Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1998/10/12 00:00

LOS MISERABLE

El clásico de Víctor Hugo visto a través de los ojos del director de 'Pelle el conquistador'.

LOS MISERABLE

Luego de sus dos premios en Cannes por sus películas Pelle el conquistador, en 1987, y Las mejores intenciones, en 1990, al director danés Bille August le han criticado el hecho de preferir a las grandes estrellas de Hollywood antes que la profundidad manifiesta de los filmes que lo hicieron famoso. Así sucedió con su versión de la novela de Isabel Allende La casa de los espíritus, para la cual contó con la actuación de Meryl Streep, Antonio Banderas, Winona Ryder, Glenn Close y Jeremy Irons. Aunque suficientemente promocionada, la cinta fue calificada como una frivolidad por una buena parte de la crítica. Algo similar ha ocurrido con Los miserables, la adaptación del clásico de Víctor Hugo que protagonizan Liam Neeson, Geoffrey Rush, Uma Thurman y Claire Danes. Mientras una buena porción de los comentaristas le ha alabado a August su limpieza de montaje y su gracia para hacer de la densa obra de Hugo una película entretenida, otro tanto ha opinado que en sus manos la novela del genio francés no pasa de ser una pincelada decorativa hecha bajo los parámetros de la gran industria.
Ambas interpretaciones son válidas. Como virtuoso de la imagen y la narración, August asume Los miserables desde el ángulo irreconciliable de los opuestos: Jean Valjean (Neeson), un ladronzuelo condenado a 19 años de prisión por un delito menor pero rehabilitado gracias a las bondades de un obispo; enfrentado a la perversidad de Javert (Rush), un inspector de policía que no sólo lo maltrató durante sus años de presidio sino que está dispuesto, 20 años después, a devolverlo a la cárcel de por vida por violar las normas de la libertad condicional. Valjean, quien luego de sus votos morales ha podido erigirse con nombre falso como alcalde de Vigau, ayudando al pueblo en su miseria y adoptando a la hija (Danes) de una prostituta (Thurman) para ofrecerle una mejor vida, tendrá que vivir su condena de ser reo ausente, a pesar de haberse convertido en un hombre mucho más virtuoso que su perseguidor. Todo esto en medio de las revueltas que terminarían en el nacimiento de la segunda república francesa.
La fuerza de Neeson y Rush brinda suficiente soporte al relato y a pesar de ciertas banalidades argumentales la película posee el ritmo necesario para atrapar al espectador. Sin embargo el interés por el ritmo sacrificó la posibilidad de que August penetrara en la esencia de la obra de Hugo en el sentido de sondear las profundidades del alma humana con todas sus ambigüedades y miserias.

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