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| 2/4/2012 12:00:00 AM

Los descendientes

En la nueva gran película de Alexander Payne un esposo hastiado recuerda justo a tiempo que también es un padre.

Título original: The Descendants
Año de estreno: 2011
Dirección: Alexander Payne
Guion: Alexander Payne, Nat Fraxon y Jim Rash, basado en la novela de Kaui Hart Hemmings
Actores: George Clooney, Shailene Woodley y Amara Miller ?

Comencemos por Los descendientes: una comedia muy triste que le sucede hoy, en el archipiélago de Hawái, a un abogado cincuentón que -con la tan humana esperanza de no crecer- le ha dedicado a su trabajo todo el tiempo que tendría que haberle dedicado a su vida. Su nombre es Matt King. Pertenece a una estirpe que se tomó aquellas islas un par de siglos atrás. Está a punto de vender un gigantesco terreno familiar que va a convertirlo en billonario, pero entonces, porque a todo el mundo le llega el momento de encarar el destino, su esposa de siempre sufre un accidente en alta mar que lo obliga a ponerse a cargo de sus dos hijas. "Yo era el padre sustituto", dice King, "el plan B". Y ahora su mujer está en coma. Y es un personaje de los que suelen preocuparle al cineasta norteamericano Alexander Payne: un hombre perdido dentro de sí mismo al que solo se le ocurre un camino para salir de semejante tragedia.

Comencemos por Los descendientes, digo, porque se trata de una película impecable que no solo documenta el extraño mundo isleño en el que aquella familia trata de ser una familia, sino que es una verdadera prueba de que no es cierto que el cine no logre articular lo que sucede en la cabeza de un hombre. Empecemos por Los descendientes porque su atención al detalle nos recuerda que los grandes cineastas tienen espíritu de documentalistas, porque cada una de sus escenas se convierte en un recuerdo, porque la actuación de George Clooney es tan valiente que hacia el final del drama, cuando el título del largometraje adquiere pleno sentido (y en español pasa a ser Las descendientes), se convierte en una lección de principios. Pero pronto sigamos con las demás obras de Alexander Payne, cuatro parábolas sobre todo lo que somos capaces de hacer con tal de no madurar, pues estamos ante uno de los mejores cineastas gringos de los últimos tiempos.

Payne, de 51 años, estudió Historia en la Universidad de Stanford y recorrió el mundo en español antes de convertirse en este director que hace retratos de personajes entrañables que por muy poco consiguen sobreaguar. Quien ve al patético catador de vinos de Entre copas (2004), al viudo refundido de Las confesiones del señor Schmidt (2002), al profesor descontrolado de Elección (1999) y a la muchacha torpe de Ciudadana Ruth (1996), está viendo prójimos que nunca imaginó tener, está dándose cuenta de lo valiente que hay que ser para sobrevivir a las miserias del paso del tiempo, está siendo testigo de una antología de héroes menores para los que aún no es demasiado tarde. Los descendientes es una gran película: está más que claro desde el momento en que la cámara se acerca a King mientras se dice a sí mismo "Elizabeth va a estar bien". Pero esta reseña es sobre Payne: sobre los cinco capítulos de una obra que nos trae la noticia de que la vida es posible.
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