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| 10/7/2017 10:15:00 PM

La magia de los libros de segunda

Ni el paso del tiempo ni los adelantos tecnológicos han podido vencer a las librerías de viejo, que entrañan una pasión perpetuada por libreros y coleccionistas.

No es fácil calcular el valor de los libros usados y raros. Germán Enrique Gómez, dueño de la librería Los Clásicos, en la calle 45 de Bogotá, cuenta que vendió una primera edición de Cien años de soledad, aunque no revela la fecha, el comprador ni otros detalles particulares. Pero cuenta que la había comprado por 1.000 pesos y la vendió en 5 millones.

Piensa que nunca menospreciar los libros que le ofrece la gente le ha traído éxito, pero también reconoce haber cometido errores, especialmente cuando comenzó en el oficio hace ya más de 21 años. Aún lo golpea un recuerdo: “Dejé de hacer muchas cosas por ignorante. Vendí una primera edición de ‘Cien años de soledad’ en 3.000 pesos, y no compré una primera edición de las obras completas de Goethe. La señora que me las vendía me rogó que lo hiciera”.

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Como Gómez, también tienen historias todos los que se dedican a vender libros en las llamadas librerías de viejo (o de leídos o de usados), que cada vez aparecen con más fuerza en el centro de Bogotá, Chapinero, Teusaquillo y Palermo. Y Medellín no se queda atrás con lugares como el pasaje La Bastilla o los barrios La Castellana y El Estadio.

En esos espacios confluyen los comerciantes de ejemplares –que se dedican a buscar ganancias y los ven solo como mercancía– y los auténticos libreros –personas con gran preparación intelectual y conocimientos literarios–. Muchos de ellos, a pesar del paso del tiempo, aún se emocionan cuando ven llegar los textos que les ofrecen, en cajas o bolsas cerradas, por la probabilidad, aunque sea mínima, de encontrarse con una joya literaria.

Pablo René Cañadulce, propietario de la librería El Loco Pensante, en la calle 23 con sexta en Bogotá, explica que el 90 por ciento del material llega de manos de personas que se dedican a comprar libros en casas o en bodegas. O también de aquellos que adquieren bibliotecas o saldos, y que saben a cuál librero ofrecerlos según su especialidad.

Y también hay quienes van a vender los libros que tienen en su casa, a veces heredados de padres o tíos. Sin embargo, como dice Cañadulce, esto ya no ocurre tanto como antes, tal vez porque ahora la gente lo hace por internet.

Aun así, los libreros de viejo tienen ciertos principios como mantener en sus estantes ediciones de calidad que la gente compra, más que por obligación, por el gusto de leer o de coleccionar. Así se han especializado en realizar una curaduría estricta e identificar con precisión los detalles de un libro, como la relevancia del autor, la calidad tipográfica, sus ilustraciones, el año de impresión, el número de ejemplares producidos, etcétera. Y tal vez por esto no es común encontrar libros de autoayuda o los más vendidos, que pasan pronto de moda. También tienen el propósito, que consideran ine-ludible, de rechazar las ediciones piratas de sus inventarios.

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En este mundo otras normas permanecen inalterables. Una de ellas es pagar precios justos a quienes les ofrecen los libros porque así garantizan la calidad del material. Así ocurre en Torre de Babel, de Félix Burgos, o Merlín, de Célico Gómez, ubicadas en el Callejón de los Libreros de Bogotá. Como casi siempre compran bibliotecas o muchos libros a la vez, el costo depende del tamaño del lote. Y cuando se trata de ejemplares que no tienen mayor rareza, el valor lo determina el mercado, pues los libreros conocen las cifras que maneja la competencia. Sin embargo, en la mayoría de casos el costo depende de variables que van desde el precio que pagaron por el ejemplar, su demanda y antigüedad hasta las particularidades de cada edición.

La experiencia de los libreros les permite determinar cuánto cobrar por una edición. Jorge Ramírez Fajardo, conocido como el Abuelo y propietario de El Dinosaurio, en la calle 45 de Bogotá, resume el tema: “El cerebro se vuelve la báscula que sopesa y calcula el precio de un ejemplar, teniendo en cuenta las diversas razones que pueden afectarlo”.

Lo común es encontrar precios bajos. La regla general es vender a mitad de precio o menos de lo que podrían conseguirse en las librerías de nuevos. Pero eso es una excepción: la especialidad de estos espacios es justamente tener ejemplares que no sea posible encontrar en librerías tradicionales.

Jorge Ramírez y Germán Enrique Gómez fueron los primeros en llegar a la 45 en Bogotá, un sector que desde hace algún tiempo se volvió más cultural porque alberga varias escuelas de fotografía, danza y arte. Allí, actualmente, hay unas ocho librerías de viejo, incluidas El Dinosaurio y La Clásica, que “abrieron el camino e hicieron que la gente supiera que en la 45, y no solo en el centro, también hay libros”, explica Camilo Ramírez de la librería Grandes Maestros.

Además, esta calle resulta estratégica para impulsar el oficio de librero en Bogotá, porque queda cerca de las Universidades Nacional, Javeriana y Distrital, así como al Colegio Americano.

Para Francisco Jiménez, propietario de Casa de Letras, “que aparezcan más librerías de viejo se debe al precio de los nuevos: como la mayoría son importados, es obvio que resultan costosos porque toda la cadena de producción tiene que ganar plata –impresores, editores, distribuidores y libreros–, y el lector final paga ese costo”. Además, “la economía no está bien, y como estos espacios pueden surgir con menos dinero que una librería de nuevos y los clientes también llegan, entonces se convierten en una gran alternativa”.

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La fuerza de las librerías de viejo no solamente se siente en Bogotá. En Medellín, desde hace tres años, la organización de la Fiesta del Libro y la Cultura los ubica en un pabellón especial con mayor visibilidad.

Juan Hincapié, librero y propietario de Los Libros de Juan, ubicada en el barrio La Castellana, estima que “las de libros leídos, al igual que todas las librerías, simplemente sobreviven. Por eso los sectores culturales de Medellín deben ayudarlas, ya que permanentemente están rescatando y preservando el patrimonio bibliográfico del país”.

Y es que las librerías de viejo (como las de nuevos) enfrentan grandes retos económicos, pero muchas se niegan a desaparecer. Una de las formas de sobrevivir es invitar a que los lectores las exploren, como dice el Abuelo Jorge Ramírez: “Son bienvenidas todas las formas y los deseos de leer. Y es mejor conocerlas porque de repente se encontrarán una joya escondida que los está esperando; una joya que ni siquiera yo sé que la tengo, pero que está destinada para ese cliente que nos visita”.

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