Sábado, 21 de enero de 2017

| 2010/01/09 00:00

Los fantasmas del cuerpo

Un relato cautivante y perturbador sobre los límites corporales.

Mario Bellatin fue ganador del Premio Xavier Villarrutia de escritores para escritores, uno de los más prestigiosos en México. Su obra ha sido traducida al inglés, al alemán y al francés, y es uno de los invitados al Hay Festival de Cartagena a finales de enero

Mario Bellatin
Los fantasmas del masajista
Eterna cadencia, 2009
94 páginas

Hace un par de años, en un encuentro internacional de editores en Bogotá, Jorge Herralde, director de la prestigiosa editorial Anagrama, dijo: "Es probable que las obras de Mario Bellatin nunca pasen de los 2.000 lectores, pero mi deber como editor es serle fiel a esos 2.000 lectores". Esa frase fue para mí una perfecta definición de lo que es un verdadero editor y, por supuesto, un llamado de atención para leer a Mario Bellatin. "Es buenísimo -me confirmaría después un amigo-. Mexicano-peruano, le falta el antebrazo derecho y utiliza eso como tema para escribir cosas maravillosas".

Me embolaté leyendo otros escritores. Sin embargo, en literatura es muy cierta aquella frase popular según la cual "lo que es para uno, es para uno". Buscando libros para redimir un bono me encontré con un título de Mario Bellatin: Los fantasmas del masajista. Lo abrí: 15 líneas por página, márgenes amplias, interlineado generoso y, al final, ¡fotos! Una bella edición -de la editorial argentina Eterna Cadencia- con un relato breve. Si era tan bueno como me habían dicho, perfecto. Bueno y breve: ideal para leer en una soleada mañana de enero y no ser el aguafiestas del paseo familiar.

Efectivamente, al protagonista de esta historia le falta "el antebrazo derecho" y se dirige a Sao Paulo a someterse a un tratamiento en una clínica especializada en personas que han perdido o están por perder algún miembro. El tratamiento se hace en una poza subacuática y luego con un masajista. El paso de lo anecdótico al delirio y al humor -es decir, a la literatura- es veloz: en la camilla de al lado, separada por una cortina, hay una paciente sin una pierna "que se queja de un dolor profundo en la pierna inexistente". Y también aparece la mamá de Joao -el masajista- una no menos rara y absurda recitadora de canciones. Las tres historias se entrelazan -con las fotos, indispensables- para que cualquiera, así tenga dos brazos y dos piernas completicas, sienta un extrañamiento perdurable en las relaciones con su cuerpo. Brevedad, sí, pero de una gran riqueza simbólica.

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