Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1982/10/25 00:00

"LOS CAMINOS DE LA LIBERTAD"

Lecturas de juventud, romanticismo, surrealismo: semillas de una vocación de libertad. Julio Cortázar habla sobre el tema en entrevista exclusiva con el corresponsal de SEMANA, José Hernández, en París

"LOS CAMINOS DE LA LIBERTAD"

SEMANA: ¿Cuál es el significado que usted le da a la palabra libertad?
JULIO CORTAZAR. Si el hombre ocupa, por derecho propio, el punto más alto de la escala zoológica en la medida que tiene una conciencia, un sentido social y una memoria (que se ha ido convirtiendo a lo largo de las generaciones en lo que llamamos historia, por un lado, y cultura, por otro) yo diría que es gracias al ejercicio de su libertad.
La noción de lo humano está, en mi opinión, intrínsecamente ligada a la noción de libertad.
Por lo tanto, separar la noción de libertad de la noción del hombre significa destruirlo.
Eso explica el profundo desprecio que los regímenes fascistas o reaccionarios tienen por la libertad. Lo tienen precisamente porque saben que disminuyendo o eliminando las libertades acercan al hombre al tipo de sociedades animales. En un sistema fascista, el hombre no está llamado a discutir sino a obedecer. No está llamado a elegir sino a cumplir una tarea fijada por adelantado.
La libertad es para mí, como usted ve, una condición sine qua non de la vida.
S.: ¿Cómo caracterizaría usted la evolución de su noción de la libertad hasta sus 20 años?
J.C.: Hasta mis 20 años y aún mucho después yo me defendía individualmente. Es decir, sin ninguna conciencia de la dimensión histórica de la libertad.
S.: Luego vino la tentativa de embarcarse hacia Europa con sus amigos...
J.C.: Todos mis amigos trataron de hacer ese viaje que era más platónico que real. Ahora bien, las verdaderas razones que me llevaban a emprender esas tentativas de viaje eran sobre todo de tipo literario.
Entre los 10 y los 20 años me convertí en un lector apasionado e indiscriminado como todo joven.
Comencé a leer en otros idiomas y me fabriqué eso que se llama una cultura que, para mí, era imprescindible en una ciudad como Buenos Aires. La Argentina era un país muy evolucionado pero cuando empecé a pensar en lo que podría ver y encontrar en Europa, Asia o Africa, sus límites me resultaron demasiado estrechos.
La literatura y más concretamente el sentimiento poético que siempre tuve desde muy niño, me impulsaron a pasar las fronteras para ir a ver lo que era el mundo.
Sentí que tenía que ir a ejercitar mi libertad fuera de mi propio país.
S.: ¿En qué medida movimientos como el surrealismo contribuyeron a fortalecer esa vocación?
J.C.: En una gran medida. Me parece bien que mencione el surrealismo aunque hubo muchas otras actitudes y corrientes literarias que me mostraron "los caminos de la libertad" para emplear el título que Jean-Paul Sartre dio a su trilogía de novelas.
Mucho antes del surrealismo había habitado, en Europa, el movimiento que se llamó "el romanticismo". Y sus grandes poctas Chateubriand y Víctor Hugo, en Francia; Byron, Shelley y Keats, en Inglaterra, fueron, cada uno a su manera, apóstoles de la libertad.
Las grandes figuras del romanticismo fueron libertarios y anarquistas sin darle a la palabra el sentido que tomó después de la doctrina de Bakunin.
El romanticismo reivindicó que el hombre como individuo, tenía el derecho y la obligación de abrirse al máximo. Incitándolo a tener la máxima porosidad frente a todo lo que la vida podía darle.
A la influencia extraordinaria del romanticismo, quisiera agregar la de Julio Verne.
Todos los niños de mi generación, leíamos apasionadamente a Julio Verne. Cosa que no sucede hoy porque los niños encuentran muy primario el mundo científico del escritor francés.
Pero piense que le hablo de una época que se extiende entre 1994 y 1934. Julio Verne era perfectamente contemporáneo en ese momento.
