Miércoles, 17 de septiembre de 2014

| 2013/08/03 00:00

Los juegos visuales de Vik Muniz

El Museo del Banco de la República inauguró ‘Más acá de la imagen’, una retrospectiva del pintor brasileño. SEMANA recorrió la muestra en compañía del cotizado artista.

Muniz recrea imágenes fundamentales de la historia del arte con materiales fuera de lo común, como basura, mermelada o chocolate. Foto: Juan Carlos Sierra / Semana

Vik Muniz se fija en los detalles. La exposición Más acá de la imagen, una retrospectiva de su obra en el Museo de Arte del Banco de la República, está en pleno montaje y el artista supervisa cada movimiento: observa desde diferentes ángulos, pide mover de lugar varias veces las obras y mide con precisión cuántos centímetros hay entre las piezas. 

El brasileño evalúa minuciosamente el impacto de la disposición de las noventa obras, la mayoría de gran formato, y consulta todos los cambios con Erika Benincasa, la curadora que lo acompaña.

Benincasa cuenta que en cada una de las ciudades en las que se ha presentado esta muestra han hecho un montaje específico y que para esta gira latinoamericana, que comienza en Bogotá, diseñaron una nueva propuesta. La curadora también dice que Muniz no deja nada al azar.

Eso es curioso, porque justamente empezó por azar la carrera del cotizado artista paulista hace 30 años. Cuando tenía veinte, Muniz recibió un disparo en la pierna en un extraño incidente. Su agresor, que juró que se trataba de una confusión, le ofreció dinero a cambio de que no lo denunciara. 

Muniz aceptó y usó ese dinero para comprar un tiquete a Nueva York. Llegó a la ciudad en un momento de efervescencia artística: Andy Warhol, Keith Haring y Jean-Michel Basquiat, entre otros gigantes del arte estadounidense, estaban en la cúspide de su fama.

Muniz no sabía a qué quería dedicarse y pensaba en ser actor, ilustrador o director de arte. Pero encontró su primer trabajo en una agencia de publicidad. “Me empecé a interesar, desde entonces, en la historia de la imagen y la representación, desde el arte paleolítico hasta los juegos de video en 3D. Soy producto de una generación profundamente influenciada por los medios”, le dijo a SEMANA durante su visita a Bogotá. En esa época entendió que la publicidad y el arte contemporáneo tenían códigos similares. 

Muniz comenzó entonces a reflexionar sobre la representación de las grandes obras de la historia de arte. Le interesaba explorar una manera diferente de ‘mirar’ el trabajo de maestros como Leonardo da Vinci, Edward Hopper, El Bosco o Jackson Pollock, entre muchos otros. También de fotografías icónicas publicadas en revistas como Life. Quería, sobre todo, jugar con los formatos, las técnicas y los materiales. 

Así empezó a dibujar con alambre, hilo, algodón y diamantes y luego pasó a usar chocolate, azúcar, miel, mantequilla de maní, mermelada o caviar. O a hacer variaciones en la escala de las obras: hizo dibujos con tractores sobre campos de trigo, instalaciones en inmensos basureros o trazos con aviones en el cielo. Pero no solo eso, también se hizo famoso por sus collages y montajes que parecían casi imposibles. “Me gusta buscar alternativas sorprendentes. Por ejemplo ahora mismo quiero dibujar con células”, dice.

Para Muniz, al final, todo es una cuestión de perspectiva y escala. El significado de una imagen puede alterarse según desde donde se mira. Por eso, hacer una Mona Lisa miniatura en mermelada cambia su significado. También muestra que las imágenes son polisémicas: su interpretación es múltiple y depende de la mirada de cada uno de sus espectadores. “Para mí el arte no es lo que el artista hace o planea en su estudio. La obra sin un espectador no tiene sentido. Yo creo que el arte es esa interacción que se genera entre el objeto y quien lo observa”.

Además, dice, todas las obras se leen desde un trasfondo político. “Me gusta viajar a los lugares donde se organizan mis exposiciones para ver cómo cada público reacciona distinto frente a cada obra”, cuenta. Para su muestra en Colombia, por ejemplo, decidió darle un lugar privilegiado a un retrato de un niño soldado hecho a partir de juguetes de guerra: el brasileño está convencido de que esta pieza se recibirá de otro modo en un país donde tantos menores de edad están involucrados en el conflicto. 

Los límites de la originalidad también obsesionan a Muniz. Casi desde el principio de su carrera se ha interesado en cuestionar la propiedad de las imágenes: “Nuestra sociedad está obsesionada con los derechos de autor. La propiedad intelectual debería ser de todos. No existe nada realmente original pues todo es una transformación. La originalidad es una valor artificial”. De hecho, Muniz guarda muy pocas veces los objetos originales que crea: solo los fotografía y hace copias de esas imágenes. Los originales son efímeros: la obra de arte es la foto del objeto que alguna vez existió. 

Gracias a su minucioso trabajo y a la profundidad de sus propuestas, el brasileño es uno de los artistas más prestigiosos y cotizados de la actualidad. Es objeto de homenajes, publicaciones, estudios y documentales (uno de ellos, Waste Land, sobre su trabajo con basura, fue nominado al premio Oscar en 2010). 

Muniz es el latinoamericano que más caro vende en el mundo: algunas de sus piezas se cotizan en varios millones de dólares. Su obra, además, es una de las que más se ha valorizado en promedio: según la revista Veja, el precio se ha multiplicado por diez desde 2000. Él no desprecia esa condición de artista vendedor: “El mercado es parte del mundo del arte. Los artistas que lo ignoran o lo desprecian se están perdiendo de una parte fundamental de su oficio”. 

Pero Muniz mantiene un perfil bajo. No tiene poses ni extravagancias. A pesar de su fama y fortuna es un hombre sencillo que habla con emoción intensa sobre su trabajo. “El oficio del artista siempre es el mismo. Su único compromiso es mostrar, con las herramientas a su alcance, cómo ve su tiempo”, dice. Y él lo ha hecho: mediante un rompecabezas visual, muestra que la realidad es compleja y que las cosas casi nunca son lo que parecen. 

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