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| 5/7/2011 12:00:00 AM

Los desencuentros de Sabato y Borges

Dicen que la amistad es la gran pasión argentina. Pero brilló por su ausencia en el caso de Borges y Sabato, dos famosos escritores que, pese a que nunca se quisieron, quedaron unidos para siempre en un libro de conversaciones.

Acaba de morir Ernesto Sabato a los 99 años, a tan solo dos meses de cumplir los cien. Y, aunque Borges murió hace ya un cuarto de siglo, podemos vaticinar sus palabras al respecto. Cuando su madre murió -también a los 99 años- y una periodista se lamentó de que no hubiera llegado a la centena, Borges le respondió sin piedad: "Veo que es usted una devota del sistema decimal".

Borges era capaz de perder un amigo con tal de urdir una frase lapidaria. Y con Sabato, que no fue su amigo, se sentía muy libre de hacerlo. No hay en eso ninguna novedad. Y acaso, ningún interés. Sería una anécdota más sobre dos grandes escritores que, siendo compatriotas y contemporáneos, no simpatizaron. Como Chesterton y Wells. No obstante, detrás de esta animadversión, lo que hay de fondo y lo que vale la pena repasar, ahora que ambos han entrado en la historia, son dos maneras distintas de entender la literatura y la vida. Sabato quería la trascendencia; Borges, en cambio, "quería morir del todo, quería morir con ese compañero, su cuerpo". Sabato era grave como un Guayasamín; Borges era irreverente y no podía respirar si le faltaba el humor.

En Diálogos Borges-Sabato (1976), el libro compaginado por Orlando Barone y que paradójicamente ha contribuido a acrecentar la falsa leyenda de su amistad, leemos lo siguiente: "BORGES: ¿Cuándo nos conocimos? A ver… Yo he perdido la cuenta de los años. Pero creo que fue en casa de Bioy Casares, en la época de 'Uno y el Universo'. SABATO: No, Borges. Ese libro salió en 1945. Nos conocimos en lo de Bioy, pero unos años antes, creo que hacia 1940". No estuvieron de acuerdo ni siquiera en la fecha en que se conocieron. Aunque Sabato estaba más cerca de la verdad. Fue poco después del 40 y en casa de Adolfo Bioy Casares, ese sí, el gran amigo de Borges, quien relata el desencuentro en sus memorias: "Sabato me pareció una persona de inteligencia activa —como Ricardo Resta, de quien se aseguraba 'piensa todo el tiempo'— y eso me bastó para recibirlo como a un amigo. De vez en cuando Sabato se permitía, a la manera de apoyo, pedanterías infantiles, que molestaban a Borges. Si había dicho algo intencionadamente paradójico, exclamaba (como si hubiera hablado otro y él aprobara por lo menos la audacia del concepto): ¡Margotinismo puro!". El tono de este comentario aparente críptico era de extrema suficiencia. Si uno pedía explicaciones, Sabato vagamente y con aire de pícaro aludía a un profesor alemán llamado quizá Margotius o Margotinus o algo así. Evidentemente se trataba de su monsieur Teste, su Bustos Domecq, su Pierre Menard; no quería ser menos que nadie; Borges no celebraba la broma: tal vez la invención de Sabato no fuera más allá del supuesto profesor, no llegara nunca a un reconocible estilo de pensamientos. A falta de eso, ponía Sabato ese inconfundible tono de satisfacción para exclamar "¡Margotinismo puro!". De todos modos, Sabato me parecía digno de estímulo y convencí a Borges (lo convencí superficialmente, para nuestras conversaciones de entonces) de que Sabato era inteligente. Se me ocurre que Borges no creía en esa inteligencia cuando estaba solo o con otros amigos".

