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| 2/20/2005 12:00:00 AM

Los escritores fantasma

La premio Nobel de Literatura Elfriede Jelinek no es la única que le teme a la fama. Algunos grandes autores, como Salinger, Rulfo y Castaneda, han hecho lo posible por borrar todas sus huellas.

Al final de esta historia nadie sabrá dónde están sus protagonistas. Porque todos ellos, grandes escritores e intelectuales, han hecho lo posible por desaparecer y borrar cualquier huella de su pasado. Estos autores odian las ruedas de prensa, las presentaciones en clubes sociales, las firmas de libros y las entrevistas. Lo único que les importa es su obra, y la fama los tiene sin cuidado. Así lo confesó B. Traven, uno de los más enigmáticos miembros de este club de escritores solitarios. "No entiendo por qué tanto alboroto en torno a un escritor. Por qué la gente quiere saber a qué horas se levanta, qué desayuna, si bebe, fuma, si es casado o soltero o si juega póquer o golf. Mi trabajo es importante, yo no lo soy. No soy más importante que el tipógrafo de mis libros o que el obrero que trabaja en la fábrica de papel. Jamás he oído que el lector de un libro le pida autógrafo al tipógrafo, impresor o encuadernador".

Traven, justamente, fue uno de los primeros escritores que tomó la decisión de esconderse. Algunos, como el poeta francés Arthur Rimbaud, ya lo habían hecho antes pero por razones diferentes. Rimbaud abandonó la literatura a los 20 años, cuando se encontraba en la cúspide de su carrera. Lo suyo fue una decisión artística y no personal. En cambio, Traven continuó escribiendo en el anonimato. Es muy poco lo que se sabe de su vida. Se dice que nació en Chicago en 1890 y que en 1923 viajó a México. Allí estudió arqueología y escribió algunas de sus obras más conocidas: El barco de los muertos, La rebelión de los colgados, Puente en la selva y El tesoro de Sierra Madre. Esta última es su obra más famosa y algunos lectores han querido ver entre líneas algunas pistas de la vida de su autor.

Sobre la verdadera identidad de Traven se ha especulado mucho. Algunos afirman que nunca existió y que detrás de su seudónimo (se cree que la B es de Bruno) se ocultaba Ret Maruth, un revolucionario alemán. Otros sostienen que B. Traven era un nombre en clave utilizado por un grupo de intelectuales anarquistas. Pero sobre esto no hay ninguna prueba. El único testimonio de su existencia, además de sus libros, es una extrañísima foto tomada en México a principios de siglo. Aunque, de nuevo, nadie puede probar que sea verdadera.

Perdidos en la frontera

Al igual que Traven varios autores han escogido la frontera entre Estados Unidos y México como lugar de refugio. Cormac McCarthy, autor de Meridiano de sangre y Todos los caballos bellos, se exilió en Santa Fe (Nuevo México) y hace años no da una entrevista. Una vez un periodista lo abordó y él le respondió: "Lo siento, me debe estar confundiendo, no tengo nada que ver con la industria editorial". Así mismo en México se ocultó por mucho tiempo otro de los autores más enigmáticos de los últimos tiempos: Thomas Pynchon.

Pynchon nació en Nueva York en 1937 y a los 20 años entró a estudiar en la prestigiosa Universidad de Cornell. Allí tomó clases de literatura con Vladimir Nabokov. A principios de los 60 comenzó a hacerse famoso por los artículos y cuentos que publicaba en diferentes revistas literarias. Muy pronto la prensa, los críticos y las editoriales lo comenzaron a acosar. Pero Pynchon no quería hablar con nadie. En 1963 escapó a México, donde escribió su primera novela, titulada V. Luego vinieron La subasta del lote 49, El arco iris de gravedad, Vineland y Mason y Dixon. Desde entonces publica con cierta regularidad, pero ni siquiera sus editores le han visto la cara. Además mandó quemar su expediente universitario, la documentación de su servicio militar y los registros de una empresa en la que trabajó un tiempo. El misterio alrededor de la vida de Pynchon es tan grande que en un momento el FBI llegó a pensar que se trataba del Unabomber.

Desde su partida a México Pynchon jamás había dado una entrevista. En 1997 unos periodistas de CNN lo rastrearon y le pidieron que diera unas declaraciones. Él accedió con la única condición de que su cara apareciera distorsionada en pantalla. Y así, como si se tratara de un testigo protegido, salió por única vez en un programa de televisión. A pesar de todo esto es un escritor de culto y de enorme influencia entre los autores jóvenes de su país.

Carlos Castaneda, antropólogo y escritor, también halló en el desierto de Sonora, en la frontera entre México y Arizona, un refugio perfecto. De hecho allí encontró la inspiración para escribir su obra principal, Las enseñanzas de Don Juan. En 1968 Castaneda publicó el libro en el cual narraba sus experiencias con peyote en el desierto y su encuentro con el chamanismo. De inmediato el libro se hizo famoso aunque nadie sabía nada sobre su autor. Se cree que nació en Cajamarca (Perú) en 1925 y que su nombre era César Arana. Pero no mucho más. Y es que el antropólogo era muy escurridizo. "Decía que estaba en una ciudad cuando en realidad se hallaba en otra, dejaba plantada a una persona si su aspecto no le gustaba y tardaba meses en responder un mensaje", dice Bob Hunter en un artículo en la revista Qué leer.

