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| 7/7/2012 12:00:00 AM

"Los estudios ya no están interesados en el cine"

Rodrigo García, uno de los directores independientes más respetados del momento, habló con SEMANA a propósito del estreno de su película más reciente, 'La increíble historia de Albert Nobbs'.

Ya casi nadie se refiere a él como 'el hijo de García Márquez'. Desde hace mucho tiempo Rodrigo García se ganó una muy buena reputación como director independiente en Estados Unidos.

Los seis largometrajes que ha dirigido han tenido, en general, muy buena recepción y García es visto como un brillante narrador cinematográfico que conoce a la perfección el universo de las mujeres. Además, se ha convertido en un anfibio que se mueve, sin dificultad, entre el cine y la televisión: ha dirigido capítulos de series muy populares como Los Soprano, Seis pies bajo tierra y En terapia. El director habló con SEMANA desde Los Ángeles, ciudad en la que vive y trabaja, sobre su exitoso paso por estos dos mundos.

SEMANA: 'La increíble historia de Albert Nobbs' parece, en principio, una película muy diferente a sus trabajos anteriores. ¿Por qué decidió cambiar de registro?

Rodrigo García:
En efecto, es una historia con un tono diferente. Era un proyecto que Glenn Close tenía en mente desde hacía mucho tiempo y me lo ofreció. Por lo general prefiero dirigir las historias que yo mismo escribo y, aunque este no era el caso, encontré que tenía muchas conexiones con los temas que me interesan: la intimidad, la vida privada, los secretos y la búsqueda de la identidad femenina. Así que me adapté a lo que ofrecía el guion.

SEMANA: De nuevo hay una inmersión en el universo femenino. Pero, esta vez, se trata de mujeres con una psicología inversa que quieren adoptar una identidad masculina. ¿Por qué le interesó esa idea?

R.G.:
No son necesariamente mujeres que quieren adoptar una personalidad masculina: lo hacen para poder vivir. En el caso de Albert, el personaje de Glenn Close, lo hace para volverse invisible, para protegerse de un mundo que la agredió y, al final, para poder trabajar. Por otro lado, Hubert, el personaje de Janet McTeer, lo hace para poder vivir con su pareja sin ser juzgada. Ambas deben borrar su identidad emocional para poder sobrevivir y que la sociedad las acepte.

SEMANA: Los personajes masculinos en esta cinta son secundarios o incluso tienen una connotación negativa. ¿Por qué esa imagen de los hombres?

R.G.:
No estoy de acuerdo con que tengan una connotación negativa. Simplemente siguen las normas de su mundo y su entorno. El personaje masculino principal, Joe, interpretado por Aaron Johnson, sí tiene actitudes violentas, pero porque está en una situación desesperada: se siente atrapado en su vida. Todos los personajes, masculinos o femeninos, que aparecen en mis películas tienen motivaciones comprensibles. Cuando cuento una historia trato de identificarme y encontrar algo que me acerque a cada uno. Si no lo encuentro, lo elimino. Tampoco incluiría a alguien que me parezca completamente despreciable.

SEMANA: En 'La increíble historia de Albert Nobbs' hay una reflexión sobre la maternidad, muy similar a la de otra de sus películas, 'Madre e hija'. En ambas la maternidad desencadena una desgracia, pero es también la única manera de redención, ¿a qué se debe esto?

R.G.:
Creo que la maternidad es un vínculo extraordinariamente fuerte, tal vez el más fuerte que existe en la naturaleza. Lo que me interesa de la relación entre padres e hijos es que es imposible de romper. Es decir: los hijos nunca se pueden divorciar de sus padres completamente. Es una atadura irrompible, aun si se trata de ignorar y no hay contacto. Creo que no se puede entender la vida de alguien sin mirar la relación que tiene con sus padres.

SEMANA: Es evidente que sus guiones son muy cuidados, ¿cómo es su proceso de escritura?

