la corriente de pensadores alemanes liderados por Nietzsche y Schoppenhauer, corrió presuroso a adueñarse del espíritu literario español en lamentos y reproches que quedarían plasmados en los poemas de Antonio Machado (1875-1939), en las novelas de Pío Baroja (1872-1956), en las novelas y los ensayos del propio Unamuno y de José Martínez Ruiz 'Azorín' (1873-1967) y en las obras de teatro de Ramón del Valle Inclán (1866-1936), quizás el más grande dramaturgo surgido en España desde la muerte de Calderón de la Barca.

La herencia americana
Sin embargo los frutos de esta renovación espiritual y estilística no habrían sido los mismos sin la influencia de la América hispánica, esa que fue rebautizada con el nombre de América Latina a partir de los sucesos del 98. Como un escudo protector contra las amenazas del incipiente imperialismo estadounidense sobre el continente, Latinoamérica dejó de contemplar a España como esa gran metrópoli europea de la cual era necesario soltar amarras, sino como la madre patria que había surtido a sus antiguas colonias de una tradición cultural imposible de borrar y, por el contrario, susceptible de enaltecerse a través de los vasos comunicantes de la lengua y de la sangre compartidas. Semejante actitud tuvo un efecto inesperado en España, donde Unamuno y su corte comenzaron a surtirse de pensadores como el uruguayo José Enrique Rodó y el cubano José Martí, pero sobre todo de Rubén Darío, a quien, curiosamente, los españoles conocieron desde Francia, adonde el poeta nicaragüense había llegado dispuesto a remover los cimientos de la lírica europea con una nueva forma de describir al mundo, caracterizada por una libertad estilística sin precedentes y una poética engalanada y expresiva que inauguraría una nueva corriente: el Modernismo.
El colorido americano, que el propio Valle Inclán descubriría en su viaje por México cuando contaba apenas con 21 años y más tarde le serviría para denominar a Latinoamérica como la 'tierra caliente', por su fogosidad y desmesura, cayó como anillo al dedo a una generación que intentaba volver los ojos sobre el paisaje y los pueblos castellanos y sobre el valor de la ruralidad española.
Caracterizada por sus ataques a la moral burguesa y en general a las anacrónicas actitudes sociales y políticas que determinaron el ocaso definitivo del imperio, la Generación del 98 tendría, no obstante, serios detractores, entre ellos el filósofo José Ortega y Gasset, quien no sólo criticó severamente el comportamiento 'americanista' del movimiento sino que insistió en la necesidad de que España se transara por una visión 'europeizante', en clara oposición a los valores que habían surgido en las postrimerías del siglo XIX. A la larga sus contradicciones internas y las frecuentes pugnas intelectuales entre sus miembros terminarían por hacerla pasar a la historia no tanto por su cohesión como grupo, la cual como tal nunca existió, sino por la coincidencia en el tiempo de mentes privilegiadas destinadas a renovar el espíritu y las letras de una España que no había logrado sobreponerse al peso arrollador del Siglo de Oro.
Este legado es suficiente para que 100 años después su aniversario haya convocado por igual a escritores y críticos en la labor de reevaluar un movimiento que, para mal o para bien, fue determinante en la recomposición intelectual de España.
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