Sus héroes son también un símbolo de libertad. Porque son los grandes viajeros, los grandes aventureros; los que van a la luna, le dan la vuelta al mundo en 80 días, y hacen las cinco semanas en globo. Los héroes de Verne exploran, descubren, y avanzan en el conocimiento.
Me veo siempre a los 9 o 10 años marcando en un atlas el itinerario de los protagonistas a través de los países donde les sucedían sus aventuras. Recuerdo a los hijos del capitán Grant que van, inclusive, hasta la Argentina y visitan la Patagonia.
Ante el mundo de Julio Verne yo me decía que era inconcebible permanecer siempre en ese suburbio de Buenos Aires.
S.: ¿Volveremos al surrealismo?
J.C.: El surrealismo fue una gran lección de libertad en el plano de la literatura. No ya de la vida. Aunque vida y literatura son la misma cosa.
El surrealismo fue una tentativa de sacar todas las etiquetas, las categorías, las ideas recibidas y los lugares comunes de la tradición cultural y reemplazarlos por una visión nueva. Una visión casi pre-adánica: una visión primordial de la vida en toda su belleza, en toda su virginidad, en toda su pureza.
La lección de la poesía surrealista se sumó entonces a las experiencias que yo había estado absorbiendo y todo eso hizo de mí el individuo que soy.
S.: En tanto que escritor usted ha mostrado su entera libertad. ¿Cómo estableció, en un comienzo, esa relación entre escritura y libertad?
J.C.: Desde muy joven me dí cuenta de que entre la gente que me rodeaba había dos corrientes muy definidas.
Por un lado, estaba los que yo llamaría "la línea tradicional". Es decir, los jóvenes que después de haber leído mucho y haber elegido, de manera consciente o no, ciertos modelos, comenzaban a escribir sin abandonar el camino que la tradición les señalaba. Jorge Luis Borges comenzaba a asumir una dimensión muy importante entre los jóvenes argentinos, y muchos de ellos lo imitaban pasivamente.
La segunda corriente, que yo acepté automáticamente, era mucho más libre. Se trataba de recibir la tradición cultural y elegir influencias, pero de ninguna manera seguir caminos trazados previamente. Ni siquiera para modificarlos.
S.: ¿Hasta ahí no había seguido los movimientos sociales y la situación política internacional?
J.C.: Sí, pero con un interés que no iba más allá de la lectura de los periódicos. Desde Buenos Aires, había seguido todo el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y, como usted se imagina, estuve siempre de parte de los aliados. Pero sin mover un solo dedo.
Yo había elegido un punto de vista que me parecía verdadero y lo proclamaba donde podía a mis amigos, pero nunca se me había ocurrido que los hombres tienen también posibilidades de acción más directa.
Cuando conocí la derrota de la tiranía de Batista, sentí que ya no bastaba con simpatizar y apoyar teóricamente a Cuba. Por primera vez quise estar presente, y pude hacerlo, menos de dos años después de la revolución.
El espectáculo de ese pueblo que en medio de dificultades espantosas, carestías, amenazas y bloqueos luchaba desesperadamente para imponer su ideal de libertad y de soberanía, sirvió de catalizador.
En Cuba, bruscamente, descubrí mi condición de latinoamericano. En Cuba sentí que mi libertad no la podía guardar egoista o estéticamente sino que debía unirla a la lucha por la libertad de todo un pueblo.
A partir de ese momento, mi noción de libertad se enriqueció. Dejó de ser una noción teórica y egoísta para convertirse en una vivencia, en una necesidad vital de cada día.
Por ello he sostenido otras causas de la libertad, y ahora hago lo que puedo por apoyar a Nicaragua, El Salvador, Argentina, Chile...
Todo esto dentro de límites que, a veces me parecen ridículos. ¿Qué puede hacer, en efecto, un intelectual frente a la fuerza bruta y a la opresión desatada? Estoy convencido, sin embargo, de que nuestras posiciones tienen un valor. Quizás a largo plazo. Todo está en no callar, en no resignarse.