Pero siguieron las cenas en la casa de los Bioy, con Silvina Ocampo y eventualmente con algún miembro de la revista Sur, donde Sabato colaboraba. Sigamos con el relato de Bioy: "Un día me trajo (ya estaba viviendo yo en la calle Santa Fe, donde ahora vive Alicia Jurado) el manuscrito del Túnel 'para que se lo corrigiera'. Me pregunto por qué en el trato de escritores hay tantos malentendidos ¿por falsas modestias? ¿Por una vanidad que siempre merodea, como un chacal hambriento? Lo cierto es que leí con lápiz colorado el librito y, según mi costumbre (en ese tiempo corregía las traducciones de 'El séptimo círculo' y de 'La puerta de marfil'), lo corregí casi todas las veces que fue necesario. Cuando Sabato vino a retirar su novela, comprendí mi error. Él venía dispuesto a recibir elogios por un gran libro; yo le devolví un librito, plagado de errores de composición, que no podían corregirse (como esa patética imitación de Huxley, la discusión sobre las novelas policiales que interrumpía el relato) y páginas garabateadas de elementales correcciones en rojo: correcciones de palabras, como constatar, de sintaxis, etcétera. Nuestra amistad, que nunca fue del todo espontánea, empezó a deteriorarse". En el voluminoso libro póstumo de Adolfo Bioy Casares, Borges, donde puntualmente anotaba las conversaciones que casi a diario sostenía con su amigo, leemos en la entrada del 11 de julio de 1950: "Come en casa de Borges. Comentamos el carácter de Sabato. Según Borges, lo que está mal en él es que su conversación es demasiado anec-dótica, se parece demasiado poco al pensamiento". Se acabaron las tertulias.

Solo en 1974 el azar volvería a reunirlos en la librería La Ciudad de la Galería del Este. Un raro ejemplar de El Quijote rompió el hielo y los animó a intercambiar palabras después de tantos años. Orlando Barone, presente en la librería, tuvo entonces la idea de sentar a conversar a sus dos admirados maestros. Tuvo que convencerlos por separado y con la promesa de no hablar del peronismo, un tema que exasperaba a Borges. Aunque Sabato le advirtió: "La política suele entrar por la ventana o por una hendija cuando uno menos lo espera". Y entró, Borges terminó recordando aquel sórdido episodio en que el gobierno de Perón lo "traslada" de su modesto empleo en una biblioteca de Almagro para nombrarlo "inspector de gallinas". Fueron sesiones semanales de dos y tres horas durante tres meses en el apartamento de la pintora uruguaya Reneé Noetinger y en un bar de Maipú y Córdoba. Cada uno se instala en su trinchera y la conversación no es fluida. Hay una calma chicha, silencios incómodos. "Hay un momento que percibo tenso, como esos segundos previos a una polémica, a una lucha de opiniones contrarias", dice Orlando Barone. Después de un largo rato, Borges, al fin, consigue sacarle una sonrisa: "SABATO: (con tono escéptico) Pero dígame, Borges, ¿a usted le interesa el budismo en serio? Quiero decir como religión. ¿O solo le importa como fenómeno literario? BORGES: Me parece ligeramente menos imposible que el cristianismo (ríen)". Sabato no pierde oportunidad para recalcarle a Borges que su literatura es difícil, erudita. Más adelante, cuando Sabato le recuerda su gusto por Almafuerte, "un poeta de barrio", Borges aprovecha para sacarse el clavo: "Todos somos poetas de barrio".

Como a Juan Pablo Castel y María Iribarne, un largo y oscuro túnel los separaba. Sabato era un intelectual preocupado por la deshumanización a la que nos había llevado el avance incontrolado de la ciencia y la técnica, por el predominio de la razón sobre los sentimientos. Y, entre grandes dudas y zozobras, abogaba por un cambio. Borges era un apolítico, desdeñoso de las teorías y la realidad (a no ser para parodiarlas) e interesado únicamente en el hecho estético, en la extraña música de las palabras. El existencialista y el lúdico. Para Sabato escribir fue un desgarramiento; para Borges, un alivio que lo ayudaba a olvidarse de sí mismo y su circunstancia. Sabato acaba de morir y Borges murió hace 25 años, pero en algún lugar del "inconcebible universo" se está repitiendo este diálogo: "BORGES: Cómo, ¿usted le tiene miedo a la muerte? SABATO: La palabra exacta sería tristeza. Me parece muy triste morir. BORGES: Yo pienso que así como a uno no puede entristecerlo no haber visto la guerra de Troya, no ver más este mundo tampoco puede entristecerlo".
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