En la década de los 70 la obra de Castaneda se hizo aún más popular. No sólo por la importancia de su trabajo sino por el misterio que rodeaba su vida. "Gran parte de la mística castanediana se basa en el hecho de que ni sus más íntimos amigos están seguros de quién es", escribió su ex esposa Margaret Runyan. En algunas ocasiones Castaneda salió de su escondite para dar conferencias privadas en universidades. Claro que algunos piensan que se trataba de estafadores que lo querían suplantar. La leyenda dice que en alguna ocasión asistió a una de estas conferencias para saludar a un hombre que se estaba haciendo pasar por él. El único dato confirmado es que murió el 27 de abril de 1999 en Westwood, Estados Unidos, en medio de una absoluta soledad.

Sin documentos

Tal vez el caso más conocido es el de J.D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno. Desde su publicación en 1951 el libro se convirtió en objeto de culto. Pero su autor, de 33 años, les exigió a sus editores que la portada no llevara adornos y que su fotografía no apareciera. Claro que estas medidas no fueron suficientes: sus fanáticos no pararon de perseguirlo. En 1953 decidió irse de su natal Nueva York y compró una pequeña casa en New Hampshire, donde se dedicó a su jardín y a escribir. Pero sus fanáticos no estaban dispuestos a perderlo tan fácilmente. Un par de años más tarde una periodista lo engañó haciéndose pasar por una estudiante universitaria y logró que le diera una entrevista. Salinger juró entonces que no volvería a hablar con un medio de comunicación. Así mismo hizo lo posible por impedir que se escribiera su biografía o que sus libros se estudiaran.

Pero sus esfuerzos fueron en vano. Joyce Manyard, una mujer que vivió con él unos años, publicó en 1997 Un lugar en el mundo, una biografía no autorizada en la que revelaba supuestas intimidades. La mujer decía que Salinger era un maniático obsesionado con su dieta y con los gérmenes. También intentó vender unas cartas que él le había escrito. Por otro lado su hija Margaret y el escritor Ian Hamilton escribieron dos extensas biografías. En 1988 unos periodistas lograron tomarle una foto saliendo de un supermercado.

El caso de Salinger ha llegado a niveles insospechados. En 1980 Mark Chapman asesinó a John Lennon y dijo que lo había hecho para que "todos lean 'El guardián entre el centeno' (...) ese libro tiene muchas respuestas". Incluso se rumora que el FBI les abre una investigación a todos los que compran un ejemplar. Desde su encierro se han publicado otros libros de Salinger, pero casi todos son antologías de cuentos que aparecieron en revistas. Él sigue escribiendo aunque no tiene la intención de publicar. Pero muy pocos parecen estar interesados en respetar su decisión de desaparecer de este mundo.

Los héroes del silencio

El ejemplo de Salinger ha llevado a algunos escritores a tomar medidas extremas, a ocultarse como prófugos e incluso a desaparecer sin dejar rastros. Don de Lillo, por ejemplo, es conocido como 'el poeta de la paranoia'. El autor de novelas como Americana, Mao II y Underworld vive en un estado constante de pánico y por eso no sale de su casa. "Tengo miedo de ir a cualquier lado, incluso a una inofensiva cena con mis vecinos. Estoy convencido de que hay reporteros por todos lados, armados con sus teléfonos celulares y sus lentes telescópicos. Una vez uno escoge esta vida entiende lo que es vivir observado", dijo alguna vez en un comunicado. De Lillo, nacido en 1936, es uno de los grandes narradores contemporáneos y un escritor de fama mundial. Sin embargo se ha negado sistemáticamente a dar entrevistas o a aparecer en programas y ha criticado a la industria editorial que obliga a los escritores a vender su imagen y no su obra.

Otro caso reciente es el de la premio Nobel Elfriede Jelinek. Aunque la autora de La pianista y Deseo sufre de una enfermedad llamada fobia social, también detesta que se metan en su vida privada. Jelinek nunca da entrevistas, no asiste a premios y sólo habla con desconocidos a través de su mail.

En América Latina son famosos los casos de Juan Rulfo y Rubem Fonseca. El mexicano, por ejemplo, siempre se negó a hablar de sus obras y no quiso publicar más que una novela (Pedro Páramo) y un libro de cuentos (El llano en llamas). Algunos aseguran que Rulfo sufría de 'pavor escénico' y le temía a la popularidad que le traían sus libros. Fonseca, por su parte, detesta aparecer en los medios o ir a encuentros de escritores. De hecho el autor de El cobrador, El caso Morel y El gran arte piensa que "se debe leer la literatura prescindiendo totalmente del escritor". Hace poco Fonseca hizo una de sus pocas apariciones en público, en la entrega de Premio Juan Rulfo que recibió de manos de Gabriel García Márquez.

La lista continúa: Peter Handke, Harper Lee e incluso el taquillerísimo Stephen King. Como si fueran estrellas de Hollywood, todos ellos luchan por su derecho a la intimidad. Su decisión está tomada: no quieren hablar con nadie. Todo lo que alguna vez quisieron decir está ahí, escrito en sus libros.
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