Miércoles, 1 de octubre de 2014

| 2011/03/19 00:00

Los colores de la montaña

El drama de un caserío en las montañas de Antioquia resume una tragedia que tarde o temprano se vive en los campos colombianos.***

Manuel (Hernán Ocampo) pierde en terreno minado el balón que le acaban de regalar de cumpleaños.

Título original: Los colores de la montaña

Año de estreno: 2011

Género: Drama

Guion y dirección: Carlos César Arbeláez

Actores: Hernán Méndez, Hernán Ocampo, Norberto Sánchez, Genaro Aristizábal, Natalia Cuéllar

Si la estremecedora Los colores de la montaña fuera, como dicen las notas de prensa, la historia de tres niños que deben recuperar un balón de fútbol que se les ha caído en un campo minado, entonces sería más que suficiente: sería, de hecho, un drama inolvidable filmado en Colombia. Pero -a veces para bien, a veces para mal- no es solo eso. Cuenta, también, las turbulentas vidas de los padres de esos niños, las barbaridades de las bandas de asesinos que asedian el caserío en donde viven y los dilemas de las profesoras solitarias e idealistas que tratan de repararles los días. Quiero decir: en realidad habla de la violencia que nos va cercando -la violencia que desplaza: la de guerrillas, paramilitares y otras bandas ilegales- gracias al retrato de una comunidad perdida en las montañas de Antioquia. Y a veces lo hace para bien: documenta el horror colombiano. Y a veces lo hace para mal: pierde de vista la pesadilla de esos tres amigos, Manuel, Julián y Pocaluz, que se han propuesto rescatar su pelota sin estallar por el camino.

Muchas veces, en el cine, se ha caído en la tentación de contar la guerra desde la mirada infantil: la mirada de la inocencia. Por cuenta de ese punto de vista, que ha dado forma a obras que van de la magnífica Adiós a los niños (1987) a la bonita La lengua de las mariposas (1999), de la tramposa La vida es bella (1997) a la todavía más tramposa El niño con el pijama de rayas (2008), cuesta notar que todos los ejércitos de villanos son engendrados por las mismas sociedades que después los repudian. Y queda en el espectador la sensación de que podríamos vivir en paz en este mundo, que nunca pasaríamos de inocentes a víctimas si el mal no nos sorprendiera bajo la forma de ejércitos despiadados que pasan por encima de la ley. Algo como eso sucede con Los colores de la montaña: sus personajes entrañables, sus paisajes hermosos, sus secuencias conmovedoras nos hacen creer, por momentos, que los villanos son los otros.

Y claro: el hecho de que la discusión sobre la ópera prima de Carlos César Arbeláez se dé en estos términos (si acaso nos editorializa, si acaso nos victimiza) es prueba de que se trata de una producción notable. Quizás las actuaciones de los adultos no sean tan buenas como las de los niños protagonistas. Tal vez haya, en medio de ese realismo que no dejará a nadie indiferente, un par de secuencias que parecen sacadas de un relato fantástico. Pero el suspenso horrendo de las mejores secuencias del largometraje, aquellas en las que Manuel, Julián y Pocaluz tratan de sacar el balón de ese potrero plagado de minas antipersonas, es toda una experiencia: cuando el auditorio suelta exclamaciones como si estuviera viviendo dentro de la pantalla, cuando cierra los ojos porque no quiere ver lo que viene, se ha hecho sin duda un buen trabajo.

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