R.G.:
Todo nace de la situación de un personaje. Puede ser una idea muy sencilla, de una o dos frases. Luego empiezo a darle vueltas: tomo notas de todo lo que va surgiendo a su alrededor y de cómo podría evolucionar. Cuando tengo claro su entorno y su historia, empiezo a escribir el guion. Invariablemente, cuando me voy acercando a la mitad, me atoro. Entonces lo dejo descansar un tiempo, entre seis meses y dos años. Y luego regreso con un poco más de distancia y termino el primer borrador.

SEMANA: ¿Qué tanto cambia esa primera versión durante el rodaje?

R.G.:
La esencia no cambia. Lo que varía un poco son mis ideas sobre el proceso de algunos personajes, pero la estructura básica no cambia. Soy muy abierto a lo que pueden aportar los actores, pero trato de no reinventar durante la filmación: me parece peligroso.

SEMANA: Algunos aspectos de sus personajes apenas se insinúan, ¿le gusta jugar con esta ambigüedad?

R.G.:
Siempre es interesante dejar algunas insinuaciones abiertas a la interpretación. Si todo se explica se vuelve muy aburrido. Los grandes personajes de la historia de la ficción, como Hamlet, por ejemplo, se siguen discutiendo y siempre generarán opiniones diferentes. Lo interesante es que tienen muchas capas que no se logran descubrir por completo. Y eso es lo que yo trato de hacer con mis personajes.

SEMANA: Muchos directores, como Peter Greenaway, por ejemplo, se inclinan cada vez más por un cine más visual y menos narrativo, ¿qué opina de esa tendencia?

R.G.:
A mí me encantan ese tipo de películas, donde la experiencia cinematográfica es fundamental, donde las sensaciones pesan más que la trama. Yo no hago ese tipo de cintas porque no sé cómo. Yo sé poner en escena mis ideas de una manera más narrativa, pero me encantaría poder experimentar otras formas.

SEMANA: ¿Cree que en Hollywood se ha reducido el espacio para cintas independientes de mediano presupuesto?

R.G.:
Creo que sí: es tan caro rodar y distribuir una película que a los estudios les conviene más hacer una gran superproducción, muy cara, pero que sea muy taquillera. O les conviene hacer cintas muy baratas para que la inversión sea muy fácil de recuperar. Las películas que cuestan entre 15 y 30 millones de dólares, un presupuesto medio en Hollywood, son un riesgo. Los directores como yo, que precisamente queremos hacer ese tipo de cine, tenemos que buscar inversionistas independientes o formas alternativas de recolectar dinero. Con los grandes estudios ya no se puede contar: ellos están en otro negocio y no están interesados en contribuir al arte cinematográfico.

SEMANA: En Colombia va a entrar en vigor muy pronto una ley de cine que estimula, a través de ayudas económicas, la producción de cine extranjero en el país, ¿le interesaría hacer una cinta en Colombia bajo estas nuevas condiciones?

R.G.:
Si tengo un proyecto que valga la pena ser producido en Colombia, por supuesto que sí me interesaría. Aunque preferiría hacerlo como una persona anónima y no como una persona reconocida.

SEMANA: Usted ha dirigido muchas series, ¿le parece que la televisión es hoy en día el mejor lugar para narrar historias?

R.G.:
Las series permiten construir narraciones más complejas y explorar muchas perspectivas de la naturaleza humana. Los canales saben que tienen un público adulto, más refinado, y se pueden dar el lujo de producir series con temáticas más complejas. Así que sí, en general la televisión está pasando por un momento estupendo para contar historias.

SEMANA: ¿Cómo alterna su trabajo en los dos campos, ¿es diferente el proceso creativo?

R.G.:
La esencia es la misma: se trata de contar buenas historias. Pero es un poco diferente formalmente: no es lo mismo escribir una serie para internet de siete u ocho minutos que una serie de 30 minutos o una película de una hora y media. En televisión hay que saber cómo fragmentar la historia para mantener la tensión entre capítulos, mientras que en cine hay que contarlo todo en 120 minutos. Ahora, mis películas son muy intimistas y no requieren demasiados artificios, y en eso se parece mucho a las series. Por eso para mí no hay tanta diferencia entre los dos procesos y puedo pasar fácilmente de uno a otro.
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