Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1992/11/30 00:00

Los fantasmas de Cuevas

La galería Diners inaugura esta semana una exposición en la que el mexicano José Luis Cuevas evoca su gran amistad con Obregón. Cuevas habla del arte, de su vida, de las mujeres y de la muerte.

Los fantasmas de Cuevas

A DONDE VAYA ME LLEVO MIS FANTASmas y dejo mis talleres de Nueva York y de México vacíos y asépticos. Suelo trabajar en los hoteles, donde alquilo dos cuartos: uno para dormir y otro para pintar. Parece que Dalí hacía lo mismo. Sin embargo debo reconocer que ser agente viajero-pintor no es fácil.
En los días de ajuste me siento paralizado, y por mi condición de hipocondríaco desarrollo ideas delirantes en las que imagino ser atacado por diversas enfermedades que me impiden cumplir con los compromisos.
En los viajes siempre me hago acompañar de imágenes religiosas. Las cambio constantemente y espero siempre de algunas de ellas el milagro de poder crear. A Colombia traje la Virgen del Rocío, Cristo y la Virgen de la Macarena. También un brazalete de cuero en la mano derecha, que cumple dos funciones: vigor para trazar mis líneas y un elemento machista,casi de símbolo sexual.
Nunca viajo con maletas cargadas de óleos o de acuarelas,porque me sentiría como un ejecutivo llevando su portafolio. Pinto con lo que sea y sobre lo que sea. Lienzos, papeles, pequeñas libretas... Hay papeles pequeños que dibujo a vuela pluma y que constituyen un diario de mis viajes. Pero un diario en el que más que nada llevo un registro de los altibajos en mi estado de ánimo. Soy un ilustrador de todo lo que pasa. Una especie de notario obsesivo. Anoto, incluso, los nombres de todos aquellos con los que converso por teléfono.
Lo que más me ha atormentado en la última semana, en Bogotá, es el reto de realizar una serie de obras en homenaje al más grande pintor de este país, Alejandro Obregón, quien fue además un entrañable amigo. Para algunas obras he estado empleando tres pinceles con los que él pintó, que me fueron proporcionados por su hijo Diego. Usar los materiales de otro artista es una experiencia extraña, sobre todo si ese artista se encuentra muerto. Casi podría decir que es un sacrilegio.
Ahora recuerdo una ocasión en que Obregón, Oscar García -hoy un gran pintor- y yo nos encontrarnos en San Salvador. Participamos en una gran encerrona con ocho mujeres, sólo para nosotros tres. Estuvimos ahí tres días y tres noches. Era una época de secuestros en El Salvador y nuestros anfitriones nos buscaron por toda la ciudad pensando que algo grave nos había pasado. El último contacto con Obregón fue por vía telefónica: me llamó a México para agradecer una conferencia que dicté sobre su obra en un museo mexicano. Poco después me entere de su muerte.
LA MUERTE, OTRA MUJER
Se dice que cuando alguien está enamorado de una mujer, no hay momento en que deje de pensar en ella. Lo mismo me sucede con la muerte, nada más que no estoy enamorado de ella. Es una realidad terrible que me persigue día y noche, y que nubla los días soleados. Eso me lleva a usar dos o tres chamarras, porque cuando se piensa en la muerte, un profundo escalofrío se adueña del cuerpo. Es curioso, pintar es un acto vital. Pero cuando pinto es cuando siento mas presente la muerte.
Ahora, que he contado con la presencia del pintor Luis Fernando Rodríguez en este estudio improvisado, he vuelto a comprobar que el humor es el arma más eficaz contra la angustia. Sus dotes histriónicas son excepcionales. . . y lo dice alguien que también las posee. Definitivamente es formidable estar con gente que tenga sentido del humor. O estar rodeado de mujeres, porque de ellas viene todo lo bueno. Las mujeres siempre han sido para mí como ángeles protectores. Si se hiciera en México un campeonato de quienes han sido los más grandes adictos a la mujer, yo estaría al lado de Diego Rivera y Agustín Lara.
COMO UN CILICIO
En México, mi vida se ajusta a una rutina inviolable. Todos los días subo al estudio a las seis de la mañana y lo primero que hago es tomarme una foto, con un letrero que señala la fecha. No ha pasado un solo día sin que lo haga, antes de ducharme, todavía con los efectos de los sueños. Luego, para ir soltando la mano, hago de 20 a 25 autorretratos a vuela pluma, a medida que recorro el estudio, y me veo reflejado en los cientos de espejos que llenan las paredes. Más tarde, empiezo a trabajar en el tema del momento, hasta las 11 y 30.
Mi proceso de trabajo ha variado con el tiempo. Antes encontraba los temas en las calles de los barrios bajos y en los antros cerrados donde se vive el vicio. Ahora mis fantasmas parecen brotar de las paredes blancas de los cuartos en los que me encierro.
Pero siempre la disciplina de pintar ha sido como aplicarme un cilicio. Es algo que me he impuesto, a pesar de que es un acto biológico, algo que no puedo dejar de hacer, ni siquiera en mis largas noches de insomnio.

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