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| 10/22/2011 12:00:00 AM

Los hijos de la dictadura

Una novela sobre la generación que creció durante la dictadura de Augusto Pinochet.

Alejandro Zambra

Formas de volver a casa

anagrama, 2011

164 páginas

En principio, esta es una novela chilena sobre una generación: la que nació en los ochenta, en plena dictadura de Augusto Pinochet. Aunque para hablar de los hijos, antes hay que hablar de los padres. También es, entonces, la novela de esos personajes secundarios que participaron en la resistencia o se hicieron los de la vista gorda al tiempo que vegetaban y envejecían en barrios grises de clase media. "Mi papá miraba tranquilamente desde el sillón. A veces creo que estaba echado ahí, pensando. Pero tal vez no pensaba en nada. Tal vez solo cerraba los ojos y recibía el presente con calma y resignación". Niños y padres de izquierda y de derecha; jóvenes confrontando duramente a sus padres y, al final, entendiéndolos. Pero sin entenderse ellos mismos, sin encontrar todavía las respuestas a las grandes preguntas, tal como le dice al protagonista su madre. "Otros también se quedaron y ahora son ingenieros. Así es la vida: te conviertes en ladrón o ingeniero. Pero yo no sé muy bien en qué te convertiste tú".

Revivir la infancia y la juventud en una dictadura conlleva, desde luego, el tema político. ¿Cómo evitar caer en el panfleto y en el mero documento sociológico? Haciendo literatura. Con historias particulares, concretas, que nos conmuevan por la honestidad de sus personajes y por la manera en que están escritas y narradas. Formas de volver a casa es la novela de una generación porque no pretende serlo. Porque antes que eso, es una historia de amor doblemente fallida, un exorcismo de la infancia -crecer es matar a los padres, matar los recuerdos- y una reflexión sobre el oficio de escribir a partir del oficio de vivir.

La narración empieza con el terremoto del 3 de marzo de 1985. El narrador, un niño de 9 años, pierde la confianza en el suelo: ya sabe que de un momento a otro todo puede venirse abajo. Lo cual no resulta tan desastroso. De alguna manera rompe la monótona rutina familiar: hay carpas, solidaridad, la gente se habla, el vecindario se sacude de la apatía y la desconfianza. Se hace visible Raúl, el vecino solitario y por eso mismo sospechoso. Y con Raúl aparece Claudia, su sobrina, una niña de 12 años con la cual conversa y de la que se enamora: "A veces pienso que escribo este libro solamente para recordar esas conversaciones". Claudia le encarga al niño una misión que este acepta gustoso porque la complicidad es un sucedáneo del amor: espiar a su tío Raúl, darle cuenta de la gente extraña que lo visita y anotar en un cuaderno sus actividades. El niño, muy profesional en su papel de detective, terminará descubriéndole al tío una amante de 18 años. Una pista falsa que se resolverá veinte años después: al regreso de Claudia de los Estados Unidos, luego de haber desaparecido intempestivamente con su madre. Crecer será para el niño descubrir el secreto de Claudia, la dura y sorpresiva realidad. "Nos une el deseo de recuperar las escenas de los personajes secundarios. Escenas razonablemente descartadas, innecesarias, que sin embargo coleccionamos incesantemente".

De repente, hay un salto hacia la metaliteratura. El relato tan realista y tan creíble que veníamos leyendo era ficticio. Se trataba de la invención de un joven escritor recién separado que lucha con una historia en la que hay un personaje que se llama Claudia. Por cierto, la vida del escritor se parece mucho a la del personaje. Tiene un amor embolatado, tiene unos padres parecidos, es de clase media baja. Incluso hay un diálogo entre los dos con su madre -muy divertido- que es exactamente igual. ¿Es imposible tomar distancia en la ficción? Una cita pertinente de Natalia Ginzburg nos dará la respuesta: "Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio. Siempre que, debido a mi costumbre de novelista, inventaba algo, me sentía obligada a destruirlo".

La narración termina con el terremoto del 27 de febrero de 2010 y la inminencia de la elección de Piñera, "un dueño de fundo que va a llenarse la boca hablando del bicentenario". Chile es una guerra que no ha terminado. Alejandro Zambra la interroga mientras escribe frases memorables en el muro de la infancia.
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