Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/11/01 00:00

Los falsificadores

Esta mirada desapasionada a la tras escena de la segunda guerra ganó el Oscar de 2008 a la mejor película extranjera. *** (buena)

El falsificador judío Salomon Sorowitsch (Karl Markovics) es obligado por los nazis a fabricar montañas de dólares para ganar la guerra

Título original: Die Fälscher.

Año de estreno: 2007.

Dirección: Stefan Ruzowitzky.

Actores: Karl Markovics, August Diehl, Devid Striesow, Martin Brambach, August Zirner.

Todo pasa demasiado rápido en Los falsificadores. Su director, un austriaco práctico llamado Stefan Ruzowitzky, no tiene tiempo para monólogos combativos ni para dramatismos de película de antes. Quiere llegar al punto sin gastarles fotogramas a esas grandes escenas y a esos chantajes emocionales a los que nos tienen acostumbrados las superproducciones sobre los campos de concentración de la Segunda Guerra.

Emplea pocos minutos en sentar las bases de su historia: presenta en un par de tomas a su protagonista, el judío Salomon Sorowitsch, como el más grande falsificador de billetes de la historia; unas cuantas secuencias después, tras verlo vivir en la opulencia, lo enfrenta a la inhumanidad de las cárceles nazis; y, cuando comienza a asomarse la desesperanza que suele invadir este tipo de largometrajes, le da una última oportunidad para sobrevivir al holocausto: lo obliga a fabricarles a sus captores, los pragmáticos seguidores de Hitler, una serie de dólares de mentiras que pasen por dólares de verdad. Se trata, por supuesto, de un dilema terrible para un hombre judío: su única manera de salvarse de la muerte es armar de dinero al ejército que ha acabado con su vida. Pero el cineasta Ruzowitzky sigue adelante, con su fotografía opaca que se resiste a embellecer aquella época del mundo, con su elenco de actores que convence a cualquiera, sin pausas ni detalles ni respiros.

Algo deja claro en medio de su afán de documental. Algo que se veía, si se estaba dispuesto, en La caída (2004) de Oliver Hirschbiegel. Algo que ya era hora que mostrara el cine. Que los nazis no fueron unos monstruos venidos de la nada, que el mundo no era ese lugar inocente que los alemanes pervirtieron, que todas las sociedades del planeta (en tiempos de miedo, de hambre, de desmoralización) son susceptibles de entregársele ciegamente a un líder que los lleve por el camino de la violencia. De nada nos sirve convencernos, de película en película, de que los villanos son los otros. Mucho nos conviene comprender que los hombres son prácticos, como el director que nos ocupa, como el grupo entre la espada y la pared de Los falsificadores, y que, en medio de esa lucha por la supervivencia, pocos tienen tiempo para darse cuenta de la peligrosa manipulación que sus gobernantes orquestan desde sus palacios.

No es poco, de ninguna manera, lo que logra Los falsificadores. Por algo recibió, a principios de este año, el premio Oscar a la mejor película extranjera. Quizá se quede corta en aquellos personajes que se trasforman que nos entregan las grandes ficciones, quizá presente los hechos más graves de manera abrupta, pero le devuelve la ambigüedad a una historia que nos han enseñado como un himno. Y filma lo que se ha limitado a filmar con una solvencia y una sobriedad que sólo se encuentra en producciones de primera.
 

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