S.: ¿De qué manera el marxismo contribuyó a ampliar su noción de la libertad?
J.C.: Yo entré en la dialéctica marxista sin especializarme, pues leí la literatura de Marx sin ningún método.
El marxismo me sirvió para comprender mejor la lucha de clases y la opresión basada en las desigualdades sociales.
Posteriormente, fui conociendo las aplicaciones del marxismo en Unión Soviética, en otros países e inclusive en Cuba, tratando de ver en qué medida el esquema marxista funcionaba y en qué medida había que revisarlo, ajustarlo y "ponerlo al día".
Es evidente que si Marx escribiera "El Capital" en 1982, tendría que modificar muchísimos criterios. Las estructuras sociales, por ejemplo, han cambiado con las guerras mundiales y con las evoluciones e involuciones a lo largo de los años. De manera muy general sigo creyendo que el socialismo -por invalidar el fin mismo del capitalismo- es la idea más evolucionada que ha tenido la humanidad desde el punto de vista social.
El futuro, si llegamos a tener uno, tendrá que ser socialista.
S.: ¿La escritura le permitió "escapar" a lo que usted había denominado el "enfrentamiento y la frustración " entre el individuo y la sociedad?
J.C.: No. Al contrario. La escritura me fue llevando como un pequeño protagonista, inclusive, a ese enfrentamiento. Al principio me había escapado, pues, como ya le expliqué, me mantenía completamente al margen de ese tipo de conflictos. A medida que avanzaba en la vida y en la literatura, y mientras mi propia escritura me llevaba por nuevos caminos, sentí que me acercaba cada vez más a un tipo de situaciones, de relatos, de novelas y cuentos donde esos afrontamientos eran no sólo visibles sino cada vez más palpables.
El punto más extremo que he alcanzado en ese camino es la novela que se llama "Libro de Manuel", en donde la incidencia de la literatura y de la historia se buscan y se provocan en cada página.
S.: ¿Cómo siente usted su libertad frente a las sociedades actuales cuyas poblaciones, en su mayor parte, viven lejos de opociones de real libertad?
J.C.: Están naciendo los neofascismos y los neo-nazismos. América Latina cuenta con sus exponentes más "ilustres" en países como Chile, Uruguay y Argentina.
Eso es una situación que yo como hombre y escritor vivo diariamente de una manera dramática y, en algunos casos, patética. Siento que la libertad y las libertades están cada vez más amenazadas.
S.: ¿Pesimista?
J.C.: En absoluto. Y me agrada decirlo porque creo que si lo fuera, la vida no tendría sentido. Sobrevivir a lo que me muestra el periódico todas las mañanas es, de por sí, una prueba de optimismo.
Estoy convencido de que esos vaivenes se han repetido pendularmente a lo largo de la historia.
El mundo antiguo conoció el fascismo de los romanos y el nazismo de los asirios -yo los calificaría así por sus puntos de vista- pero vio nacer, igualmente, movimientos de liberación en los que los pueblos buscaron otros caminos de libertad.
S.: Usted ha fustigado, confrecuencia, los "mandarines del occidente " y abogado por un "humanismo socialista" ¿De qué tipo?
J.C.: No estoy en contra de la noción misma del humanismo tal como se entendió, por ejemplo, durante el renacimiento italiano.
Pero hay un humanismo conectado con las corrientes liberales y eclécticas de pensamiento que es, en realidad, un escapismo.
A fuerza de querer defender la justicia, la libertad y los derechos humanos en un plano teórico, no defiende absolutamente nada.
El humanismo socialista ha optado, en cambio, por una visión de la sociedad, un camino evolutivo positivo de la humanidad y la defensa celosa de la libertad. Yo he criticado las formas de socialismo donde eso comienza a faltar, donde se comienza a notar que ciertas fuerzas de poder, ciertas consignas y obligaciones se vuelven más fuertes que los valores humanos.
Cuando en la Unión Soviética se persigue a escritores, músicos, filósofos por el hecho de criticar aspectos de su sociedad, eso ya no tiene absolutamente nada de socialismo ni de humanismo.
Eso es una simple repetición, en el campo de lo que, grosso modo, llamamos la izquierda, de procedimientos típicos de la derecha.
En todo proceso hay momentos de avance y de retroceso. Cuando el retroceso se llama José Stalin, es un momento absolutamente siniestro. Si a esa etapa sucede otra más positiva en la que nuevamente se busca una construcción socialista, lo que cuenta es que, contrariamente a los Estados Unidos en Vietnam, es la idea socialista lo que se está defendiendo. En ese caso, mi elección está hecha y no cambiaré jamás.
Su pregunta, en todo caso, me preocupa y me atormenta. Ojalá pudiera yo encontrar una solución.
Recuerdo que hace algunos años, Juan Goytisolo me tiró todo por la cabeza después de que yo hice una declaración en ese sentido. El ponía Checoslovaquia y Vietnam en el mismo nivel.
Y ese es el criterio habitual en el humanismo liberal, que, en el caso de Goytisolo y quienes piensan como él desemboca en una ineficacia total en el plano de la acción que pueden ejercer los intelectuales en la realidad histórica. Ese humanismo abstracto, de puro principio, no ayuda ni al capitalismo, que no le hace caso, ni al socialismo que busca combatir con sus declaraciones.
S.: ¿Según qué criterios se podría afirmar que Julio Cortázar es un hombre libre?
J.C.: Yo no le daré ninguna fórmula. Le voy a dar un sentimiento, una intuición que he tenido a lo largo de mi vida, y es que asimilo la noción de libertad a la noción de felicidad.
Toda pérdida de libertad es una sujeción y, por lo tanto, una pérdida de posibilidades vitales y una disminución de la felicidad.
Entiendo por hombre feliz aquel que puede realizarse en los múltiples planos que él mismo elige: la música, el amor, el boxeo... Ninguna realización personal puede darse sin un verdadero clima de libertad. Si esas posibilidades están frenadas, cortadas o suspendidas por razones de tipo ideológico o de opresión económica -o cualquier otra forma de sujeción- la felicidad desaparece.
S.: ¿No hay una clara contradicción entre esa vocación a la felicidad y la angustia que usted comprueba cada mañana leyendo los periódicos?
J.C.: La felicidad está lejos de ser un estado permanente cuando se tiene una inteligencia y una moral.
Mi felicidad personal está permanentemente amenazada y destruida y no solo por la lectura de los periódicos.
Pero eso no me quita la disponibilidad para la felicidad. Apenas disminuida o eliminada, vuelvo naturalmente, como un péndulo, en busca de ella.
Ese es el límite para el cual la libertad es absolutamente imprescindible.
José Hernández, París

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