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| 1/4/2009 12:00:00 AM

Los elefantes del Ubérrimo

Una crónica minuciosa del paramilitarismo en Córdoba y el papel de su clase dirigente.

­A las puertas del Ubérrimo

Iván Cepeda y Jorge Rojas

Mondadori, 2008

155 páginas

El 3 de abril de 1988, en la finca La Florida, caserío de Mejor Esquina, municipio de Buenavista, Córdoba, los trabajadores, luego de varios meses de dura faena en el campo, celebraban una parranda al ritmo de bailes sinuanos. Estaban contentos; un terrateniente de la región había pagado 120.000 pesos para que la banda musical tocara toda la noche. A las 11, en lo mejor de la fiesta, varias camionetas rodearon el lugar y 15 hombres encapuchados y armados con fusiles Galil y granadas de fragmentación entraron al patio y empezaron a disparar contra todos los concurrentes. Los primeros en caer fueron el profesor de la escuela y su pareja; luego, campesinos y campesinas jóvenes. "Hubo una lamentable equivocación de los sicarios. La Mejor Esquina no es zona guerrillera", dijo el gobernador de Córdoba, José Gabriel Amín Manzur. ¿Qué pasó entonces? Que las tropas paramilitares de Fidel Castaño estaban presentando el 'examen final' de un curso financiado por un narcotraficante de Montelíbano, el mismo que pagó los músicos.

El 30 de agosto de 1988, cuatro meses después, 30 hombres armados contrataron un bus para dirigirse a El Tomate, municipio de Canalete. A su paso por esa carretera, que conduce a Montería, asesinaron al conductor del vehículo y a 19 personas más e hirieron a otras 15 "dejando una estela de muerte". Al llegar al Tomate -pudieron llegar allí impunemente no obstante los varios retenes que tenía instalados la Brigada 11 del Ejército-, junto con el bus incendiaron la población. Jesús María López, alcalde de Montería, acusado como autor intelectual de la masacre, dijo en su defensa que el Ejército Popular de Liberación le estaba cobrando un impuesto de guerra y que como él se había negado a pagarlo, "querían tramar un montaje en su contra".

El 12 de noviembre de 1988, en la Finca la Puya, ubicada en el municipio de Los Córdobas, seis campesinos fueron decapitados a machetazos: las masacres empezaban a incluir la tortura y la decapitación. Y también claras advertencias contra quienes se atrevieran a denunciarlas: el periodista Oswaldo de Jesús Regino Pérez Rengifo, quien había intentado develar la identidad de los autores de las masacres de Mejor Esquina y El Tomate, fue asesinado. Entre 1980 y 1993 -dicen Iván Cepeda y Jorge Rojas-, en Córdoba se cometieron por lo menos 40 masacres y cerca de 200 crímenes políticos. Pero el punto culminante, la apoteosis, tuvo lugar en el Salado, el 18 y el 19 de febrero de 2000, donde fueron asesinados 66 hombres, mujeres y niños: "Las muertes se producían cada media hora. La gente estaba bajo el sol inclemente, viendo cómo se llenaba de cadáveres la plaza, y cómo los paramilitares festejaban su 'hazaña'. Los paramilitares sacaron los tambores, las gaitas y los acordeones, y con cada muerto hacían un toque. Era un ambiente de corraleja, donde las fieras tenían la ventaja y las víctimas estaban indefensas. Como si fuera poco, violaron a una mujer varios hombres en fila. Se ensañaron con las mujeres".

Todo esto ya lo sabíamos, es cierto, ya se había contado en diarios, revistas y estrados judiciales. Pero no de esa manera, no con ese orden y ese detalle que nos permite ver en conjunto la magnitud de la guerra sucia y el problema social que hay detrás y que sigue sin resolverse: una gran cantidad de campesinos sin tierra y unos pocos terratenientes; la reforma agraria que hicieron los países capitalistas y que en Colombia nunca se hizo. Desde luego, la guerrilla se lumpenizó, pero nada justifica esa bárbara respuesta de un Estado que se llama de Derecho. Porque, salvo honrosas excepciones, fue una clase dirigente y política regional la que glorificó ese holocausto -para ellos, "refundación de la Patria"- y elevó al rango de héroes a los culpables. La misma que apoyó al senador y presidente Álvaro Uribe Vélez y recibió sus favores. Él, con su finca el Ubérrimo, en el corazón mismo del macabro escenario, nada vio y nada denunció, aunque parezca increíble. ¿La historia lo absolverá?
 
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